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sábado, 28 de junio de 2014
Represión en la marca España
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Isaac M. Casaubón
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viernes, 20 de junio de 2014
La democracia no será televisada (¡vivan las caenas!)
Bien fuese debido al fervor patriótico o simplemente a la sana curiosidad hispana, miles de madrileños se agolpaban en las principales avenidas de Madrid. El acontecimiento no era para menos, el cetro real cambiaba de dueño y el nuevo monarca se disponía a lucir su flamante estatus entre banderas rojigualdas ondeando al viento e insignias borbónicas decorando muros y postes. Muchos de los presentes daban vítores al rey entrante sugestionados por el ambiente. Otros callaban, sabedores del peligro de mostrar algún tipo de oposición en un momento tan señalado. A pesar del boato que presentaba Madrid para la ocasión, no dejaba de ser la capital de un país dominado por otras potencias, en crisis perpetua, amenazado de desintegración territorial, donde se pasaba hambre y la pobreza era más que una lacra social. De repente, en un gesto de dudosa espontaneidad, cortesanos y aduladores comenzaron a gritar "¡vivan las caenas!".
Doscientos años después, el descendiente de Fernando VII no se desplazaría en una majestuosa carroza tirada por caballos, sino en un lujoso Rolls Royce igualmente pagado por todos los españoles. El lujo para la ocasión se vería sensiblemente deslucido en cuanto a asistencia de público[1], a pesar de la campaña publicitaria orquestada con tal fin y las cien mil banderitas repartidas para la ocasión[2]. Ni siquiera los balcones lucían de rojo y amarillo tras el apeo de la Selección de fútbol del Mundial el día previo. Debe ser que, después de todo, los ciudadanos ya no quieren cadenas y prefieren movilizarse para exigir su desaparición, como demostrase el pasado 22 de marzo.
El borrón y cuenta nueva no existe en la Historia, juez impasible que
pacientemente espera la aparición de testigos adecuados para poner a cada uno en
su sitio. De ahí la feroz lucha por la desmemoria a través de la mitificación, por parte de los sectores más
reaccionarios, de una restauración monárquica que
eufemísticamente denominara transición modélica. Mal vamos si los sistemas de gobierno han de fundamentarse en mitos y no en la voluntad del pueblo. Los españoles vuelven a ser tratados como eternos menores de edad a quienes, en vez de urnas para votar, se les ofrece reportajes en prensa acerca de las bondades de un rey preparado. No obstante, la experiencia nos recuerda lo imprudente de justificar un reinado con un apodo simpático, que ya sabemos que "el Deseado" se acabó convirtiendo en "el Felón" y "el Campechano" en cazador de elefantes.
El derecho a decidir, a hacer valer aquel artículo constitucional que indica que la soberanía reside en el pueblo, vuelve a ser negado porque otros ya decidieron en su lugar. Recordemos, si no, el desfile de personalidades frente al nuevo rey[3], entre las cuales figuraban grandes empresarios y banqueros, parte de esa oligarquía que no conoce la crisis, que cada día es más millonaria[4]. Son ellos quienes evaluaron summa cum laude al anterior reinado, quienes financiaron parte de la publicidad a favor del monarca entrante[5], quienes controlan los grandes medios de comunicación que en las últimas semanas recuperaron el NODO.
En ese Madrid de color de rosa cual cuento de Disney de reyes y princesas no tenía cabida la disidencia, por muchos valores democráticos que ésta reclamase. La democracia, personalizada en quienes pedían hacer valer la voluntad del pueblo, no sería televisada. Cualquier tinte de realidad sería censurado, cualquier disenso, amordazado. Al mismo tiempo que el rey entrante decía que "en una España unida y diversa cabemos todos", ciudadanos con símbolos republicanos eran detenidos[6].
Pero mientras se blinda Madrid con francotiradores y se identifica "preventivamente" a vecinos y trabajadores del centro de la ciudad[7] -para aparentemente protegerse de los propios ciudadanos-, la auténtica jefatura de Estado sigue en manos extranjeras. Y es que, con matices, la historia tiende a repetirse. Lejano queda el regreso de Fernando VII a una España devastada tras la invasión de las tropas francesas; a una parte de las cuales, por cierto, él mismo trajese de vuelta a la Península años después como una banda de mercenarios llamados los Cien Mil Hijos de San Luis. Hoy éstos no portan cañones ni fusilan a disidentes constitucionalistas; en su lugar, visten traje y corbata, sus armas son conceptos macroeconómicos y se les llama hombres de negro.
[1] "Felipe VI no llena la Plaza de Oriente". Público, 19 de junio de 2014.
[2] "El Ayuntamiento reparte 100.000 banderines y Madrid se engalana con banderas". El Diario, 19 de junio de 2014.
[3] "Más de 3.000 personas saludan personalmente a los reyes en el palacio real". La Información, 19 de junio de 2014.
[4] "Multimillonarios españoles incrementaron su riqueza un 40% desde el estallido de la crisis". Librered, 17 de junio de 2014.
[5] "Arturo Fernández presenta preconcurso de acreedores, pero asegura estar “muy contento”". El Plural, 17 de junio de 2014.
[6] "La policía detiene a tres personas por enseñar banderas republicanas". El Diario, 20 de junio de 2014.
[7] "Francotiradores, represión y asaltos a la intimidad en una situación de “total normalidad” para Rajoy". Postdigital, 18 de junio de 2014.
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sábado, 31 de mayo de 2014
El fenómeno Podemos: sobre gatos, ratones y sentido común
Durante la mañana del domingo 25 de mayo recibí un mensaje en el móvil. Se trataba de una persona cercana que me pedía el enlace del vídeo de "los ratones". Pretendía enseñárselo a sus padres en un último intento para convencerlos de que no votasen en blanco. El día siguiente, a la hora del café, un conocido me confesaba que por primera vez se sentía liberado de las ataduras del voto útil y había dado su apoyo a quien realmente quería. A última hora de aquella jornada coincidía con dos amigos que estaban discutiendo sobre los resultados de las elecciones. "¿Pero qué va hacer 'el coleta' cuando llegue a Europa?, yo prefiero votar al PP sobre seguro", argumentaba uno de ellos.
Mordiéndome la lengua para no hacer un chascarrillo acerca del "sobre seguro", me limité a preguntar al aún votante popular si se sentía feliz con sus condiciones laborales. La obvia respuesta de alguien que hace años que no sabe lo que es un aumento de sueldo, que prolonga diariamente su jornada laboral sin cobrar más por ello, a quien sus jefes tratan como si de un favor le estuvieran haciendo por permitirle trabajar, me permitió ahondar en sus contradicciones. "¿Y a quién crees que votaron ayer los dueños de la empresa para la que trabajas?".
Desde la más simple lógica es inconcebible que explotados y explotadores vayan de la mano, apuesten los las mismas fuerzas políticas, compartan más intereses que el aire que respiran. Al fin y al cabo, de eso se trata la fábula de los ratones que con tan magnífica maestría contase Pablo Iglesias en un mitin de campaña. De la incongruencia de que una mayoría explotada confíe su gobierno a la minoría que los explota. Del país de los ratones que votaban a los gatos como gobernantes. Gatos negros, gatos blancos, gatos moteados. Siempre gatos.
