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jueves, 1 de enero de 2015

#FelizRevoluciónDemocrática2015

Transcripción del mensaje de Ada Colau para el entrante 2015, año en el que la revolución democrática es por fin posible. Un posibilidad que depende de cada uno de nosotros, de nuestra decisión, como en Matrix, de elegir la pastilla azul de la complacencia con los grandes poderes (y creernos los cuentos sobre una salida de la crisis mientras la realidad nos muestra una población cada vez más precarizada) o la roja de la libertad y la soberanía popular.
Este año que empieza, 2015, podemos hacer historia. Nosotros, la gente normal podemos ganar. Hace ya mucho tiempo que en todo el planeta millones de personas estamos denunciando que la situación es insostenible. Vivimos en un mundo cada vez más desigual e injusto, un mundo que todo lo mercantiliza donde si no tienes dinero no eres nadie, un mundo donde cada año mueren miles de niños de hambre a la vez que tiramos toneladas de comida a la basura, un mundo absurdo donde cada vez somos más gente y, sin embargo, cada día nos sentimos más solos.
Desde las élites nos quieren hacer creer que esto es lo que hay, que no hay alternativa. Hoy quien tiene poder, tiene mucho poder, y tiene un guión escrito. Según ese guión, hay una minoría destinada a ser cada vez más rica a costa de empobrecer a la mayoría de la población y sin embargo nosotros, la gente sencilla tenemos, un gran poder: y es que somos mayoría. Si nos lo creemos y nos organizamos, hay una revolución democrática en curso que es ya imparable. De hecho, en los últimos años, la ciudadanía ya va muy por delante de las instituciones. En España, en 2011 perdimos el miedo y salimos masivamente a la calle, desafiamos la versión oficial y les gritamos que no nos representan y que esto no es ninguna crisis, es una enorme estafa. Desde entonces, hemos demostrado que lo imposible podía ser posible, hemos demostrado que se pueden parar miles de desahucios, que se puede detener la privatización de la sanidad en Madrid o que se puede tumbar una ley machista como la Ley Gallardón.
Ahora empieza 2015, un año electoral, y tenemos el reto de demostrar que también se pueden ganar las instituciones. La primera cita serán las municipales de mayo de 2015, y en Barcelona, miles de personas nos hemos ilusionado con la posibilidad de ser punta de lanza de esta revolución democrática, una revolución que no pretende ser una simple toma del poder sino, ante todo y sobre todo, un cambio profundo de los valores imperantes. Podemos ganar y demostrar que las cosas se pueden hacer de otra manera. Frente a la lógica de la competitividad, la privatización y la especulación, queremos recuperar la ciudad para su gente, promoviendo la cooperación, la justicia social y la corresponsabilidad. Queremos acabar con la corrupción y con las malas prácticas en la política pero, sobre todo, queremos poner la vida y la dignidad de la gente en el centro de toda política pública. Para ello será necesario priorizar los objetivos por delante de las siglas y sumar al máximo número de gente posible con amplitud de miras, con valentía y con mucha generosidad.
Hemos descubierto que tenemos mucho más poder del que nos querían hacer creer. El miedo, por fin, ha cambiado de bando y ahora intentarán ridiculizarnos, criminalizarnos y censurarnos. Por ello, más que nunca, habrá que ser valientes y habrá que persistir por nosotros, por nuestro presente pero, sobre todo, por nuestros hijos y nuestras hijas. Estad atentos, cada uno desde donde esté, porque todo el mundo puede y debe ser protagonista.
Feliz revolución democrática 2015.

 

martes, 23 de diciembre de 2014

En Sol estaba Salomé

La imagen de la jornada

Fuente: Diagonal
En mundo no es sólo cosa de pequeños Nicolases y presidentes de plasma. Por fortuna para la mayoría, también hay héroes que luchan por cambiarlo, personas anónimas que lo arriesgan todo por plantar cara a la injusticia, a un orden establecido para beneficio de unos pocos, convirtiéndose en el corazón que bombea ilusión y espíritu de lucha, en la brújula que orienta esperanzas y ansias de cambio, en el necesario manual de acción y organización colectiva. Una de las grandezas del ya mítico 15M fue descubrirnos, prácticamente en cada plaza, la existencia de personas tan excepcionales. En Sol estaba Salomé.

viernes, 17 de enero de 2014

Una oportunidad para PODEMOS

La imagen de la jornada

Fuente: PODEMOS
En una situación de emergencia social como la que actualmente vivimos, el único camino posible para la izquierda pasa por canalizar el descontento generalizado con las políticas que las mayorías llevamos sufriendo. Desde esa perspectiva, la propuesta de Podemos ha de ser tenida en cuenta como instrumento de politización de aquella gran parte de la ciudadanía que se declara apolítica. Si este iniciativa sirve como revulsivo para que el espíritu de las mareas cívicas o el de los movimientos vecinales como Gamonal impregne al resto de la población, bienvenida sea.

lunes, 13 de mayo de 2013

Y sin embargo... el 15M se mueve

La imagen de la jornada


Fuente: La Voz del Pueblo
Llámese 15M o cualquiera de las mareas de colores que inundan España, lo cierto es que la ciudadanía continúa en el proceso de toma de conciencia, de un lento despertar frente a la injusticia de los recortes y la austeridad. Son ya dos años desde aquel despertar de una indignación general que ha de transformarse en la sana rebelión que revitalice nuestra malherida democracia. El futuro no está escrito, pero un pueblo que se mueve de seguro que lo tendrá más a su favor. Por lo pronto, las calles se siguen llenando de gente cuando se la convoca.

domingo, 5 de mayo de 2013

Sr. Rajoy, "si tiene alguna pregunta, estaremos encantados de responder sin pantallas de por medio"

La imagen de la jornada


Fuente: El Diario
La gran lección que nos está dando la PAH a través de sus iniciativas es que la defensa de los derechos básicos es clave para despertar a la ciudadanía. Gracias a ellos, la población española comienza a comprender que el derecho a la vivienda prima sobre el derecho a la propiedad privada, máxime en una situación de emergencia como la actual, con la población condenada a una galopante precariedad de la que no tiene visos de salida. Frente a la resignación de una mayoría, la PAH se presenta como elemento dinamizador, con argumentos y energías de sobra como para sobrevivir a las infamias vertidas en su contra desde los medios hostiles, aquellos postrados a los intereses del gran capital. Quienes atacan a la PAH con falsas acusaciones gratuitas se señalan como cómplices de la negación de un derecho fundamental. La lección que este movimiento social da hoy a toda la sociedad es que podemos y debemos exigir explicaciones a nuestros representantes electos, quienes tienen la obligación de dar respuestas, de dar la cara. Mariano Rajoy, si no quiere verse aún más desacreditado ante la opinión pública, tendrá que mover ficha y explicar a la ciudadanía, finalmente, "para quién gobierna".

viernes, 29 de marzo de 2013

En Portugal comienza a hablarse de revolución ("que se lixe a troika!")

