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viernes, 31 de octubre de 2014
Gracias de nuevo, Argentina
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miércoles, 2 de abril de 2014
50 años de silencio sobre el 23F
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domingo, 30 de marzo de 2014
Un régimen en proceso de derribo controlado
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domingo, 23 de marzo de 2014
Adolfo Suárez: la necrológica más necesaria para comprender eso que llamaron transición
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jueves, 28 de noviembre de 2013
Ana Botella, progreso y humanidad
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jueves, 19 de septiembre de 2013
Argentina imparte la justicia que España es incapaz de administrar
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miércoles, 21 de agosto de 2013
Los gestos ultras de los jóvenes del Partido Popular desde una perspectiva histórica
La reciente sucesión de imágenes de jóvenes dirigentes del Partido Popular realizando saludos fascistas o posando con simbología ultraderechista no pueden ser reducidas a chiquilladas, pues hay que recordar que militan en un partido cuyas raíces se hunden en la época franquista.
Rezaba un reciente titular de prensa que "la ultraderecha campa a sus anchas entre las juventudes del PP"[1], haciéndose eco de la reciente moda de algunos cargos de aquel partido a fotografiarse junto a símbolos del franquismo o a realizar saludos fascistas en público. Propios y extraños han mostrado su sorpresa ante conductas tan impropias en el contexto de un estado supuestamente moderno y democrático.
No obstante, extrañarse de tales comportamientos, que en otros países de nuestro entorno hubieran supuesto cuando menos la inhabilitación para el ejercicio de la política, es una demostración de la amnesia histórica que afecta a una parte de la población. Al fin y al cabo, se trata de jóvenes que muestran sus simpatías hacia los símbolos y la liturgia de la época, no tan lejana, en la que se gestó el partido que militan, una agrupación política que no podemos olvidar que fue fundada por un ministro del franquismo. Como afirmaba un comentario en las redes sociales, lo extraño hubiera sido ver a los cachorros del PP homenajeando a Malcolm X.
Desde el seno del PP tales acciones han sido disculpadas como "chiquilladas", haciendo inevitable evocar los "pecadillos de juventud" de José María Aznar, quien no olvidemos que antes de lucir mostacho presumía de ser falangista. Menos joven era Jaime Mayor Oreja, cuando afirmó que la situación durante el franquismo era de "extraordinaria placidez"[2], o el alcalde de Lugo -Manuel González, también popular-, quien aprovechó un pleno en su ayuntamiento para afirmar que "quienes fueron condenados a muerte" durante el régimen de Franco "sería porque lo merecían"[3].
Lo cierto es que tradicionalmente el Partido Popular ha sido reticente a apoyar iniciativas contra el franquismo. Ejemplos recientes de tal actitud son la negativa de los diputados populares a dedicar el 18 de julio a la condena de la dictadura franquista y a la memoria de las víctimas, o el veto del Grupo Popular Europeo a una exposición en la Eurocámara acerca de los horrores de la dictadura fascista que sufrió el pueblo español.
Un breve repaso a la historia de este partido permite comprender que el franquismo es parte de su génesis. Para ello hay que remontarse a 1973, año en el que un grupo de intelectuales y políticos relacionados con el régimen fundan el Gabinete de Orientación y Documentación S.A. (GODSA) con el objetivo de desarrollar las bases del llamado a ser uno de los dos actores del bipartidismo que dominaría la política española tras la muerte del dictador[4]. Manuel Fraga, ministro de Franco, sería el elegido para liderar el mencionado proyecto, que pasaría a llamarse Reforma Democrática, para luego evolucionar a Coalición Democrática y, más tarde, a Alianza Popular, refundada esta última en 1989 como el actual Partido Popular.
La existencia de ramalazos filo-franquistas a estas alturas del siglo XXI son consecuencia de una transición inacabada, a pesar de que los medios la hayan vendido a la ciudadanía como "modélica". Las recientes filtraciones de Wikileaks confirman una transición tutelada por potencias extranjeras, principalmente EEUU y la República Federal de Alemania, con el objetivo de asegurarse en España un estado lacayo integrado en la OTAN donde las bases militares americanas tuvieran continuidad. El papel de think-tanks como GODSA fue fundamental en el diseño de aquella transición, redactando un borrador para el discurso de coronación del rey Juan Carlos I o colaborando con el periodista Carlos Mendo para la fundación de El País, que llegaría a ser uno de los medios de comunicación más influyentes en España[5].