Ya venía siendo hora de que, tan siquiera, los ratones aspirasen a ser dueños de su propio destino. Por supuesto que siempre ha habido personas y organizaciones con sinceros deseos de que aquello fuese una realidad, sería injusto no reconocerlo, pero han pecado o bien de una completa incomprensión de los mecanismos que
mueven a las masas o bien, lo que es peor, de un molesto complejo de
inferioridad.
El gran mérito de Podemos no ha sido el gesto contable de haber conseguido
cinco eurodiputados en apenas cuatro meses de existencia, sino el haber
hecho mella en el sentido común -en su acepción gramsciana-,
hegemonizado hasta ahora por los grandes poderes, según el cual hay que
votar "sobre seguro" o, lo que es lo mismo, a los partidos del régimen;
que arriesgar apoyando a fuerzas de izquierda implica que los grandes
empresarios se enfaden y nos pongan las cosas aún peor; que es mejor
desentenderse de la política que, para eso, hay quienes piensan por
nosotros.
En una situación de emergencia social como la que
actualmente vivimos, el único camino posible para revertir la situación
pasa por canalizar el descontento generalizado con las políticas que las
mayorías llevamos sufriendo. Políticas lesivas para las mayorías, como
las limitaciones de velocidad para los ratones de la fábula, que los
convertía en presa fácil de los gatos. Llamémoslas recortes,
flexibilidad laboral, subidas del IVA. Ataques a los derechos en una
suerte de guerra de baja intensidad no declarada, pero llevada a cabo
unilateralmente por los gatos de la fábula y los grandes poderes en la
realidad. Esto se llama lucha de clases, aunque la mayoría aún no se
haya enterado de ello.
Podemos ha sabido señalar al enemigo, esa clase antagonista que
empieza a ponerse nerviosa y cada día que pasa lanza nuevas
descalificaciones contra los promotores de esta iniciativa ciudadana. Por
eso, cuando los personajes de la casta política -los gatos de la fábula que
gobiernan para los gatos- acuden a los púlpitos de los medios de
comunicación para tachar al proyecto Podemos de utopía regresiva, lepenista o, simplemente,
friki, evidencian su temor al derrumbe de sus particulares
torres de marfil, asentadas sobre décadas de conformismo y sumisión, debido a un potencial cambio de mentalidad fomentado por movimientos como Podemos. No obstante, volviendo a poner los pies en el suelo, no hay que olvidar que, en estos momentos,
lo más revolucionario posible es ahondar en ese cambio de mentalidad para que
rompa los tabúes, mitos y falacias en los que se apoyan los poderosos
para mantener sus privilegios.
Al menos, la chispa de
ilusión ha prendido en mucha gente, cosa que me confirmó un votante de Podemos cuando me confesaba
que no había sentido tal ilusión con unas elecciones desde la época de
Felipe González, allá por 1982. Le tuve que recordar que una sutil diferencia entre
Podemos y el PSOE de los ochenta es que, mientras los socialistas fueron
financiados por algunos poderes alemanes, los primeros recurrieron
exclusivamente al apoyo de sus simpatizantes.
Nos encontramos ante el enésimo intento de las clases populares de arrebatar a los poderosos sus privilegios, su capacidad de decidir sobre nuestros destinos. Podemos ha nacido con vocación de convertirse en instrumento de politización de aquella gran parte de la ciudadanía que se declara apolítica, en el
revulsivo necesario para que el espíritu de las mareas cívicas o el de los
movimientos vecinales como Gamonal impregne al resto de la población. Quizás nos encontremos ante la oportunidad de articular a la sociedad en torno a los valores de libertad, igualdad y fraternidad en su concepción más humana.
La moraleja de aquella fábula es que la alternativa es la barbarie, como amenazan las opciones totalitarias en otros estados en Europa. O los ratones se hacen dueños de su propio destino, o vendrá finalmente alguna rata extremista al servicio de los gatos para sumir al pueblo en la intolerancia y la opresión. Sirva Podemos como una vacuna contra fascismos venideros.
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jueves, 23 de enero de 2014
Según el sistema social y económico imperante, el derecho a la salud no es para pobres
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lunes, 20 de enero de 2014
Cuando la brecha entre ricos y pobres se dispara, la democracia agoniza
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miércoles, 1 de enero de 2014
Próspero 2014... para los de siempre
El año 2014 no presenta un rostro demasiado amigable para la mayoría de los españoles. No es descabellado afirmar que quienes dependen de un sueldo -o aspiran a ello-, quienes sobreviven con un pequeño negocio que apenas da para pagar facturas, las personas honradas que cumplen con sus obligaciones fiscales, las que no recurren a sobres ni pagas en "B", la gente decente en general, no pueden esperar un buen año.
No es cuestión de ejercer de pájaro de mal agüero sino de realizar un ejercicio de comprensión de la realidad tal como está siendo diseñada por los grandes poderes económicos: el Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y EEUU, la Pacto Fiscal Europeo, la nueva ley de seguridad ciudadana, recortes en los servicios públicos, congelaciones y reducciones de salarios, nuevas reformas laborales, retrasos en la edad de jubilación, otro cambio en la Constitución que establezca para 2020 el techo de la deuda pública.
Tan sólo hay que leer las pequeñas píldoras que se van colando a través de los medios de comunicación, la mayoría casi en silencio, que evocan una escena tan típica en esta época del año -para quien se lo pueda permitir-, como la del marisco vivo que repentinamente fallece en un agua cuya temperatura rompe a hervir sin apenas darle tiempo a reacción. La ciudadanía se encuentra ahora nadando en aguas cálidas, anhelando y esperando tiempos mejores, ignorante de que la temperatura sube peligrosamente.
Nos encontramos ante la mayor amenaza de retrocesos de la Historia, una ruptura unilateral de los pactos sociales que se gestaron durante los últimos dos siglos. De seguir la hoja de ruta trazada por los grandes poderes, los estados occidentales abandonarán finalmente su papel de asegurar los derechos mínimos a la población, convirtiéndose en simples garantes de los privilegios de unos pocos.
El objetivo final de los tratados, pactos y leyes que los grandes poderes imponen a nuestras espaldas es la liquidación de los servicios públicos y las pensiones, la destrucción de cualquier atisbo de soberanía de los ciudadanos, la sumisión de gobiernos y administraciones a reediciones de la troika que incluyan también los intereses norteamericanos, la condena a la ciudadanía a la semi-esclavitud laboral, la represión de la protesta ciudadana, ya sea en las calles, ya sea en la Red.
Mientras sigamos escuchando a quienes llevan a sus hijos a
colegios y universidades privadas, a quienes hacen uso de clínicas de
pago, a quienes no entienden cómo vivimos la mayoría del pueblo, porque
-por mucho que digan- no son como nosotros, estaremos derrotados sin
lucha, presos en la trampa de la sumisión, falazmente esperanzados en una reedición
de unos años excepcionales que jamás volverán.
2014 puede ser un paso más en ese retroceso al medievo del siglo XXI o el punto de inflexión en el que una ciudadanía cada vez más politizada decida tomar las riendas de su destino. Es hora de que los pueblos se organicen para encontrar puntos comunes, de plantar cara a los grandes poderes, señalar sus pies de barro -pues su fortaleza está en nuestra sumisión- y decirles ¡basta!