La imagen de la jornada

Fuente: La Voz de Galicia
Aunque sea tímidamente, en Portugal comienza a hablarse de revolución. Es la consecuencia del hartazgo de un pueblo hacia las políticas de austeridad impuestas por la troika y cumplidas fielmente por el Gobierno portugués. Resulta significativo que los movimientos sociales lusos hayan comenzado a instalar talleres en Lisboa donde cuentan a los más jóvenes el Portugal de la dictadura, donde la pobreza y la falta de soberanía del pueblo comienza a ser comparable con la grave situación actual en la que "al Gobierno no le importa nada más que el déficit, los bancos y las grandes empresas".

lunes, 25 de marzo de 2013

Dimafa, que algo queda (estilo Cifuentes)

La imagen de la jornada

Fuente: El Diario
Difama, que algo queda. Se trata de una clásica táctica de la caverna política española, esa rancia camarilla al servicio de los grandes poderes fácticos que cree estar en posesión de la verdad absoluta. Por eso no dudan en atacar a quienes se les oponen con cualquier arma a su alcance: desde el uso extremo de los medios públicos a su alcance -policía, medios de comunicación...- hasta la distorsión de la realidad, llegando a alcanzar cotas insospechadas. Relacionar a un grupo de ciudadanos que lucha contra los desahucios, como el PAH, con un grupo terrorista sobrepasa ciertas líneas rojas inadmisibles en un estado democrático. Desgraciadamente, no pasará nada: la calumnia parece ser que sólo es punible cuando sale de la boca de los más humildes, aunque éstos digan la verdad.

viernes, 15 de febrero de 2013

El himno que entonase el pueblo portugués

La imagen de la jornada

Fuente: Público
La Revolución de los Claveles supuso el final de la larga dictadura de Salazar. Hoy, casi 40 años después, un grupo de ciudadanos interrumpieron una sesión en el Parlamento de Portugal entonando la canción "Grândola, Vila Morena", himno e icono de aquella revolución. Aquel acto simbólico ha de servir para recordarnos que, poco a poco, la ciudadanía comienza a tomar conciencia de que los estados de la periferia de Europa tienen más de dictadura que de democracia.

domingo, 10 de febrero de 2013

La semilla de un contrapoder

La imagen de la jornada

Fuente: Frente Cívico Somos Mayoría
El modelo de sociedad que nos reserva la Europa del capital se basa en la precariedad y la desprotección del ciudadano, con el consentimiento de unas instituciones sumisas a los grandes poderes financieros. La única opción que nos queda para evitarlo es la unión y la organización a base de crear conciencia y compromiso. Con tal propósito, el Frente Cívico Somos Mayoría se presenta como una herramienta por y para la ciudadanía que, día a día, avanza hacia la creación de una gran mayoría social que llegue a convertirse en un auténtico contrapoder.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Hoy día de los inocentes: no te olvides de Alfon

Mensaje en apoyo de Alfon, convertido a la fuerza en icono de la lucha de clases. Con los mejores deseos para su familia y amigos.

Parece mentira que cosas como éstas puedan estar ocurriendo en pleno siglo XXI. ¿No nos habían contado que aquellas historias sobre detenciones arbitrarias, presos políticos y oscuras represalias habían quedado atrás después de aquella ejemplar transición?

El asunto de Alfon hace pensar que quizás todo ha sido un gran engaño, una descomunal obra teatral de la que todos fuimos partícipes al mirar hacia otro lado, olvidando que las conquistas sociales se llevan a cabo -y se defienden- activamente en las calles, mediante la movilización pacífica, y no pasivamente desde el sofá mientras creemos todo lo que la televisión nos quiere contar.

Hasta que fue demasiado tarde y bruscamente comprobamos que a los trabajadores no nos queda más que el recuerdo de un espejismo en que el nos creímos ricos. Pero a diferencia de aquéllos -quienes a pesar de la crisis siguen enriqueciéndose[1]- de repente nos vimos sin los derechos más esenciales, injustamente arrastrados a aquellas grises épocas pasadas.

Como era de esperar, muchas personas tímidamente comenzaron a tomar conciencia de la gravedad de la situación que se iba presentando. No dudaron en salir a las calles, en reclamar una justicia social que, lamentablemente, se desvanecía de la noche a la mañana. La reacción de los grandes poderes sería implacable, insinuando así su peor rostro. De repente nos encontramos ante un mundo al revés donde se criminaliza la protesta, se culpa de la crisis a sus víctimas, se tacha de irresponsable a quien hace huelga[2]. Se asientan, en definitiva, las bases para repetir las peligrosas decisiones políticas que se llevaron a cabo en los años 30 del siglo pasado.

Evocando las épocas de las santas cruzadas, nuestros gobernantes tenían que encontrar un enemigo turco cuya cabeza colocar sobre una lanza, bien elevada, a vista de todos. La idea era fomentar el miedo, poderoso aliado de quienes pueden y saben ejercerlo, miedo a protestar, miedo a movilizarse. En el fondo, cualquier persona que participase en algún piquete informativo aquel día de Huelga General, o que simplemente estuviese en alguna de las manifestaciones convocadas aquella jornada, tiene la sensación de que bien podría estar en el lugar de Alfon[3].

Sin quererlo, Alfon se ha convertido en un icono de la lucha de clases, en mártir de la sinrazón y el abuso de una oligarquía que no admite discusión alguna. Es por ello que, más que nunca, este inmenso sector de la sociedad vituperado por los recortes ha de exigir la liberación sin cargos de Alfon[4] y el firme compromiso por parte de las autoridades de no volver a consentir montajes[5] contra quienes tan sólo defienden derechos fundamentales.


[1] "Los ricos son un 8,4% más ricos, pero el Gobierno prefiere los recortes a gravar a las grandes fortunas". El Plural, 23 de diciembre de 2012.
[2] "González dice que Madrid perdió un 0,5 por ciento de riqueza por abuso de huelgas y manifestaciones". El Diario, 27 de diciembre de 2012.
[3] ""El régimen penitenciario de 'Alfon' implica una tortura psicológica"". Público, 27 de diciembre de 2012.
[4] "Concentraciones de apoyo a Alfon en 30 ciudades". Diagonal Periódico, 28 de diciembre de 2012.
[5] "¡Alfon Libertad! Stop montajes policiales". Público, 21 de diciembre de 2012.

jueves, 15 de noviembre de 2012

El día después de la huelga general

Más allá de cualquier baile de cifras, la importancia de la huelga general de 14 de noviembre estriba en que ha sido la primera huelga de la historia que ha implicado a los trabajadores de varios estados de Europa que además, en el caso de España, ha sido organizada por los sindicatos de clase en conjunción con los movimientos sociales.

El día después de la huelga general tendría que ser el momento para la recapitulación de lo sucedido, una jornada para la reflexión de toda la sociedad. No se trata de buscar ganadores o perdedores, porque cuando llegan a darse las condiciones para que se convoque una huelga general es que la sociedad en su conjunto lleva perdido demasiado, más de lo que está dispuesta a aguantar. Las huelgas se convocan porque las cosas no funcionan. A pesar de la ceguera imperante en algunas capas de la sociedad, negar el drama de la miseria, el desempleo o los suicidios rozaría el cinismo.

De ninguna manera puede aceptarse que la reciente huelga general haya sido un fracaso, como algunos medios pretenden vender a la opinión pública. No se puede considerar un fracaso cuando, a pesar del miedo latente a las represalias patronales, muchísimos trabajadores han secundado la convocatoria. Es justo admitir que en estos momentos el derecho a huelga está, más que nunca, amenazado a convertirse en papel mojado en un entorno laboral donde muchos jefes y mandos intermedios, ya sea por cuestiones de filosofía empresarial o por una lamentable ambición personal de colocarse medallas frente a sus patronos, presionan a sus trabajadores para que renuncien a un derecho fundamental.