La transición también supuso el mantenimiento de los mismos poderes
hegemónicos
durante el franquismo -banca, patronal e Iglesia-, a los que se les
sumarían el gran capital estadounidense y europeo. Se trataba de unos poderes agradecidos a un régimen que les había permitido engordar sus fortunas[6], beneficiados por las redes clientelares tejidas durante la dictadura, algunas de las cuales serían precursoras de muchos de los actuales escándalos de corrupción. Todos deseaban una
España estable para que sus negocios e inversiones, fundamentalmente en
turismo y construcción, fuesen fructíferos, por lo que nada se preguntaría y los cambios políticos irían orientados hacia una homologación bajo mínimos con las democracias del entorno.
Se asimiló democracia con la posibilidad de votar a unos representantes
cada varios años, olvidándose que las conquistas sociales y los atisbos
de libertad en España se conquistaron gracias a las movilizaciones de
los trabajadores durante los últimos años del franquismo. Con el tiempo, la sociedad aceptó como normal formar parte de un Estado democrático donde el fascismo no fuese ilegal y sus símbolos fueron aceptados como una parte más del entorno en plazas, muros y fachadas de toda la geografía española. Así, los símbolos del franquismo no se tocaron. Tan sólo, con el paso
del tiempo, la presión social de los sectores más a la izquierda
llevaría a
Rodríguez Zapatero a firmar una tímida Ley de Memoria Histórica, muy
criticada desde el Partido Popular, que con el tiempo se demostraría
insuficiente.
Retomando el titular al que se hacía alusión al inicio de este artículo, la ultraderecha jamás ha dejado de campar a sus anchas en este país. No es normal que un país se acueste fascista una noche y amanezca demócrata en la mañana siguiente. En todo caso, por puro interés electoral, se disfrazó de centrista para disputar votos a la derecha socioliberal del PSOE -que a su vez mantendría la máscara del centro-izquierda para contentar a sus bases más progresistas-. No obstante, las contradicciones afloran en un partido destinado a concentrar un electorado que recorre prácticamente todo el espectro de la derecha, desde la más rancia nacional-católica hasta la neoconservadora. Por eso es incomprensible que no se hagan cumplir de inmediato los estatutos del Partido Popular, que establecen la expulsión para aquellos miembros que exhiban símbolos fascistas[7], a no ser que aceptemos que en los cuadros del partido aún dominan los herederos del régimen franquista.
[1] "La ultraderecha campa a sus anchas entre las juventudes del PP. La Sexta Noticias, 18 de agosto de 2013.
[2] "Mayor Oreja se niega a condenar el franquismo y Acebes evita desautorizarle". El País, 16 de octubre de 2007.
[3] "Un alcalde gallego del PP afirma que quienes fueron ejecutados por el franquismo "lo merecían"". Público, 5 de agosto de 2013.
[4] Barrachina, C. (2002): "Antecedentes de la reforma: las elites militares favorables a la reforma (1953-1976)" en El regreso a los cuarteles: militares y cambio político en España (1976-1981). RESDAL.
[5] Ibid.
[6] Navarro, V: "La Transición no fue modélica". Público, 9 de abril de 2009.
[7] "Exhibir símbolos fascistas supone la expulsión del PP, según sus estatutos ". Levante, 21 de agosto de 2013.
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viernes, 31 de mayo de 2013
Un gran pacto de Estado para salvar el caduco régimen de 1978
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martes, 21 de mayo de 2013
El decisivo voto de quienes quieren que todo siga "atado y bien atado"
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viernes, 3 de mayo de 2013
El pueblo confía cada vez menos en la Monarquía
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domingo, 14 de abril de 2013
La necesidad de un proceso constituyente hacia la III República
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lunes, 8 de abril de 2013
Un ciudadano hecho rey por la gracia de Kissinger
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miércoles, 3 de abril de 2013
Si la justicia fuera igual para todos, ¿se habría recurrido la imputación a la Infanta?
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domingo, 3 de marzo de 2013
Recordando a quienes fueron asesinados por orden de Fraga
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lunes, 24 de septiembre de 2012
25 de septiembre: el Congreso lleva ocupado desde hace mucho tiempo
Aunque la intención de "ocupar" el Congreso el 25 de septiembre es simbólica, reduciéndose a una acción pacífica consistente en rodear el edificio para demostrar el descontento de una creciente parte de la población con el déficit democrático actual y exigir -por ello- el inicio de un proceso constituyente, sí que podría afirmarse que el Congreso lleva tiempo ocupado por una mayoría para la cual la actual Constitución es papel mojado.
A pesar de la insensatez que supone interpretar literalmente el denominador de la iniciativa ciudadana para el 25 de septiembre, aún hay partes interesadas que prefieren obviar que "Ocupa el Congreso" es un guiño al movimiento Occupy Wall Street el cual, por su parte, aún sigue protagonizando las protestas contra el inmenso poder concentrado en las pocas manos que dominan los mercados allí presentes.