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sábado, 21 de diciembre de 2013
Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza, Matar vuelve a ser Delito
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miércoles, 23 de octubre de 2013
Salirse de la Convención Europea de Derechos Humanos no es el camino
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jueves, 20 de junio de 2013
La manifestación es un derecho, no una concesión
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sábado, 15 de junio de 2013
La paz no es un derecho cuando la guerra puede ser un negocio
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domingo, 9 de junio de 2013
El Gran Hermano yanki
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domingo, 6 de enero de 2013
La renovación de títulos nobiliarios del franquismo, un claro indicador de déficit democrático
La renovación de títulos nobiliarios a descendientes de los cómplices de la dictadura fascista que sufrió España durante casi cuatro décadas es un claro síntoma del déficit democrático que sigue adoleciendo la sociedad española.
Los medios de información se han encargado de recordarnos, año tras año, que España es un Estado democrático, condición que alcanzó gracias a un proceso de transición calificado de ejemplar, capaz de sobrevivir a un oscuro intento golpe de Estado cuyos interrogantes fueron guardados bajo la alfombra del silencio. Aquella transición modélica suponía -nos llevan contando desde entonces- el final de las dos Españas, aunque a costa de renunciar a demasiadas cosas. Al fin y al cabo, todo había quedado "atado y bien atado".
Sin embargo, parece que las dos Españas siguen existiendo, al menos en cuanto a privilegios. Aún la España de los vencidos, la de los exiliados políticos, la de los nietos de los fusilados en cunetas, apenas tiene voz, la de los vencedores, la de los cómplices de Hitler y Mussolini, ve intactos los privilegios conseguidos a base de sangre y traición. Mientras queden cuerpos de represaliados en cunetas españolas, jamás podrá hablarse de punto final, de una sola España.
La memoria histórica es un derecho de actuales y futuras generaciones para poder comprender su pasado y, sobre todo, la configuración del presente que a cada uno toca vivir. Sin embargo, molestó a gente tan poderosa, con tanto que ocultar, que los recuerdos agregados a aquella memoria quedaron en inucias comparadas con lo que los ciudadanos merecíamos conocer. Cuánta justicia tendría que ser administrada en caso de probarse casos de abusos de poder, revanchismos, masacres, violaciones de derechos humanos. Cuántas fortunas tendrían que explicar su capital, en caso de demostrarse que se enriquecieron a base de apropiarse de los bienes de algún vecino acusado de rojo o, directamente, a partir de botines de guerra. Por si acaso, el único juez que se atrevió a indagar con profundidad en el asunto acabó puesto fuera de circulación. Como dijo en su día Gerardo Iglesias, "la transición española sólo fue modélica en su impunidad"[1].
No se podrá hablar de transición modélica en una España en la que se sigue negando incluso el derecho de los vencidos a homenajear debidamente a sus defensores[2]. Mientras tanto, los descendientes de los generales cómplices del golpe de Estado contra el Gobierno democrático de 1936 ven renovar sus privilegios. Entre aquéllos se encuentran los títulos nobiliarios con los que Franco, el general golpista convertido a posteriori en Jefe de Estado, premiase a sus más cercanos colaboradores en aquella guerra y la posterior represión. Así, el actual Gobierno decide renovar el título de marqués al nieto de Queipo de Llano[3], a quien se atribuye la muerte de miles de personas en la toma de Andalucía durante la Guerra Civil.
No vale con justificar tales decisiones a base de minimizarlas como algo "simbólico". Precisamente es este aspecto el que demuestra el déficit democrático que sufre España, cuando hoy en día siguen vigentes los 39 títulos nobiliarios creados por el dictador[4]. Las heridas del pasado no se cierran a base de olvido, sino de reparación, una reparación a la que no ayuda la existencia de títulos, reconocidos por el Estado, otorgados como premios a los protagonistas de un episodio negro de este país. En Alemania o Italia sería impensable algo así.
[1] http://www.lne.es/club-prensa/2012/01/17/gerardo-iglesias-transicion-espanola-modelica-impunidad/1185231.html
[2] http://www.publico.es/espana/448319/futuro-incierto-del-monumento-a-las-brigadas-internacionales-de-la-complutense
[3] http://www.larepublica.es/2013/01/el-gobierno-justifica-la-renovacion-del-marquesado-al-asesino-fascista-queipo-de-llano/
[4] http://www.publico.es/espana/248484/erc-pide-acabar-con-la-nobleza-que-creo-franco
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viernes, 28 de diciembre de 2012
Hoy día de los inocentes: no te olvides de Alfon
Mensaje en apoyo de Alfon, convertido a la fuerza en icono de la lucha de clases. Con los mejores deseos para su familia y amigos.
Parece mentira que cosas como éstas puedan estar ocurriendo en pleno siglo XXI. ¿No nos habían contado que aquellas historias sobre detenciones arbitrarias, presos políticos y oscuras represalias habían quedado atrás después de aquella ejemplar transición?
El asunto de Alfon hace pensar que quizás todo ha sido un gran engaño, una descomunal obra teatral de la que todos fuimos partícipes al mirar hacia otro lado, olvidando que las conquistas sociales se llevan a cabo -y se defienden- activamente en las calles, mediante la movilización pacífica, y no pasivamente desde el sofá mientras creemos todo lo que la televisión nos quiere contar.
Hasta que fue demasiado tarde y bruscamente comprobamos que a los trabajadores no nos queda más que el recuerdo de un espejismo en que el nos creímos ricos. Pero a diferencia de aquéllos -quienes a pesar de la crisis siguen enriqueciéndose[1]- de repente nos vimos sin los derechos más esenciales, injustamente arrastrados a aquellas grises épocas pasadas.
Como era de esperar, muchas personas tímidamente comenzaron a tomar conciencia de la gravedad de la situación que se iba presentando. No dudaron en salir a las calles, en reclamar una justicia social que, lamentablemente, se desvanecía de la noche a la mañana. La reacción de los grandes poderes sería implacable, insinuando así su peor rostro. De repente nos encontramos ante un mundo al revés donde se criminaliza la protesta, se culpa de la crisis a sus víctimas, se tacha de irresponsable a quien hace huelga[2]. Se asientan, en definitiva, las bases para repetir las peligrosas decisiones políticas que se llevaron a cabo en los años 30 del siglo pasado.
Evocando las épocas de las santas cruzadas, nuestros gobernantes tenían que encontrar un enemigo turco cuya cabeza colocar sobre una lanza, bien elevada, a vista de todos. La idea era fomentar el miedo, poderoso aliado de quienes pueden y saben ejercerlo, miedo a protestar, miedo a movilizarse. En el fondo, cualquier persona que participase en algún piquete informativo aquel día de Huelga General, o que simplemente estuviese en alguna de las manifestaciones convocadas aquella jornada, tiene la sensación de que bien podría estar en el lugar de Alfon[3].
Sin quererlo, Alfon se ha convertido en un icono de la lucha de clases,
en mártir de la sinrazón y el abuso de una oligarquía que no admite
discusión alguna. Es por ello que, más que nunca, este inmenso sector de la sociedad vituperado por los recortes ha de exigir la liberación sin cargos de Alfon[4] y el firme compromiso por parte de las autoridades de no volver a consentir montajes[5] contra quienes tan sólo defienden derechos fundamentales.
[1] "Los ricos son un 8,4% más ricos, pero el Gobierno prefiere los recortes a gravar a las grandes fortunas". El Plural, 23 de diciembre de 2012.