Lecturas positivas de esta jornada de huelga hay muchas; lo primero de todo, su motivación y origen. Es la primera huelga general de la historia en la que han participado trabajadores de varios estados europeos. Al contrario de lo que insisten algunos medios, no se ha tratado de una huelga de unos pocos izquierdistas contra la voluntad de un gobierno, el español, legitimado -sin discusión- por una mayoría absoluta. Se trata de un acto de protesta llevado a cabo por parte de cientos de miles de trabajadores de las zonas más castigadas de Europa[1] por la crisis, por los recortes, por la especial interpretación de la austeridad que hacen unos gobernantes lacayos del gran capital europeo. No hay que mirar tan sólo las incontables manifestaciones organizadas a lo largo de la geografía española o el resto de los países donde se convocó huelga, sino las que se produjeron en la Europa rica por parte de trabajadores solidarizados con sus compañeros del Sur. Porque ellos saben que, tarde o temprano, si no se hace nada al respecto también les llegará su turno

Por supuesto, de momento, el Gobierno poco o nada cambiará sus políticas de recortes tras la huelga[2]. No lo hará simplemente porque no gobierna, tan sólo obedece órdenes, porque el poder real ya no es del pueblo, ni siquiera de los políticos en el poder, sino de la deuda, o -mejor dicho- de los acreedores. Sin embargo, es erróneo aceptar que esta huelga no valdrá para nada. En el pasado han servido y, en estos momentos, aunque sea un proceso lento, también pueden haber cambios. Lo que jamás provocará cambios -al menos a mejor- es el inmovilismo, el conformismo, el borreguismo. La historia demuestra que el detalle más insignificante de protesta puede provocar avances. Recordemos, si no, la anécdota de los carritos de los supermercados y cómo, poco después, el Gobierno dio marcha atrás en su decisión de retirar la ayuda de los cuatrocientos euros[3].

Por eso la importancia de que esta huelga haya traspasado fronteras, que haya sido organizada no sólo por los sindicatos mayoritarios, sino por la mayoría de los sindicatos de clase de todo el Estado y, sobre todo, los movimientos sociales. A pesar de las manipulaciones de los medios, no se ha tratado de una huelga más sino de la más clara demostración de descontento por parte de una ciudadanía que empieza a creer en sí misma[4].

Sirva, a pequeña escala, la experiencia personal de quien escribe estas líneas, sorprendido por haber encontrado a personas manifestándose que jamás anteriormente se habían preocupado de estos temas. Porque esta crisis desgraciadamente ha hecho bajar de la nube, de forma traumática, a mucha gente. Ya no vale con sentirse parte de una clase media que, para mucho o para poco, tenía unos mínimos asegurados. La población es cada vez más consciente de que sólo hay dos clases: los de arriba, que lo tienen casi todo, y los de abajo, que apenas disfrutamos de nada. Y no puede olvidar que, quien toma conciencia de que no tiene nada que perder, rápidamente deja a un lado cualquier miedo.

Decía Goebbels que una mentira repetida mil veces se transforma en verdad. Es el único sentido que tiene repetir hasta la saciedad que las huelgas no sirven para nada. Sin embargo, detrás de aquella insistencia sólo se esconde el interés de un Gobierno cómplice de las grandes oligarquías financieras y empresariales que desea que las huelgas no tengan efecto. Sólo así puede entenderse que éste afronte la huelga general como un problema de orden público, que en vez de negociación ofrezca violencia de Estado gratuita contra manifestantes pacíficos, a quienes hiere y detiene[5] sin más sentido que el de fomentar un miedo irracional.

Quizás pronto regresen aquellos tiempos en los que quien decida ir a trabajar un día de huelga -sin presión de sus jefes-, tenga que inventarse de nuevo excusas creíbles; que se le caiga la cara de vergüenza por reconocer su insolidaridad; o, mejor aún, quien ayer presumía de ejercer su derecho a trabajar recuerde que esta huelga general se hizo por reclamar ese mismo derecho para los millones de ciudadanos europeos que se ven privados de un empleo digno, y sea consecuente.


[1] http://www.20minutos.es/noticia/1646885/0/huelga/europa/manifestaciones/
[2] http://www.eleconomista.es/publicidad/acierto/economia/noticias/4400675/11/12/el-gobierno-dice-que-mantendra-sus-politicas-tras-la-huelga-general-del-14n.html
[3] http://www.publico.es/espana/440996/rajoy-cede-a-las-presiones-y-prorroga-el-subsidio-de-400-euros
[4] http://www.eldiario.es/miradaalmundo/Wall-Street-Journal-Espana-importante_6_69353067.html
[5] http://www.que.es/ultimas-noticias/espana/201211141639-huelga-general-detenidos-cargas-policiales-cont.html

lunes, 17 de septiembre de 2012

15 de septiembre: ¿habrán pillado la "indirecta"?

Las movilizaciones en el Estado español parecen estar destinadas a incrementarse en número e intensidad según prosigan los recortes por parte del Gobierno. Las masivas manifestaciones del pasado 15 de septiembre son una demostración de que la ciudadanía comienza a perder la paciencia ante una situación que sólo puede conducir a la precariedad.

Por encima de cualquier cuestión de índole sindical o política, las movilizaciones del pasado 15 de septiembre indican que la ciudadanía está cabreada, y mucho. Con las barbas de los vecinos griegos y portugueses más que cortadas, parece inevitable que la historia se repita en las carnes de la mayoría de quienes habitan España. Se trata de la destrucción de un modo de vida que, a priori, parecía intocable, de la condena de una gran parte de la población a la precariedad, a niveles de vida inaceptables desde la perspectiva del, hasta ahora, denominado Primer Mundo.

La desaparición del Estado Social ha supuesto el brusco despertar para una mayoría ciudadana que se encontraba embriagada por el consumo y el crédito fácil, por el estilo de vida occidental, por la fe ciega en la Europa de los Pueblos, transmutada final y abiertamente en la Europa del Capital. La crisis ha sido la excusa para intensificar la destrucción de los cimientos de aquel bienestar común que la ciudadanía consideraba un derecho. Derecho gradualmente arrebatado a base de decretos presentados -y aceptados- como inevitables, así como condiciones necesarias para salir de la crisis. De este modo, la doctrina del shock ha sido aplicada a la perfección para la satisfacción de los mercados, los dioses del siglo XXI, cuya divinidad va pareja al poder del capital concentrado en las manos de unos pocos.

Incluso ante el estado de shock más profundo hay quien despierta. Una parte de la sociedad comienza a abandonar el estado de indolencia, fruto del bombardeo mediático a base de mercados, déficits y primas de riesgo, para unirse a aquéllos que nunca fueron indiferentes. El gran plan neoliberal, tan simple como propiciar el trasvase del poder real de las instituciones democráticas a los mercados o -mejor dicho- a los poseedores de los grandes capitales que controlan los mercados, comienza a encontrarse con la creciente oposición de la ciudadanía.