A pesar de la insensatez que supone interpretar literalmente el denominador de la iniciativa ciudadana para el 25 de septiembre, aún hay partes interesadas que prefieren obviar que "Ocupa el Congreso" es un guiño al movimiento Occupy Wall Street el cual, por su parte, aún sigue protagonizando las protestas contra el inmenso poder concentrado en las pocas manos que dominan los mercados allí presentes.
Tanto en los Estados Unidos como en España -y, por extensión, todo Occidente- la brecha entre los ricos y el resto de la población es cada vez mayor, al igual que la cuota de poder que ostentan los primeros. Esta situación se traduce en una cada vez más visible precarización de las condiciones de vida de la mayor parte de la ciudadanía. Las leyes son ahora, más que nunca, dictadas para el beneficio de esa minoría poderosa, sin importar que ello suponga el final de cualquier garantía de bienestar por parte de los Estados. Grecia o Portugal han sido los primeros laboratorios de esta contrarreforma ejecutada a nivel mundial contra las clases populares. Los resultados son palpables, a pesar de la fuerte censura mediática, en los que las movilizaciones en aquellos lugares son casi a diario como respuesta a la destrucción de derechos que se pensaban inamovibles.
Si la mayoría de las constituciones modernas declaran que las soberanías de sus respectivos estados residen en el pueblo, algo falla cuando la voz del pueblo queda silenciada ante las exigencias de los mercados. Desde el momento en que las políticas se realizan con el único propósito de satisfacer oscuros objetivos de déficit, relegando a la población a un último plano, la democracia está herida de muerte.
Definitivamente, se ha traspasado el límite de lo tolerable. Ante el miedo a un presente gris, el pánico a un futuro negro es suficiente argumento para que la sociedad vaya, poco a poco, despertando del shock de la crisis. Ante circunstancias de tal gravedad, la respuesta natural e histórica del pueblo ha sido la movilización. No es casual que, desde el 15 de mayo de 2011, la participación en las movilizaciones convocadas a lo largo del Estado español haya ido creciendo en número de manera casi constante.
Si bien, por cuestión de paralelismos con Wall Street, el objetivo de las protestas podría haber sido el Palacio de la Bolsa de Madrid, hay argumentos de sobra para plantarse frente al Congreso en un gesto, aún simbólico, de la determinación de un pueblo a no aceptar un destino planificado desde oscuros despachos de tecnócratas al servicio de la élite financiera. La destrucción del Estado del bienestar, de derechos sociales y económicos por parte de los últimos gobiernos de España han certificado el fin de aquel "consenso de 1978", la refutación de aquella "Transición modélica". La Constitución española ha pasado a ser un trozo de papel mojado a quien nadie presta atención ni, lo que es más grave, respeto. La gravedad de la situación actual es tal que el cumplimiento real de aquella Carta Magna, consensuada entre los remanentes del franquismo y las tímidas fuerzas democráticas emergentes[1], podría hoy en día calificarse de "revolucionario"[2]. Además de no cumplirse, ésta se modifica al gusto de los grandes poderes económicos con la connivencia de los dos grandes partidos políticos estatales -agosto de 2011-, sin realizar consulta alguna al pueblo.
Dudosa legitimidad queda a cualquier gobierno que no esté al servicio de los ciudadanos, de esa mayoría silenciosa a la que se restringe su capacidad de expresión al depósito de una papeleta cada varios años. Papeletas interpretadas por quienes acceden al poder como "cartas blancas" que les permiten hacer y deshacer a su antojo o, mejor dicho, al servicio de los intereses de los grandes poderes. Ante tal coyuntura no es descabellado afirmar que el Congreso se encuentra actualmente ocupado, desde hace bastante tiempo, por una mayoría que no está al servicio del pueblo.
De ahí que quizás la única opción para revertir la actual situación sea un 25S, o los que sean necesarios, para que el pueblo lleve a cabo un legítimo[3] y necesario ejercicio de libertad de expresión frente al Congreso, rodeándolo de manera pacífica con el objetivo último de forzar el inicio de un proceso constituyente, con todo lo que ello implica, que haga efectivo el artículo 1.2 de la actual Constitución, dejando en manos del pueblo, de una vez por todas, la soberanía nacional.
[1] Julio Anguita: "¿De qué constitución hablamos?". Mundo Obrero, 7 de febrero de 2012.
[2] "Julio Anguita: "Yo no pienso ir a ningunas elecciones"". Público, 21 de junio de 2012.