[2] "González dice que Madrid perdió un 0,5 por ciento de riqueza por abuso de huelgas y manifestaciones". El Diario, 27 de diciembre de 2012.
[3] ""El régimen penitenciario de 'Alfon' implica una tortura psicológica"". Público, 27 de diciembre de 2012.
[4] "Concentraciones de apoyo a Alfon en 30 ciudades". Diagonal Periódico, 28 de diciembre de 2012.
[5] "¡Alfon Libertad! Stop montajes policiales". Público, 21 de diciembre de 2012.
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domingo, 9 de diciembre de 2012
La lucha de clases explicada por un empresario chino
De la vigencia de la lucha de clases no puede quedar dudas tras leer las declaraciones de un empresario chino afincado en España. Sus opiniones, coincidentes con los próceres del gran empresariado español, muestran las intenciones de los ataques dirigidos desde su clase hacia los derechos de los trabajadores.
Hay que agradecer al empresario chino Fernando Zhou su sinceridad en la entrevista que recientemente concedió al periódico El País[1]. En sus declaraciones defendía abiertamente la reciente reforma laboral, se mostraba en contra del derecho a huelga y a favor del despido gratuito, justificando esto último con que tal medida incentivaría a los empleados a trabajar más.
Hay que agradecer al empresario chino Fernando Zhou su sinceridad en la entrevista que recientemente concedió al periódico El País[1]. En sus declaraciones defendía abiertamente la reciente reforma laboral, se mostraba en contra del derecho a huelga y a favor del despido gratuito, justificando esto último con que tal medida incentivaría a los empleados a trabajar más.
Las palabras del empresario chino no tardarían en ser desaprobadas por parte de muchos de los participantes de los foros que hicieron eco de la noticia. Algunos calificaban tales declaraciones como propias de un esclavista; otros, menos sutiles, sugerían al empresario el inmediato regreso a su país de origen[2].
A todo esto, basta con tirar de hemeroteca para encontrar declaraciones similares, quizás menos directas, de homólogos españoles que defienden los mismos principios de reducción de derechos de los trabajadores. Entre aquellas se pueden encontrar las del ahora infame Díaz Ferrán, quien pedía a los trabajadores aquello de que hay que trabajar más y ganar menos[3], y las de su actual sucesor en la presidencia de la CEOE, Juan Rosell, quien aboga por la limitación del derecho a huelga[4]. No obstante, el problema de la precariedad laboral en España no se solucionaría deportando al señor Zhou a China, incluso aunque fuese acompañado de Díaz Ferrán y Rosell.
Las declaraciones del empresario chino sugieren la vigencia de la denominada lucha de clases, es decir, el choque de intereses entre las fuerzas que controlan el capital y quienes ofrecen su fuerza de trabajo en cualquiera de sus variantes. Ya identificada por Nicolás Maquiavelo en el siglo XV, esta lucha, connatural a toda sociedad dividida en clases, ha existido desde siempre, adaptada a las situaciones coyunturales de cada época.
En la actualidad esta lucha se ha recrudecido fundamentalmente desde una de las partes. Mientras la clase trabajadora apenas comienza a reaccionar, los grandes poderes financieros plantean, como próximo botín de guerra, el modelo de sociedad sugerido por el empresario en la entrevista. La ciudadanía se encuentra en el punto de mira de un grave proceso de destrucción de derechos políticos, sociales y sindicales cuyo final no puede ser otro que la desaparición de todo atisbo de libertad e igualdad.
Las élites financieras, y sus partidarios, están imponiendo unas nuevas reglas para un juego en el que, en estos momentos, se saben ganadores. Por primera vez en la historia, las conquistas sociales van en retroceso mientras la sociedad aún no tiene claro de dónde vienen los tiros. Así, muchos ciudadanos siguen culpando a los políticos en general, como si fuesen una clase aparte, mientras otros se conforman con señalar a los funcionarios, a los sindicalistas o a los inmigrantes como la causa del problema.
Las palabras de Zhou, sin embargo, son clarísimas al respecto: "Los [trabajadores] chinos apoyan al empresario. Si el negocio no va bien, se bajan el sueldo. Y los [trabajadores] españoles quieren que se cumplan sus derechos. España va mal". El problema queda reducido, desde su punto de vista, al pavoroso pragmatismo de que los derechos de los trabajadores han de estar subordinados al éxito de los negocios, cosa que guarda sospechosa similitud con la necesidad de someter la soberanía nacional a los dictados de los mercados.
¿Acaso no se trata del principal postulado del dogma neoliberal? Los gobiernos actuales se han atribuido el papel de ejército de choque contra la clase trabajadora, por esto todas las medidas de austeridad van en su perjuicio. Declaraciones como las de Zhou han de ser tomadas como una pista clara del futuro que nos depara a la mayoría si nos mantenemos ajenos a todo lo que está pasando, en definitiva, desclasados. Esta situación sólo se podrá revertir, o al menos frenar, cuando la ciudadanía tome conciencia de clase y pase a reclamar con una sola voz los derechos que jamás le debieron ser ni siquiera discutidos.
[1] "“Con despido gratis se trabajaría más”". El País, 6 de diciembre de 2012.
[2] Véanse, por ejemplo, los comentarios al respecto en Menéame, 7 de diciembre de 2012.
[3] "Díaz Ferrán desata la tormenta: "Hay que trabajar más y ganar menos para salir de la crisis"". Expansión, 14 de octubre de 2010.
[4] "Rosell aplaude la reforma laboral y pide revisar el derecho de huelga". Público, 15 de febrero de 2012.
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jueves, 8 de noviembre de 2012
Jefes intimidatorios frente a la huelga
Según se acerca el día de la próxima huelga general, muchos jefes cumplen con su papel de piquete empresarial, advirtiendo a sus subalternos de la conveniencia de acudir ese día a trabajar: un hecho lamentable que vulnera a todas luces un derecho fundamental de todo trabajador.
Me acaba de llamar un buen amigo pidiéndome consejo. Él trabaja en una consultora de informática, de aquéllas coloquialmente conocidas como "cárnicas". Como muchos lectores podrán confirmar por propia experiencia, hay detalles que habitualmente se repiten en este tipo de empresas como, entre otros, jornadas de trabajo prolongadas en varias horas nunca remuneradas, imposición de un concepto de identidad con la empresa cercano al fanatismo, eternas promesas incumplidas de promociones y ascensos, o estructuras jerárquicas desquiciantes donde, como se suele decir, hay más jefes que indios.
Mi amigo en cuestión fue citado por su jefe, el típico mando intermedio que parece vivir bajo la ilusión de que algún día heredará la empresa. La conversación, en privado, sin testigos, estuvo centrada en la próxima huelga general:
- ¿Vas a hacer huelga el próximo miércoles? - Preguntó el jefe, sin rodeos.- No lo tengo aún pensado. Es algo personal que decidiré en su momento. - Respuesta lógica, y con más razón que un santo: es una decisión personal y, habría que añadir, libre.- A mí que gustaría que vinieses a trabajar ese día. - Insistió el jefe, como no dando otra opción.- Como acabo de decir, es una decisión personal que tomaré en el momento adecuado. - No hay otra respuesta posible por parte de un empleado que tenga un poco de dignidad.- Deberías saber que eres de los pocos empleados de esta empresa que se sumaron a la anterior huelga general y las cosas no están como para que uno se vuelva a señalar. - Lástima que mi amigo no hubiera grabado esta parte de la conversación con su jefe.