Es complicado saber qué ocurrirá a medio plazo, pero las movilizaciones amenazan con convertirse en una constante, como ocurre -a pesar del silencio mediático- en Grecia o Portugal. No en vano, en una reciente sesión en el Congreso ya se advirtió que "del miedo se pasa a la mala leche, y de la mala leche a la movilización"[1]. En cierto modo, una parte de la población se siente ultrajada ante la situación actual. Ya no se trata de indignación, aquella palabra mágica que tuvo sentido hace poco más de un año ante una ciudadanía narcotizada por la indiferencia, se trata de cabreo. Mucha gente de la calle vaticina que esto no va a acabar bien, que la situación acabará explotando por alguna parte[2].

El pasado 15 de septiembre supuso la demostración de que, ante todo, las movilizaciones seguirán creciendo en todo el Estado, al igual que el cabreo, la mala leche, de la ciudadanía. De momento, el sentimiento de muchos ciudadanos se reduce al malestar. Hasta ahora, los sindicatos mayoritarios, los principales agentes movilizadores han seguido cumpliendo su función reguladora del descontento de la clase trabajadora pero, ¿por cuanto tiempo? El gran capital no desea sindicatos de ningún color, por muy dóciles que éstos sean. Tarde o temprano éste pedirá abiertamente su neutralización. Por tanto, será cuestión de tiempo que aquéllos se politicen, se reciclen, recuperen su identidad de clase y las reivindicaciones vayan más allá de parar los recortes. Para aquel entonces ninguna fuerza sindical osará pedir que los recortes sean sometidos a referéndum[3], exigirán directamente políticas sociales justas y plantearán el camino a seguir para que aquello sea posible.

Es lo justo y lo legítimo. La propia Constitución Española vigente afirma en su artículo 1.2 que "la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado". Ante la actitud de la mayoría de los gobernantes de dar la espalda al pueblo, de gobernar al servicio de los poderes económicos y financieros, a la ciudadanía sólo le queda la opción de exigir la soberanía que jamás debió perder.


[1] "Joan Tardà a Montoro: "Va a haber movilizaciones y a usted se le va a congelar esa sonrisa"". Vozpópuli. 18 de julio de 2012.
[2] Véase a modo de ejemplo este blog: "Jugando con palabras: TENSIÓN".
[3] "La calle exige a Rajoy que someta a referéndum sus recortes". Público, 16 de septiembre de 2012.

sábado, 28 de julio de 2012

Desvaríos periodísticos contra un gaditano

Reproduzco a continuación un clarificador escrito del profesor Alfonso Galindo, una llamada a la libertad de pensamiento, al ejercicio del escepticismo y un toque de alerta contra las crecientes amenazas de manipulación a la ciudadanía, a la cual se ofrece cabezas de turco como elementos de distracción hacia los verdaderos problemas que desembocan de los duros momentos de crisis y recortes sociales que estamos viviendo.
El día 22 de julio de 2012 salió en el blog de Fernando Santiago una opinión que no tiene desperdicio, un párrafo envenenado que es necesario abrir y destripar para aislar el veneno. Este párrafo figura al pie de una foto de la manifestación multitudinaria del día 19. El autor del blog lamenta una actuación del juez Bermúdez de la audiencia nacional y, a tiempo de que se permite este alarde de libertad de expresión, propone el abucheo de una pancarta.

Ese mismo día de las grandes manifestaciones en toda España, contra la represión económica del gobierno actual, el ministro de Interior hizo un último intento de rescatar el terrorismo para que los españoles, como hicimos en épocas pasadas, nos podamos tragar la píldora de los recortes.

Pero esta vez no ha dado resultado. La única voz original en este caso ha sido la de Fernando Santiago. Toda su parrafada se podría haber sustituido por una frase: “que sepan los detentadores del poder que estoy de su lado, a toda costa”. ¿A qué costa? A costa de engañar a los lectores de su blog y, por extensión, a los del grupo editorial que lo aloja (Grupo Joly, Diario de Cádiz). Después de que el ministro anunciara que se ha cerrado un caso de hace 17 años, resulta que lo único que hay de novedoso son las detenciones. El juez Bermúdez ha tardado dos días en decretar la libertad para dos de los tres detenidos.

Pero a diferencia de otras épocas, la gente ya sabía que la operación era una cortina de humo y que las detenciones eran de relleno. Por eso, en la gran manifestación hubo una pancarta pidiendo la inmediata excarcelación y la gente no abucheó, sino que se fueron acercando para mostrar su apoyo; y nos fuimos relevando, casi nos peleábamos por sujetar la pancarta. Porque ya la gente no se traga estas operaciones fantasmagóricas, ni siquiera al leer los desvaríos de su blog.

El autor se extraña de que se haya conseguido el dinero de la fianza, pero nosotros, que conocemos al afectado y a su familia, sabemos que no está solo y se ha logrado conseguir 10.000 euros que han salido, lo vamos adelantando (por si Fernando Santiago ha querido sugerir otra cosa), de las rentas del trabajo de sus amigos y familiares.

Ya no valen esos métodos, la gente no está tan atontada y desarticulada y por eso, este blogger se ve obligado a mentir cuando habla de “las pruebas acumuladas por la guardia civil”. La Benemérita se ha limitado a cumplir órdenes. Las supuestas “pruebas” no son tales a criterio del juez de la Audiencia nacional, pero eso a Fernando Santiago se le hace “muy cuesta arriba”.

En lo único que le doy la razón es que “esto no debería dejar indiferente a nadie”. A nosotros lo que se nos ha hecho muy cuesta arriba, aparte de la fianza, es el disgusto innecesario que se le ha dado a la familia y a la gente de Cádiz. Ojalá que sus poderosos patrocinadores no le incluyan nunca en una lista de nombres y no le toque nunca lo que muchos inocentes han padecido, en razón de su activismo de izquierdas y con motivo de las estrategias mediáticas de un nefasto gobierno de la nación.

Lo que le faltaba al juez, a los gaditanos y al damnificado es que usted saque un panfleto sembrando la sospecha sobre una persona que puede acreditar su inocencia. Creo que lo correcto, en este caso, es denunciar el papel de medios de prensa y propaganda y la politizada familia de Publio Cordón, que, suplantando a la judicatura, sentencian de antemano a los inocentes, con tal de poder narcotizar a los sufridos lectores de este país.

Alfonso Galindo Lucas

miércoles, 18 de julio de 2012

18 de julio, ¡abajo el régimen!