[3] "JpD acusa a la Delegación del Gobierno en Madrid de "criminalizar" el 25S y coartar "derechos fundamentales"". Informativos Telecinco, 22 de septiembre de 2012.
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domingo, 23 de septiembre de 2012
La soberanía viene del pueblo (lo reconoce la Constitución española de 1978)
Poco sentido tiene recordar a Santiago Carrillo por sus errores políticos. Es sensato y útil recordarlo como el símbolo, que fue en su día, de la lucha desde el exilio contra el régimen franquista, además de su papel fundamental para conseguir que la Constitución española de 1978 reconociese que la soberanía viene del pueblo.
Tras el fallecimiento de Santiago Carrillo no se ha hecho esperar la publicación de numerosos artículos en su memoria, que repasan diversas facetas de este personaje clave de la denominada Transición española. A pesar de lo controvertido de su currículo político, todos los escritos por parte de sus ex-compañeros de partido han recordado con respeto y sin rencores a quien un día luchó por la libertad y por ello tuvo que exiliarse. También ha habido amistosos epitafios por parte de quienes jamás guardaron alguna afinidad política con él. En cierto modo es algo normal y compatible con aquella españolísima norma no escrita por la que, una vez que alguien fallece, es el momento de hablar exclusivamente bien de su persona.
Tras el fallecimiento de Santiago Carrillo no se ha hecho esperar la publicación de numerosos artículos en su memoria, que repasan diversas facetas de este personaje clave de la denominada Transición española. A pesar de lo controvertido de su currículo político, todos los escritos por parte de sus ex-compañeros de partido han recordado con respeto y sin rencores a quien un día luchó por la libertad y por ello tuvo que exiliarse. También ha habido amistosos epitafios por parte de quienes jamás guardaron alguna afinidad política con él. En cierto modo es algo normal y compatible con aquella españolísima norma no escrita por la que, una vez que alguien fallece, es el momento de hablar exclusivamente bien de su persona.
Pero, como todo en esta vida, hay matices y de ello Vicenç Navarro da buena cuenta en un reciente artículo en el que sagazmente señala que el "paradójico (y predecible) homenaje que el establishment español está haciendo a su figura a la vez que ha hecho todo lo posible para que el proyecto que Carrillo representó desapareciera"[1]. Al hilo de aquella afirmación, conviene recordar a Lenin, quien ya avisaba que "en vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para 'consolar' y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola"[2].
Se puede afirmar categóricamente que Carrillo no fue en absoluto un revolucionario. En realidad, fueron sus maneras reformistas las que le grajearon ciertas antipatías entre la izquierda española y las que, a la postre, flaco favor hicieron al partido en el que tantos años militó. No obstante, fuera de hipocresías y de rencores, es justo reconocer las aportaciones positivas del político asturiano, convertido en símbolo de la España del exilio. No puede pasar al olvido el hecho de que hubo una España, aún con todos los defectos que pudiera tener, en la que el pueblo era soberano, en la que existía un proyecto de Estado moderno, de derecho, con garantías para todos, que fue bruscamente hecha añicos para transmutar en una pesadilla totalitaria de casi cuatro décadas de duración.
El Carrillo de aquellos años de brutal y represiva dictadura no puede diluirse, visto desde una perspectiva actual, en los posteriores errores de los que éste fue partícipe. Si bien fue unos de los padres de aquella Transición imperfecta, la de la desmemoria, la del paso de página para los cómplices del régimen represivo fascista, la del "todo atado y bien atado", conviene recordar que también llegó a ser uno de los símbolos de la resistencia a la opresión de la extrema derecha que gobernaba el Estado, la misma que represalió a miles de españoles.
Como advierte Vicenç Navarro, "vemos ahora cómo el establishment español intenta hacer suya la figura de Carrillo" para justificar aquella Transición -interesadamente calificada de "modélica"- de la que tanto unos pocos se han beneficiado. No obstante, es de justicia aceptar que Carrillo comprendiese que, en aquella época, vista la correlación de fuerzas, la Transición que hubo fuera la única y mejor posible. Al menos, como él mismo admitía, consiguió que la Constitución reconociera que la soberanía viene del pueblo.
Ahora más que nunca, viviendo en la zona cero de esta gran crisis que amenaza a los estándares de vida de la mayoría de la población española, es el momento de hacer efectiva esa soberanía para superar el sistema actual a base de luchar por un modelo de Estado más social, más plural, más justo, en definitiva, más democrático.
[1] Navarro, V. (2012): "Santiago Carrillo y la Transicion. Sistema, 21 de septiembre de 2012.
[2] Lenin, V.I. (1917): El Estado y la Revolución.
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