Se me ocurren demasiadas palabras para describir esta situación que, de seguro, se estará repitiendo durante estos días en todo el territorio español. Sin embargo, más que una palabra, lo primero que se me viene a la cabeza es aquello de "si quieres conocer a un españolito, dale un carguito". ¿Dónde queda el respeto a los derechos fundamentales por parte de aquel asalariado, nombrado enésimo jefecillo en la empresa de turno, hacia sus subalternos también asalariados? Posiblemente, en los magníficos cursos de coaching, liderazgo y demás buenrrollismos que habrá recibido, olvidaron recordarle el detalle de que la huelga es un derecho legal en España.
¿Qué consejo puedo dar a un amigo víctima de tal deplorable acción coercitiva por parte de un mindundi que ni siquiera se preocupa por conocer los derechos de los trabajadores que tiene a su cargo? Confieso que, desde el propio y más profundo sentido de la justicia, mi primera reacción es la de recomendar a mi amigo que sea fiel a sus principios, que no claudique, que si es lo que realmente considera justo, que secunde la huelga. Sin embargo, hay que reconocer que tampoco es justo influir en nadie para que ponga en peligro su carrera profesional en la empresa donde actualmente se desempeña.
¿Qué consejo puedo dar a un amigo víctima de tal deplorable acción coercitiva por parte de un mindundi que ni siquiera se preocupa por conocer los derechos de los trabajadores que tiene a su cargo? Confieso que, desde el propio y más profundo sentido de la justicia, mi primera reacción es la de recomendar a mi amigo que sea fiel a sus principios, que no claudique, que si es lo que realmente considera justo, que secunde la huelga. Sin embargo, hay que reconocer que tampoco es justo influir en nadie para que ponga en peligro su carrera profesional en la empresa donde actualmente se desempeña.
La cuestión es demasiado complicada como para responderla a la ligera. Incluso por muy cordial que pudiera ser aquel jefe en la reunión descrita, no se nos puede olvidar que su intención era la de intimidar, la de transmitir una incómoda advertencia que, como es natural, busca crear la intranquilidad en el empleado, crearle un sentido de la culpabilidad por pretender ejercer un derecho. No en vano, el contexto social, económico y laboral que nos toca vivir es realmente grave como para pensarse, ante tales presiones, lo de la huelga. Todo un abuso de poder, un ejercicio de intimidación realizado por alguien que instrumentaliza una legítima herramienta de protesta como trampolín para conseguir sus propios objetivos personales.
Quizás podría aconsejar a mi amigo que dialogase con su jefe, que le explicase razonadamente su motivación para segundar la huelga, que no se trata de algo contra la empresa, sino contra las políticas del Gobierno que, por cierto, también afectan al resto de la plantilla -jefes incluidos-. Llegado a ese punto, podría añadir que la empresa tampoco se vería perjudicada en lo económico, pues ese día no sería incluido en nómina. Más aún, mi amigo es consciente de que en pocos días recuperaría en horas extras el tiempo no trabajado el día de huelga, y, como es tradicional en las "cárnicas", ¡gratis para la empresa! Sin embargo no, definitivamente no serviría para nada razonar con el jefe, porque la directriz que probablemente le habrán dado es la de obligar a sus subalternos acudir ese día al centro de trabajo.
Quizás podría aconsejar a mi amigo que dialogase con su jefe, que le explicase razonadamente su motivación para segundar la huelga, que no se trata de algo contra la empresa, sino contra las políticas del Gobierno que, por cierto, también afectan al resto de la plantilla -jefes incluidos-. Llegado a ese punto, podría añadir que la empresa tampoco se vería perjudicada en lo económico, pues ese día no sería incluido en nómina. Más aún, mi amigo es consciente de que en pocos días recuperaría en horas extras el tiempo no trabajado el día de huelga, y, como es tradicional en las "cárnicas", ¡gratis para la empresa! Sin embargo no, definitivamente no serviría para nada razonar con el jefe, porque la directriz que probablemente le habrán dado es la de obligar a sus subalternos acudir ese día al centro de trabajo.
Situaciones como ésta no dejan de ser baños de realidad que demuestran, una vez más, el déficit democrático que adolece el Estado español, donde empresas indican a sus capataces que limiten un derecho a sus empleados. Todo a base de coerción, de fomentar el miedo. Arengas del tipo "vosotros, los empleados, sois el capital más importante de nuestra empresa" se convierten en humo desde el momento en que alguno de ellos decide hacer efectivo un derecho fundamental. Sin duda quieren plantillas de gente asustada, manejable. "No seas problemático, no te señales si no quieres complicarte la vida", es el mensaje de fondo. Llegados a este punto, sólo puedo pensar que la aspiración de este tipo de empresas es la conversión de su plantilla en rebaño.
Desgraciadamente, la mayor parte de los compañeros y compañeras de aquellos que estén en la misma situación que mi amigo prefieren mirar hacia otro lado y obedecer, no señalarse. Excusas hay para ello y, si no, se las inventan y se las creen mediante acto de fe. Que si las huelgas no valen para nada, que si los sindicatos son lo peor del mundo, que si... Y es que, quienes consienten ser tratados como ovejas, tarde o temprano acaban siendo conducidos al matadero, destino que aceptarán sin rechistar. Este matadero es el de los recortes de derechos sociales, de servicios públicos, el del retraso de la edad de jubilación, el de las reducciones de sueldos.
¿Qué le vamos a hacer? Es la frase favorita, con tono de resignación, de quienes aceptaron ya hace mucho un gris destino. Parecen olvidar que nosotros -ellos incluidos- somos más, tenemos la fuerza y la legitimidad que nos da nuestra condición de pueblo. Pero un pueblo mudo, sin voz, no puede ejercer soberanía alguna. Ésta sólo podrá llegar el día en el que una mayoría de los trabajadores y trabajadoras recuerden aquello de que la unión hace la fuerza y recuperen esa conciencia de clase perdida que les lleve a secundar sin miedos las huelgas que sean necesarias. No olvidemos nunca que las conquistas sociales, las mismas que ahora permitimos que nos quiten, se consiguieron en las calles, peleándolas, no agachando la cabeza. Al respecto, me consta que al menos mi amigo lo tiene bien claro.
Desgraciadamente, la mayor parte de los compañeros y compañeras de aquellos que estén en la misma situación que mi amigo prefieren mirar hacia otro lado y obedecer, no señalarse. Excusas hay para ello y, si no, se las inventan y se las creen mediante acto de fe. Que si las huelgas no valen para nada, que si los sindicatos son lo peor del mundo, que si... Y es que, quienes consienten ser tratados como ovejas, tarde o temprano acaban siendo conducidos al matadero, destino que aceptarán sin rechistar. Este matadero es el de los recortes de derechos sociales, de servicios públicos, el del retraso de la edad de jubilación, el de las reducciones de sueldos.
¿Qué le vamos a hacer? Es la frase favorita, con tono de resignación, de quienes aceptaron ya hace mucho un gris destino. Parecen olvidar que nosotros -ellos incluidos- somos más, tenemos la fuerza y la legitimidad que nos da nuestra condición de pueblo. Pero un pueblo mudo, sin voz, no puede ejercer soberanía alguna. Ésta sólo podrá llegar el día en el que una mayoría de los trabajadores y trabajadoras recuerden aquello de que la unión hace la fuerza y recuperen esa conciencia de clase perdida que les lleve a secundar sin miedos las huelgas que sean necesarias. No olvidemos nunca que las conquistas sociales, las mismas que ahora permitimos que nos quiten, se consiguieron en las calles, peleándolas, no agachando la cabeza. Al respecto, me consta que al menos mi amigo lo tiene bien claro.