Transcripción del vídeo titulado "18 de julio, ¡abajo el régimen!"[*], un magnífico alegato en defensa de la democracia, históricamente amenazada en España por quienes hoy actúan en nombre de los dioses mercados y ayer lo hacían para apoyar a aquella cruel dictadura; una magnífica herramienta para recordar que la democracia ha sido secuestrada a manos de una sucesión de regímenes que dan la espalda al pueblo, a quien ningunean y criminalizan cuando éste sale a las calles a reclamar justicia social:
El 18 de julio de 1936 la derecha española y los poderosos enseñaron su verdadero rostro. Muchos y muchas, la mayoria, no se dejaron intimidar por los asesinos y apretaron los dientes para enfrentar a muerte a los enemigos de la libertad. Pero la democracia fue entonces más débil que aquella alianza de banqueros y grandes propietarios, curas y criminales fascistas, militares cobardes y hombres de orden apoyados por  Alemania y por unos poderes europeos que temían más al pueblo español que a Franco. 
Tras casi 3 años de guerra se imponía un régimen sustentado sobre el crimen y la desigualdad, sobre el terror y la mediocridad, que entregó nuestro país a lo más repugnante de las élites económicas, políticas y religiosas. Fueron décadas de oscuridad, de retraso y de mentiras en las que el Régimen, a través del miedo y la incultura, trató de minar la conciencia de un pueblo que había sido el ejemplo para el Mundo en la defensa de la democracia y la justicia social. Pero no todo el mundo se dejo vencer por el miedo. Fueron cientos de miles quienes se enfrentaron a la dictadura. Gracias a ellas y a ellos, algunas libertades volvieron a nuestro país. Los hombres del régimen supieron cambiarse de chaqueta, a veces deben cambiar algunas cosas para que sigan mandando los mismos. 
Quisieron construir un país sin memoria, un país de cachondeo, de juerga, de corruptos y criminales, de nuevos ricos, de constructores y de sinvergüenzas. Con cientos de miles de demócratas asesinados en las cunetas, a los que se quiso matar por segunda vez. 
Hoy, la crisis nos recuerda a cada momento que el poder no es del pueblo, que siguen mandando los de arriba, y que la democracia sólo se gana combatiendo. Queremos que esos hombres de negro, de ayer y de hoy, sepan que estamos orgullosos de nuestros abuelos y abuelas, de nuestros padres y madres, porque nos han enseñado a amar la democracia y a odiar a los que la secuestran. 
Por eso hoy tomamos las plazas y las calles, para hacer frente a un régimen que rescata a los bancos mientras desahucia a las familias y criminaliza a los que luchan. No necesitamos que nadie nos recuerde que somos el enemigo: nos han enseñado a no tener miedo y vamos a tatuárselo en las entrañas.



[*] Vid. "18 de Julio, #AbajoElRégimen", producido por Izquierda Unida el 18 de julio de 2012.

viernes, 30 de marzo de 2012

Reconocer la derrota es el primer paso para volver a la lucha

Este artículo propone una reflexión en torno a la situación actual de la izquierda, derrotada por el gran capital, condenada al ostracismo, cuya denominación ha sido usurpada por partidos de corte neoliberal, lo cual desmoviliza y sume en la resignación a la clase trabajadora.

La primera entrega de una serie de artículos de Julio Anguita, a ser publicados en el diario Público, ha causado cierta conmoción en los círculos más progresistas de la sociedad española[1]. Acostumbrados como estamos a los análisis del excoordinador general de Izquierda Unida, perfectamente hilados y, como en ocasiones él mismo admite, orientados a hacer pensar a la gente; resulta inquietante que el artículo comience con el reconocimiento expreso de la derrota de la izquierda.

Muchos comentarios en la edición digital del artículo han identificado en las palabras del político andaluz cierto tono de rendición, de resignación a una realidad en la que el demonio neoliberal ha tomado posesión de una sociedad que ya no puede ser exorcizada. En definitiva, tan siquiera la mención de la posibilidad de derrota supone un golpe demasiado duro para ser aceptado por muchos de aquellos que han soñado con un mundo mejor, que han puesto sus energías en avanzar en los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad que, de repente, los mercados han decidido que han quedado desfasados.

Esta guerra perdida comenzó hace mucho tiempo, generaciones atrás, cuando hombres y mujeres tomaron conciencia de la necesidad de lucha para alcanzar plena justicia social. Se sucedieron revoluciones, se escribieron grandes obras que sostenían con argumentos la legitimidad de la clase obrera para alzarse contra el enemigo que la explota. Un enemigo sagaz, con recursos, a quien una vez tras otra se subestimó, que fue aprendiendo de cada movimiento obrero, que hizo cátedra del keynesianismo y del marxismo. Así cayeron la Comuna de París, la Constitución de Weimar, la imperfecta Unión Soviética; mientras a la incomprendida Cuba la miran con ojos de ave carroñera a la espera de que los hermanos Castro pasen a mejor vida.

Aquella aparente paz entre clases, que se creyó eterna, resultó ser una breve tregua necesaria a causa de la destrucción causada tras una gran guerra fratricida entre hermanos obreros que empuñaban armas fabricadas por las mismas multinacionales que hoy suministran a los ejércitos del mundo entero. El movimiento obrero de una parte privilegiada del planeta, descafeinado ante aquel periodo de calma, no fue capaz de comprender que los Derechos Humanos, declarados por aquel entonces, no fueron más que concesiones que algún día quedarían en papel mojado. Y ese día ha llegado.

La guerra de clases volvía silenciosamente a reactivarse mientras, ignorante a ello, la clase trabajadora del eufemísticamente llamado Primer Mundo, afectada por la fiebre del consumo fácil y el hipnotismo del circo mediático, no plantó resistencia. Dos no luchan si uno no quiere, por tanto lo que tendría que ser una contienda se redujo a masacre. Masacre de derechos, de sueños, de cualquier atisbo de Estado del Bienestar. Como bien dice Anguita, ahí yace la izquierda, dividida, rota, condenada a ser ignorada por utópica y decimonónica, como si la esclavitud que ahora nos quieren imponen los vencedores fuese algo moderno.

Y es que reconocer la derrota es el primer paso para comenzar la reconstrucción y emprender una nueva lucha. Ni siquiera el término izquierda ha sido respetado, vampirizado por terceras vías y personalismos deseosos de escaño que hicieron el juego sucio a los grandes poderes. Es patente la resignación de los trabajadores frente al poder omnímodo de la banca y los grandes empresarios. La clase trabajadora olvidó hace mucho tiempo que con una actitud pasiva no se consiguen avances sociales. Así, cuando hace dos décadas los expertos a sueldo de los hoy vencedores anunciaban en columnas de opinión que el Estado del Bienestar estaba condenado a ser inviable, lo lógico hubieran sido calles inundadas de trabajadores rechazando tan siquiera la insinuación de dar un paso atrás.

La lucha por el progreso social sólo tiene sentido si el pueblo desea ese cambio y se implica en su consecución. Para ello, la clase obrera ha de volver a encontrar su identidad fuera de todo tecnicismo, de toda terminología que la neolengua del neoliberalismo se ha encargado de desacreditar. La guerra de clases sólo podrá ser reemprendida cuando la voluntad de crear un frente común de los "de abajo" sea férrea. Aún quedan recientes los movimientos de indignación que explotaron en mayo de 2011 que, a pesar de sus imperfecciones, tuvieron la virtud de movilizar a una fracción de la población y ganarse momentáneamente la simpatía de la mayoría. Con mucho por mejorar en cuestiones organizativas, el latente peligro de manipulación por terceros y el continuo acoso del enemigo mediático, desde el momento en que supieron proponer ese frente común al que llamaron indignación, estos movimientos marcaron un camino a tener en cuenta.

Entender dónde estamos es el primer paso para encender la luz de la esperanza en un pueblo que, en su fuero interno, no desea vivir de rodillas. El reconocimiento de la derrota frente al gran capital permitirá romper la división entre los movimientos de izquierda actuales que, fusil ideológico al hombro, no pueden permitirse una guerra de guerrillas a la espalda de la ciudadanía. La unión hace la fuerza y los de abajo somos mayoría.


[1] Julio Anguita: "¿Dónde estamos?". Público, 26 de marzo de 2012.

sábado, 3 de marzo de 2012

A los de arriba les interesa la violencia

Las portadas mostradas por los principales periódicos de corte conservador el 1 de marzo de 2012 demuestran el interés del establishment mediático de satanizar cualquier tipo de movilización por parte de la clase trabajadora. Las conductas violentas de unos pocos, cuyo comportamiento nada tiene que ver con el sentir de las mayoría de los ciudadanos, se utilizan como argumento para desacreditar a los manifestantes, pasando a un segundo plano las reivindicaciones que les hicieron salir a las calles. 

Las movilizaciones llevadas a cabo el pasado 29 de febrero de 2012 contra los recortes sociales tuvieron inmediata respuesta por parte de los medios de comunicación de corte conservador. Al día siguiente, las portadas de los periódicos afines -la gran mayoría de los actualmente disponibles en los kioskos- mostraban imágenes de calles ardiendo como consecuencia de apocalípticos disturbios acontecidos durante las movilizaciones. Resulta lamentable el interés de aquellos medios de vincular el comportamiento violento de unos pocos con el sentido de las manifestaciones.

Ninguna de las portadas mencionaban los motivos que condujeron a decenas de miles de ciudadanos a salir a las calles. Tampoco mencionaban que las movilizaciones del 29 de febrero partían de la convocatoria a nivel continental de la Confederación Europea de Sindicatos (CES) para protestar contra las políticas de recortes y reformas estructurales que se están produciendo en toda la Unión Europea[1]. La denominada Jornada de Acción Europea surge como consecuencia de la preocupación generalizada entre los ciudadanos del continente ante una Unión Europea cada vez más alejada de la Europa de los Pueblos, cuyo único objetivo parece ser la defensa de los intereses de los grandes poderes concentrados en la banca privada y los grandes empresarios.

El caso de España es especialmente preocupante al respecto. La crisis ha servido como pretexto para acelerar el desmontaje del limitado estado del bienestar existente a base de continuos recortes en gasto social, privatizaciones y limitaciones en los derechos fundamentales. Si el derecho a una vivienda digna es inalcanzable para muchos, debido a la especulación inmobiliaria, o el derecho a un trabajo -digno o no- un sueño vano para millones de ciudadanos; otros derechos están en proyecto de ser coartados a golpe de ley. Recordemos la insistencia de ciertos grupos de presión, donde se encuentran los grandes empresarios, para limitar el ejercicio de la huelga[2]. Una limitación a este derecho fundamental, de llevarse a cabo, significaría en la práctica poner una mordaza a la clase trabajadora, privarla de su única herramienta efectiva de lucha y negociación. Si en la actualidad se están asentando las bases para coartar el derecho a la huelga, también se está haciendo, no con menos sutileza, lo propio hacia el derecho a manifestación, el instrumento último de la ciudadanía para demostrar su descontento hacia las políticas de quienes gobiernan.

Un sentimiento de decepción hacia la clase gobernante se acrecienta día a día tras comprobar cómo la sangría de recortes no sólo no se detiene, sino que amenaza a derechos que pensábamos intocables. Parte de la ciudadanía confió su voto a un partido político que se presentaba como alternativa a aquel que traicionó el "no os fallaré"[3]. La campaña, a cualquier costa, por parte de los medios de comunicación a favor del partido candidato, sumada a una serie de promesas por parte de aquél[4], ilusionaron a muchos ciudadanos con una pronta salida de la crisis y la reedición de un mitificado milagro económico de Aznar y Rato. La decepción no tardará mucho en convertirse en rabia cuando la dinámica de la precariedad y el desempleo no se detenga ante la ofensiva de los recortes anunciados y, sobre todo, de los no anunciados.

Las movilizaciones del 29 de febrero no fueron más que el primer aviso de una población que se ve con el agua al cuello, cuya confianza en la clase gobernante decrece día a día. El muro de contención del establishment mediático es cada vez menos efectivo. El circo sólo es eficiente cuando va acompañado de pan. Cinco millones de parados y ninguna perspectiva de mejora sólo garantizan aguas revueltas. Por desgracia, en aquellas aguas sólo pescan los de siempre. La CEOE ha conseguido imponer su soñada reforma laboral que deja al trabajador más desprotegido que nunca[5]; los sistemas públicos de sanidad y educación se encuentran bajo mínimos; en la práctica, la protección a las personas mayores -léase Ley de Dependencia- ha pasado a ser historia.

A pesar de los ecos de una prensa que abraza cada día más el amarillismo, las movilizaciones ciudadanas son pacíficas. El hecho de que grupos de descontrolados aprovechen las circunstancias para causar disturbios, la mayoría de las personas que deciden salir a las calles a exigir un cambio de dirección lo hacen con el único deseo de ser oídas. La gente es pacífica por naturaleza, de hecho aguanta lo inenarrable antes de decidir dar el paso a la protesta. Se trata de ciudadanos, padres y madres de familia, estudiantes, desempleados, gente preocupada por su futuro. La violencia no es una alternativa para los ciudadanos que deciden movilizarse, aunque habitualmente la encuentren frente a ellos a causa de gobernantes que deciden interpretar las leyes de la peor de las maneras para ordenar su disolución a base de cargas, como si nos retrotrajéramos al más gris de los pasados.

La violencia beneficia a los grandes poderes, pues vemos que los actos vandálicos de unas minorías se utilizan para desacreditar el esfuerzo de miles de ciudadanos que deciden salir a las calles legitimados por la necesidad de defender sus derechos. Los medios de comunicación al servicio de los grandes poderes insisten en meten en el mismo saco a manifestantes pacíficos y descontrolados violentos, es el modo más efectivo de conseguir el rechazo social por parte de la población que decide quedarse en sus casas y evitar así posibles adhesiones a una causa que afecta a todos. La prensa amarillista demostró una tremenda falta de ética al mezclar además violencia con partidismo, al sugerir una relación directa entre los manifestantes -identificados todos como violentos- con el anterior Gobierno, ahora en la oposición. Frases como "[manifestarse] para ganar en la calle lo que perdieron en las urnas"[6] demuestran la falta de sensibilidad democrática de quienes se supone que tendrían que informarnos en vez de manipularnos.

La ciudadanía no puede caer en la trampa mediática de creerse lo que dice la prensa; todos hemos de recordar que los ciudadanos que deciden salir a la calle a movilizarse lo hacen como recurso último ante un panorama desolador, en defensa de los derechos de la mayoría. Quizás mañana tenga que salir a protestar quien hoy se refugia en el calor de su hogar a la espera de que las cosas se arreglen por sí solas, pero nadie desea unir sus reivindicaciones a la de gente tachada como violenta. La violencia es, por tanto, el recurso de unos pocos que perjudica los intereses de la ciudadanía a quien la razón, en el marco de los derechos fundamentales, apoya. Cualquier atisbo de violencia será aprovechado por los medios, controlados desde los grandes poderes, para desacreditar cualquier movimiento ciudadano ante la opinión pública nacional e internacional; además de justificar agresiones por parte de las fuerzas antidisturbios, reduciéndolo todo a enfrentamientos entre policías y ciudadanos, trabajadores todos, mientras los poderosos sonríen complacidos desde sus seguras torres de marfil.