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viernes, 30 de marzo de 2012
Reconocer la derrota es el primer paso para volver a la lucha
Este artículo propone una reflexión en torno a la situación actual de la izquierda, derrotada por el gran capital, condenada al ostracismo, cuya denominación ha sido usurpada por partidos de corte neoliberal, lo cual desmoviliza y sume en la resignación a la clase trabajadora.
La primera entrega de una serie de artículos de Julio Anguita, a ser publicados en el diario Público, ha causado cierta conmoción en los círculos más progresistas de la sociedad española[1]. Acostumbrados como estamos a los análisis del excoordinador general de Izquierda Unida, perfectamente hilados y, como en ocasiones él mismo admite, orientados a hacer pensar a la gente; resulta inquietante que el artículo comience con el reconocimiento expreso de la derrota de la izquierda.
La primera entrega de una serie de artículos de Julio Anguita, a ser publicados en el diario Público, ha causado cierta conmoción en los círculos más progresistas de la sociedad española[1]. Acostumbrados como estamos a los análisis del excoordinador general de Izquierda Unida, perfectamente hilados y, como en ocasiones él mismo admite, orientados a hacer pensar a la gente; resulta inquietante que el artículo comience con el reconocimiento expreso de la derrota de la izquierda.
Muchos comentarios en la edición digital del artículo han identificado en las palabras del político andaluz cierto tono de rendición, de resignación a una realidad en la que el demonio neoliberal ha tomado posesión de una sociedad que ya no puede ser exorcizada. En definitiva, tan siquiera la mención de la posibilidad de derrota supone un golpe demasiado duro para ser aceptado por muchos de aquellos que han soñado con un mundo mejor, que han puesto sus energías en avanzar en los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad que, de repente, los mercados han decidido que han quedado desfasados.
Esta guerra perdida comenzó hace mucho tiempo, generaciones atrás, cuando hombres y mujeres tomaron conciencia de la necesidad de lucha para alcanzar plena justicia social. Se sucedieron revoluciones, se escribieron grandes obras que sostenían con argumentos la legitimidad de la clase obrera para alzarse contra el enemigo que la explota. Un enemigo sagaz, con recursos, a quien una vez tras otra se subestimó, que fue aprendiendo de cada movimiento obrero, que hizo cátedra del keynesianismo y del marxismo. Así cayeron la Comuna de París, la Constitución de Weimar, la imperfecta Unión Soviética; mientras a la incomprendida Cuba la miran con ojos de ave carroñera a la espera de que los hermanos Castro pasen a mejor vida.
Aquella aparente paz entre clases, que se creyó eterna, resultó ser una breve tregua necesaria a causa de la destrucción causada tras una gran guerra fratricida entre hermanos obreros que empuñaban armas fabricadas por las mismas multinacionales que hoy suministran a los ejércitos del mundo entero. El movimiento obrero de una parte privilegiada del planeta, descafeinado ante aquel periodo de calma, no fue capaz de comprender que los Derechos Humanos, declarados por aquel entonces, no fueron más que concesiones que algún día quedarían en papel mojado. Y ese día ha llegado.
La guerra de clases volvía silenciosamente a reactivarse mientras, ignorante a ello, la clase trabajadora del eufemísticamente llamado Primer Mundo, afectada por la fiebre del consumo fácil y el hipnotismo del circo mediático, no plantó resistencia. Dos no luchan si uno no quiere, por tanto lo que tendría que ser una contienda se redujo a masacre. Masacre de derechos, de sueños, de cualquier atisbo de Estado del Bienestar. Como bien dice Anguita, ahí yace la izquierda, dividida, rota, condenada a ser ignorada por utópica y decimonónica, como si la esclavitud que ahora nos quieren imponen los vencedores fuese algo moderno.
Y es que reconocer la derrota es el primer paso para comenzar la reconstrucción y emprender una nueva lucha. Ni siquiera el término izquierda ha sido respetado, vampirizado por terceras vías y personalismos deseosos de escaño que hicieron el juego sucio a los grandes poderes. Es patente la resignación de los trabajadores frente al poder omnímodo de la banca y los grandes empresarios. La clase trabajadora olvidó hace mucho tiempo que con una actitud pasiva no se consiguen avances sociales. Así, cuando hace dos décadas los expertos a sueldo de los hoy vencedores anunciaban en columnas de opinión que el Estado del Bienestar estaba condenado a ser inviable, lo lógico hubieran sido calles inundadas de trabajadores rechazando tan siquiera la insinuación de dar un paso atrás.
La lucha por el progreso social sólo tiene sentido si el pueblo desea ese cambio y se implica en su consecución. Para ello, la clase obrera ha de volver a encontrar su identidad fuera de todo tecnicismo, de toda terminología que la neolengua del neoliberalismo se ha encargado de desacreditar. La guerra de clases sólo podrá ser reemprendida cuando la voluntad de crear un frente común de los "de abajo" sea férrea. Aún quedan recientes los movimientos de indignación que explotaron en mayo de 2011 que, a pesar de sus imperfecciones, tuvieron la virtud de movilizar a una fracción de la población y ganarse momentáneamente la simpatía de la mayoría. Con mucho por mejorar en cuestiones organizativas, el latente peligro de manipulación por terceros y el continuo acoso del enemigo mediático, desde el momento en que supieron proponer ese frente común al que llamaron indignación, estos movimientos marcaron un camino a tener en cuenta.
Entender dónde estamos es el primer paso para encender la luz de la esperanza en un pueblo que, en su fuero interno, no desea vivir de rodillas. El reconocimiento de la derrota frente al gran capital permitirá romper la división entre los movimientos de izquierda actuales que, fusil ideológico al hombro, no pueden permitirse una guerra de guerrillas a la espalda de la ciudadanía. La unión hace la fuerza y los de abajo somos mayoría.
Esta guerra perdida comenzó hace mucho tiempo, generaciones atrás, cuando hombres y mujeres tomaron conciencia de la necesidad de lucha para alcanzar plena justicia social. Se sucedieron revoluciones, se escribieron grandes obras que sostenían con argumentos la legitimidad de la clase obrera para alzarse contra el enemigo que la explota. Un enemigo sagaz, con recursos, a quien una vez tras otra se subestimó, que fue aprendiendo de cada movimiento obrero, que hizo cátedra del keynesianismo y del marxismo. Así cayeron la Comuna de París, la Constitución de Weimar, la imperfecta Unión Soviética; mientras a la incomprendida Cuba la miran con ojos de ave carroñera a la espera de que los hermanos Castro pasen a mejor vida.
Aquella aparente paz entre clases, que se creyó eterna, resultó ser una breve tregua necesaria a causa de la destrucción causada tras una gran guerra fratricida entre hermanos obreros que empuñaban armas fabricadas por las mismas multinacionales que hoy suministran a los ejércitos del mundo entero. El movimiento obrero de una parte privilegiada del planeta, descafeinado ante aquel periodo de calma, no fue capaz de comprender que los Derechos Humanos, declarados por aquel entonces, no fueron más que concesiones que algún día quedarían en papel mojado. Y ese día ha llegado.