[1] "CCOO y UGT piden que el 29 de febrero se rechacen los ajustes europeos". El Economista, 24 de febrero de 2012.
[2] "La patronal pide restringir el derecho de huelga". Público, 16 de febrero de 2012.
[3] "No os fallaré". El País, 30 de agosto de 2010.
[4] Recopilación de promesas electorales del Partido Popular en el blog Escolar.net.
[5] "No es una reforma laboral; parece un ‘atraco’ masivo". El Plural, 11 de febrero de 2012.
[6] "El PSOE insiste en tomar la calle". El Imparcial, 29 de febrero de 2012.

viernes, 24 de febrero de 2012

Sombras de una época convulsa

Los incidentes acontecidos en Valencia han resultado un excelente instrumento para el Gobierno de España a la hora de distraer a la opinión pública ante la gravedad de la situación actual, donde la clase trabajadora ve cada día recortar sus derechos y endurecer sus condiciones laborales. Sólo la unidad de clase permitirá afrontar los continuos ataques de la oligarquía contra los intereses del pueblo.

Los sucesos de Valencia han supuesto un revulsivo para una sociedad demasiado acostumbrada al inmovilismo. La ciudadanía de todo el estado ha salido a la calle para protestar, pedir explicaciones, mostrar su indignación por actos de agresiones, vejaciones, abusos de autoridad realizados contra chicos de instituto y quienes fueron a apoyarlos[1]. En definitiva, lo que en las calles se empieza a conocer como libros y cuadernos contra porras.

La sociedad al respecto ha sido clara. La violencia es intolerable provenga de donde provenga, máxime cuando ésta es por parte de quienes tienen el deber de proteger a la ciudadanía. Estudiantes de instituto y universitarios, periodistas, políticos, ciudadanos corrientes, han comprobado que, cuando interesa a las autoridades, las leyes se pueden interpretar del modo más estricto para justificar órdenes que implican la vulneración de derechos fundamentales.

Más bien temprano que tarde, las aguas volverán a su cauce; quizás, siendo muy optimistas, habrá alguna dimisión; probablemente algunos de los detenidos queden libres sin cargos; desde las autoridades se suavizará lo ocurrido con el apoyo de la maquinaria mediática de los medios de comunicación afines; se darán algunas explicaciones, mayormente basadas en ambigüedades, que no satisfarán a nadie; habrá demagogia, mucha demagogia.

Pero la ciudadanía volverá a sus casas con la amarga sensación de saber que sus derechos están subordinados al arbitrio de unos cuantos gobernantes. A partir de ahora no olvidarán que unas simples órdenes dadas desde un cómodo despacho, alejado de la realidad de las calles, pueden significar horas de miedo y represión. Con un poco de suerte, el espíritu crítico se habrá despertado un poco más en esta población, cada vez menos adormecida, y comenzará a hacerse preguntas.

Mucha gente se preguntará porqué unos sí pueden cortar las calles -ya sea para hacer colas para comprar un nuevo iPhone, participar en jornadas de índole religioso o celebrar las victorias de su equipo de fútbol- pero, en cambio, cuando se trata de protestar por la falta de calefacción en las aulas de un instituto, la respuesta sean cargas policiales. También se preguntará por los costes de movilizar cuerpos antidisturbios de varias ciudades de España y habilitar helicópteros para controlar a las masas, seguramente muy superiores al precio de la calefacción que se ha negado a los estudiantes.

Pero quizás, el gran interrogante que surja entre la ciudadanía sea el motivo real de las cargas. ¿Realmente resultan tan molestos unas decenas de chicos apostados en unas calles por mucho que corten el tráfico?, ¿merece la pena erosionar la imagen de un cuerpo respetable como el de la Policía Nacional por un asunto así?, ¿acaso no pensaban que la población fuese a reaccionar indignada ante unas circunstancias tan graves?

Se ha pegado a gente, a personas de la calle, a jóvenes; se les ha insultado, vejado, arrestado, humillado. No se trata de rumores: hay cientos de grabaciones, fotos, partes médicos que corroboran los abusos. Las imágenes de lo ocurrido en Valencia han dado la vuelta al mundo[2], hecho que ya llegado a preocupar al propio Ministro de Interior quien, al respecto, ha dado órdenes a la policía de “restringir al máximo las intervenciones, aun a costa de aguantar hasta el límite posible incluso provocaciones”[3]. De esto último no es difícil deducir que, por una parte, el trato en la calle a los manifestantes depende de la repercusión internacional de las protestas y, por otra, el nivel de dureza y represión viene ordenado desde quienes nos gobiernan.

Si bien estos sucesos han supuesto una reacción por parte de un importante sector de la opinión pública y la movilización de miles de ciudadanos, también es cierto que han sido útiles para el Gobierno para distraer la atención de la opinión pública de asuntos como la polémica reforma laboral recientemente aprobada. Partiendo de la tesis de que nuestros gobernantes no son precisamente estúpidos sino que, muy al contrario, tienen estudiado cada paso que dan, no es descabellado pensar que esta situación haya podido ser instrumentalizada con el objetivo de poner en práctica la doctrina del shock que tan buen resultado ha dado a los discípulos del dogma neoliberal.

Planteemos por un momento la situación: un gobierno cuyo mandato, recién estrenado, comienza a ser puesto en duda incluso por algunos de quienes lo han votado por culpa de medidas tomadas como la reforma laboral que, tal como el propio Presidente reconoce, no reactivará la economía ni dará empleo a corto o medio plazo. Por otro lado, cuestiones que descontentan a mucha gente, como continuos recortes en la educación y la sanidad pública, comunidades autónomas al borde de la quiebra, el cese de un juez admirado por gran parte de la ciudadanía, casos de corrupción que salpican a las más altas esferas que, sin embargo parecen destinados a ser enterrados en el olvido. Por otro, la evidente falta de soberanía que delega las grandes decisiones a los designios de la gran oligarquía europea. Indicios todos de la degradación de la calidad democrática en el Estado Español. El fantasma de las movilizaciones masivas comenzaba a planear sobre el territorio patrio.

El exceso de celo con el que se inicialmente llevó el control de las movilizaciones emprendidas por grupos de estudiantes de instituto contra los recortes en educación fue la excusa perfecta para hacer una demostración de fuerza y, de camino, emplearla como maniobra de distracción de la opinión pública. Lo que podía haber sido una orden desde Delegación de Gobierno de evitar problemas y confrontaciones, y así calmar ánimos, se convirtió en otra de asedio al enemigo. El resto ya es historia. Cada actor hizo su papel a la perfección, incluido el jefe superior de Policía de la Comunidad Valenciana, quien echó más leña al fuego con sus desafortunadas declaraciones[4].