La guerra de clases volvía silenciosamente a reactivarse mientras, ignorante a ello, la clase trabajadora del eufemísticamente llamado Primer Mundo, afectada por la fiebre del consumo fácil y el hipnotismo del circo mediático, no plantó resistencia. Dos no luchan si uno no quiere, por tanto lo que tendría que ser una contienda se redujo a masacre. Masacre de derechos, de sueños, de cualquier atisbo de Estado del Bienestar. Como bien dice Anguita, ahí yace la izquierda, dividida, rota, condenada a ser ignorada por utópica y decimonónica, como si la esclavitud que ahora nos quieren imponen los vencedores fuese algo moderno.
Y es que reconocer la derrota es el primer paso para comenzar la reconstrucción y emprender una nueva lucha. Ni siquiera el término izquierda ha sido respetado, vampirizado por terceras vías y personalismos deseosos de escaño que hicieron el juego sucio a los grandes poderes. Es patente la resignación de los trabajadores frente al poder omnímodo de la banca y los grandes empresarios. La clase trabajadora olvidó hace mucho tiempo que con una actitud pasiva no se consiguen avances sociales. Así, cuando hace dos décadas los expertos a sueldo de los hoy vencedores anunciaban en columnas de opinión que el Estado del Bienestar estaba condenado a ser inviable, lo lógico hubieran sido calles inundadas de trabajadores rechazando tan siquiera la insinuación de dar un paso atrás.
La lucha por el progreso social sólo tiene sentido si el pueblo desea ese cambio y se implica en su consecución. Para ello, la clase obrera ha de volver a encontrar su identidad fuera de todo tecnicismo, de toda terminología que la neolengua del neoliberalismo se ha encargado de desacreditar. La guerra de clases sólo podrá ser reemprendida cuando la voluntad de crear un frente común de los "de abajo" sea férrea. Aún quedan recientes los movimientos de indignación que explotaron en mayo de 2011 que, a pesar de sus imperfecciones, tuvieron la virtud de movilizar a una fracción de la población y ganarse momentáneamente la simpatía de la mayoría. Con mucho por mejorar en cuestiones organizativas, el latente peligro de manipulación por terceros y el continuo acoso del enemigo mediático, desde el momento en que supieron proponer ese frente común al que llamaron indignación, estos movimientos marcaron un camino a tener en cuenta.
Entender dónde estamos es el primer paso para encender la luz de la esperanza en un pueblo que, en su fuero interno, no desea vivir de rodillas. El reconocimiento de la derrota frente al gran capital permitirá romper la división entre los movimientos de izquierda actuales que, fusil ideológico al hombro, no pueden permitirse una guerra de guerrillas a la espalda de la ciudadanía. La unión hace la fuerza y los de abajo somos mayoría.
[1] Julio Anguita: "¿Dónde estamos?". Público, 26 de marzo de 2012.
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jueves, 8 de marzo de 2012
Despierta, porque mañana será aún peor
Corría el año 2008 cuando el mundo fue declarado en crisis. Ese mismo año Keny Arkana escribía este tema que adelantaba lo que una parte de la población comienza a sufrir en estos momentos. Merece la pena leer la traducción de la letra de esta canción[1], un llamamiento a la unidad del pueblo:
Esto apesta a injusticia, la tormenta ha sido programada,
todo va cada vez más rápido, la guerra ha sido proclamada.
Una guerra glacial cada vez menos discreta
contra los pobres y los que rehusan formar parte del disquete.
Dividir al populacho, instaurar el estado policial
si te sales de la fila te golpeará la porra del oficial.
Nuevo Orden extraoficial, terrorismo oficial,
múltiples ganancias para instaurar la vigilancia y el miedo.
Apaga tu tele y sus programas para retrasados,
apaga tu tele antes de acabar alienado,
propaganda de miedo para una sumisión oficial,
metro, trabajo, cama, biometría y fichaje.
Los rebeldes se pudren en la cárcel,
noticias de desapariciones, marketing para que aceptes chips en el cuerpo,
tenemos que despertar, mañana será aún peor,
los muros se estrechan, hay cada vez menos espacio.
Despierta, nos han declarado la guerra...
Despierta, pueblo del mundo e hijo de la tierra...
Despierta, antes de llegar al punto de no retorno...
Necesitamos a todo el mundo, todo el mundo, todo el mundo...
Despierta, porque mañana será aún peor...
Despierta, antes que nos pongan chips en el cuerpo...
Despierta, todas nuestras vidas están en juego...
Despierta, des-pier-ta.
Esto apesta a injusticia y la tormenta está cerca,
pueblo alienado, políticas para embaucarnos,
terrorismo de estado muy conciso,
pueblo explotado, condenado a consumir lo que construye.
Prisiones a cielo abierto con crímenes y normas,
las fronteras son barricadas de la muerte.
Desconfía de las cámaras de seguridad, guardianes del desastre,
desconfía, porque las detenciones se converten en redadas.
Condenan al excluido, propagan la exclusión,
explotan a los más pobres antes de apretar "expulsion".
Hacen caza de niños, la policía en las escuelas,
los velos les molestan, no más policía en las escuelas.
Si estubiéramos unidos no podrían sembrar el caos,
no creemos en su justicia, creemos en la de Arriba,
hermano no pierdas la fé, tu que no crees,
te necesitamos, mi hermana, te necesitamos.
Despierta, nos han declarado la guerra...
Despierta, pueblo del mundo e hijo de la tierra...
Despierta, antes de llegar al punto de no retorno...
Necesitamos a todo el mundo, todo el mundo, todo el mundo...
Despierta, porque mañana será aún peor...
Despierta, antes que nos pongan chips en el cuerpo...
Despierta, todas nuestras vidas están en juego...
Despierta, des-pier-ta.
Esto apesta a injusticia y la tormenta ha comenzado,
antes del combate demasiados hermanos han renunciado,
Dime, ¿a que esperamos para construir sin ellos?
¿a que el sol desaparezca o a que sus ejércitos sean clones?
Energia nuclear saqueando la creacion,
proceso establecido de deshumanización,
mente saturada de bombardeo subliminal,
Los grandes medias pertenecen a fábricas de armas,
mira en que mundo vivimos,
el saber es un arma necesaria, o patentarán lo viviente.
La ciencia está al servicio del miedo
porque un virus es mejor que una guerra para exterminar a un pueblo.
No tengamos miedo, confiemos en nosotros mismos,
la vida está con nosotros, sí, la vida está con nosotros,
Mi hermano, mi hermana, estemos unidos,
si hemos de ir a morir juntos, ¡vayamos ahora!
Despierta, nos han declarado la guerra...
Despierta, pueblo del mundo e hijo de la tierra...
Despierta, antes de llegar al punto de no retorno...
Necesitamos a todo el mundo, todo el mundo, todo el mundo...
Despierta, porque mañana será aún peor...
Despierta, antes que nos pongan chips en el cuerpo...
Despierta, todas nuestras vidas están en juego...
Despierta, des-pier-ta.
No tengas miedo porque nosotros somos el mundo,
el sistema no es nada sin nosotros,
recuperemos el espacio público, nuestras calles, nuestros barrios,
No jodamos el sistema intentándolo destruir,
jodamosle construyendo sin él,
construyamos, retomemos nuestras vidas con nuestras manos,
porque las suyas están llenas de sangre,
Intercambiemos, todos tenemos algo para aportar al otro,
y no dejemos nuestras competencias a Babilonia,
démoslas a la resistencia que está en marcha,
formamos parte de la solución,
no olvidemos que somos el mundo,
incluso si tienen la cifra somos mas fuertes, tenemos el número:
¡Un pueblo unido jamás será vencido!
[1] "Reveillez-vous" del álbum Désobéissance (2008).
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martes, 24 de enero de 2012
"Déjà vu" en las plazas españolas
La realización de asambleas en Sol va a verse dificultada por las recientes órdenes de la Delegada de Gobierno de Madrid, con claras intenciones de disuadir a la ciudadanía a participar a tales eventos. Un derecho fundamental como la libre reunión pacífica no tendría que ser limitado de ningún modo, máxime teniendo en cuenta el comportamiento ejemplar demostrado durante todo este tiempo por los participantes en las asambleas realizadas.
No hace demasiados años la libertad de reunión en España era una quimera. Según las leyes de entonces, congregaciones de más de 20 personas sólo podían llevarse a cabo bajo permiso expreso del Gobernador Civil -equivalente al actual Delegado de Gobierno- aunque, en la práctica, grupos mucho menores eran sistemáticamente identificados y disueltos por la policía de entonces y, en la mayoría de las ocasiones, puestos en vigilancia por la Brigada Político-Social. Eran los años de la dictadura fascista dirigida por el General Franco, líder de un estado que intentaba controlar a la población civil en todas sus facetas. La libertad de reunión era entonces impensable.
No fue hasta la entrada en vigor de la Constitución Española de 1978 cuando el derecho a la libertad de reunión es doblemente reconocido: por una parte, el artículo 21 salvaguarda el “Derecho de reunión pacífica y sin armas sin necesidad de autorización previa”; por otra, el artículo 10, apartado 2, se adquiere a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo artículo 20 proclama la libertad de reunión y de asociación pacífica.
Las ya clásicas asambleas de ciudadanos, que periódicamente se llevan realizando a lo largo de la geografía española desde el 15 de mayo de 2011, son un ejemplo de ejercicio de este derecho fundamental. Numerosos grupos de personas reunidas en torno al ideal democrático, han demostrado una capacidad de autogestión y organización que más quisiera para sí más de un partido político, además de un incuestionable civismo y cuidado del entorno donde llevan a cabo sus actividades, dando un ejemplo que bien podría cundir en las celebraciones de muchos éxitos deportivos.
Aún así, durante la mañana del 22 de enero de 2012, varios agentes de la Policía Nacional se acercaron a las primeras personas que acudían a la plaza para celebrar la Asamblea General de Sol para pedirles su documentación e informarles que, a partir del próximo domingo, multarán a quienes acudan a las asambleas si no se comunica previamente a las autoridades su celebración[1].
Tal como explica la Comisión Legal Sol, con las leyes en la mano, la exigencia de realizar una comunicación de las asambleas a Delegación de Gobierno parece ser arbitraria y sin ningún fundamento:
El Tribunal Constitucional ha destacado que: “La obligación de comunicar, previamente, a la Autoridad gubernativa la realización de la manifestación es, por el contrario, tan sólo exigible con respecto a las reuniones «en lugares de tránsito público» (art. 21.2). En la actualidad dicha comunicación se rige por los artículos 8 y siguientes de la L.O. 9/1983, de 15 de julio, reguladora del derecho de reunión, de cuyo régimen interesa destacar. En primer lugar, que no se trata de interesar solicitud de autorización alguna (art. 3, L.O. 9/1983), pues el ejercicio de este derecho fundamental se impone por su eficacia inmediata y directa (arts. 9.1 y 10.1 C.E.), sin que pueda conceptuarse como un derecho de configuración legal -sino tan sólo de efectuar una declaración de ciencia o de conocimiento a fin de que la Autoridad administrativa pueda adoptar las medidas pertinentes para posibilitar tanto el ejercicio en libertad del derecho de los manifestantes como la protección de los derechos y bienes de la titularidad de terceros (…)” (STC 59/1990). En la misma sentencia afirma que: “El primero de los enunciados requisitos [que la reunión sea pacífica] es de inexcusable cumplimiento” (STC 59/1990) lo que, a contrario, no dice de la comunicación previa. En este caso, la interpretación de la ley conforme a la realidad social podría salvar el que no haya una notificación a la autoridad gubernativa, pero NUNCA puede alterarse el orden público ni poner en peligro personas o bienes.
Habida cuenta de que el movimiento 15M se define como pacífico, cosa que ha demostrado día a día en las sucesivas reuniones que se han ido llevando a cabo desde el surgimiento de los movimientos de indignación -tan leve ha sido el “ruido” que últimamente han podido producir estas asambleas que muchos medios tradicionales llevan anunciando desde hace unos pocos meses la muerte silenciosa del movimiento[2]-, no parece tener sentido este cambio de actitud por parte de las autoridades.
En cualquier caso, debido a las actuales órdenes de la Delegada de Gobierno en Madrid -quien paradójicamente se apoya en una restrictiva interpretación de las leyes anteriormente mencionadas-, los asistentes a las asambleas se enfrentan a amenazas de multa de hasta 30.050,62 € (en aplicación del artículo 23.c, Ley 1/1992, de 21 de febrero, sobre Protección de la Seguridad Ciudadana). La única explicación para esta medida parece la intención de conseguir un efecto disuasorio que erosione las asistencias a las asambleas que termine por debilitar al movimiento 15M.
Resulta incomprensible este afán en poner las cosas difíciles a un grupo de ciudadanos que no desean más que ejercer libremente un derecho fundamental reconocido tanto en la Constitución Española como en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La única explicación a tal actitud por parte de la Delegada de Gobierno -que posiblemente se vaya extendiendo al resto de la geografía del Estado- es el miedo a la naturaleza crítica de los movimientos de indignación quienes, a pesar de su aparente actual estado de latencia, han demostrado una importante capacidad organizativa y movilizadora, tal como se comprobó el pasado 15 de octubre.
La movilización pacífica, derecho también recogido en el artículo 21.1 de la Constitución Española, es el principal elemento de protesta de la ciudadanía frente a decisiones que puedan ser consideradas injustas. Al respecto habría que recuperar las declaraciones en plena campaña electoral -noviembre de 2011- de un miembro del partido ahora en el poder que vaticinaba que "Algunos, los que no se han quejado nunca hasta ahora, van a protestar mucho cuando el Gobierno diga todo lo que hay que hacer para sacar el país adelante"[3].
Todo parece indicar que se está poniendo el parche para contener futuras e inevitables protestas, fruto de las planeadas medidas que las autoridades saben lesivas para los intereses de la ciudadanía. Es lamentable que, para ello, nuestros representantes electos se hayan propuesto llevar al límite las leyes actuales a costa de hacer incluso peligrar derechos fundamentales.
[1] "Sobre el uso de la plaza, represión y multas / próxima AGSol: 29 de enero" en la página web de #Acampadasol.
[2] Véase, por ejemplo, esta editorial en Crónica de Aragón: "¿Dónde está el 15M?". 23 de enero de 2012.
[3] "Cospedal vaticina protestas 'cuando Rajoy diga lo que hay que hacer'". Público, 15/11/2011.
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