Vivimos épocas convulsas, momentos de crisis que se ceban con los derechos de los ciudadanos. No se trata de una simple crisis económica; nos encontramos ante una crisis de sistema, en la que los más poderosos practican un “sálvese quien pueda”, muy conscientes de que, en las circunstancias actuales, sólo pueden salvarse ellos. Hoy, más que nunca, se hace patente la división entre los “de arriba” y los “de abajo”. A más divididos estemos los “de abajo”, peor parados saldremos en esta contienda de la que no hacemos más que huir, pero que inevitablemente nos alcanza. Al respecto, hemos de tener todos muy claro que la clase trabajadora está compuesta por asalariados, autónomos y pequeños empresarios, es decir, los principales damnificados de esta crisis. Los agentes de policía son tan trabajadores como cualquier otro, de ahí que la sociedad esté en el derecho de exigirles que tomen conciencia de ello y actúen como tales. Aunque tengan la obligación de cumplir órdenes, también es cierto que tienen un reglamento y una ética que respetar. No vale, por difícil que sea, seguir a pies juntillas cualquier orden. Para quienes se reúnen en los despachos de los gobernadores y altas jerarquías, ellos sólo son números, carne de cañón a quien enfrentar contra la población. Desde el momento en que se les exige intervenir móviles con cámara u ocultar sus números de identificación, es razonable pensar que ese principio de transparencia y servicio a la ciudadanía va quedar anulado por órdenes de contundencia y desproporcionalidad.

Ningún ciudadano corriente, ninguno, va a salir a la calle a manifestarse por gusto. Al contrario, las personas aguantamos, toleramos mucho más de lo que sería deseable antes de reaccionar. Ése es el motivo por el que hemos llegado a la situación actual. Algunos de ustedes recordarán, hace unos 15 años, cuando en las columnas de opinión de los principales periódicos nacionales los economistas neoliberales hablaban de la necesidad de “limitar” el estado del bienestar. ¿Se imaginan ustedes cómo sería el presente si por aquel entonces los españoles hubiéramos invadido las calles como protesta ante tales declaraciones, que ahora comprobamos que fueron amenazas? La movilización es necesaria si realmente deseamos cambiar las cosas. Es una contradicción que los cuerpos de policía se conviertan en fuerzas de choque contra sus propios intereses como trabajadores. La obediencia debida es, en interés propio, un sinsentido.

Es por eso que, si definimos como “revolución” al hecho de detener esta sangría que nos están produciendo los “de arriba”, recordemos que históricamente las revoluciones sólo se consiguieron llevar a cabo con éxito cuando las fuerzas del orden se pusieron del lado del pueblo. A pesar de las amargas evidencias de la que ocurrió en Valencia, hay una esperanza. No hace mucho, tres agentes de policía dieron su vida por salvar a dos chicos que iban ahogando en las traicioneras aguas de Galicia. Dudo mucho que héroes como aquéllos hubieran protagonizado las tristes escenas vistas frente al instituto Lluis Vives.


[1] "Cumplimiento de la ley y abuso de autoridad en Valencia". El Confidencial, 22 de febrero de 2012.
[2] "Las imágenes de las protestas de Valencia dan la vuelta al mundo a través de medios internacionales e Internet". EuropaPress, 21 de febrero de 2012.
[3] "El Gobierno ordena no intervenir a la policía aunque haya “provocaciones”". El País, 23 de febrero de 2012.
[4] "El jefe de la Policía justifica las cargas contra los estudiantes en Valencia". Público, 23 de febrero de 2012.
[5] "Eslovaquia condecora a los tres policías ahogados en A Coruña al tratar de salvar a su compatriota". RTVE Noticias, 17 de febrero de 2012.

lunes, 20 de febrero de 2012

La democracia es definitivamente incompatible con el miedo

La movilización es el principal recurso que queda al ciudadano para demostrar su disconformidad con el rosario de recortes que lleva sufriendo con la excusa de salir de la crisis. Lo que tendría que ser un ejercicio de libertad de expresión es continuamente coartado por las intervenciones de los cuerpos antidisturbios, que reciben orden de los responsables políticos de emplearse con dureza. La instrumentalización de aquellos agentes policiales por parte de los grandes poderes socava el espíritu democrático y al propio estado de derecho. 

El 15 de mayo de 2011 supuso un despertar para una gran parte de la sociedad, una toma de conciencia de una problemática común por la que muchas personas estarían dispuestas a movilizarse. El fantasma del inmovilismo, el del “no hay nada que hacer” parecía haber sido momentáneamente superado. Para muchos ciudadanos suponía la primera vez que salían a las calles y se enfrentaban a la cruda realidad de un sistema que lo tiene todo muy bien atado y no permite réplicas.

Es cierto que de toda la vida ha habido movilizaciones, aunque éstas eran de carácter parcial, limitadas a los intereses de gremios o sectores industriales. Aquellas movilizaciones, habitualmente fruto de dolorosas reconversiones o despidos masivos, solían saldarse con enfrentamientos con las fuerzas del orden que eran presentados a la sociedad como algo anecdótico sin ninguna causa más que los disturbios en sí mismos. Así, los titulares típicos de aquellos sucesos se referían exclusivamente al hecho de los disturbios[1], olvidando la inevitable desesperación de padres de familia al ver peligrar el sustento de los suyos.

Hay que tener una cosa bien clara: los ciudadanos preferimos disfrutar de nuestra vida corriente, sin sobresaltos, a tener que salir a la calle a protestar. Pero cuando la deseada normalidad deja de ser tal, cuando los puestos de trabajo peligran, cuando los derechos se degradan, la movilización es la única herramienta que queda a la ciudadanía para restablecer aquella normalidad.

Las movilizaciones han sido, por desgracia, tradicionalmente frenadas en seco por las autoridades, quienes han dispuesto a los cuerpos antidisturbios como fuerza de disuasión y choque contra las aspiraciones de protesta de la ciudadanía. Los movimientos de indignación surgidos durante el año 2011, a pesar de su carácter pacífico, rápidamente se encontraron con la oposición de los gobernantes. La reacción de las autoridades, en muchos casos, supuso la negación de facto del derecho de expresión a una parte de la ciudadanía que reaccionaba en contra de una crisis en cuyo nombre se destruían derechos.

La ciudadanía, al menos en una parte significativa, comenzaba a pensar por sí misma y, sobre todo, a organizarse. El consecuente miedo de algunos gobernantes a una ciudadanía con criterio propio se tradujo en respuestas represivas que alcanzaron la mayor crudeza en los sucesos del 27 de mayo en la Plaza de Catalunya de Barcelona. Los medios de comunicación tradicionales, sobre todo los más escorados hacia tendencias conservadoras, orquestaron campañas mediáticas para lograr que el resto de la ciudadanía identificase a los movimientos de indignación con gente al margen de la sociedad. En cierto modo era más sencillo justificar cargas policiales contra ciudadanos deshumanizados por los medios. Pero la realidad nos mostraba a personas con gran sensibilidad social que se manifestaba pacíficamente para exigir un cambio en las reglas del juego que convierten al ciudadano en eterno perdedor; que además predicaban con el ejemplo, oponiéndose a desahucios, haciendo por crear lazos entre vecinos y conciudadanos en una sociedad habitualmente individualista, tomando siempre la movilización pacífica como norma. De hecho, un responsable de la policía llegó a declarar a la prensa que "la única buena noticia es que el 15M, que es un movimiento pacífico, ha capitalizado el descontento y ha dejado muy fuera de juego a los activistas violentos"[2].

Sin embargo, multitud de imágenes tomadas con las cámaras de los móviles mostraban a gente normal siendo golpeada, arrastrada, vejada por algunos agentes antidisturbios que se extralimitaban en sus funciones. La ONG Human Right Watch llegó a presentar un informe en el que afirmaba que “hubo informes creíbles que denunciaban el uso excesivo de la fuerza por la policía en las operaciones de dispersión en Madrid y en otras partes entre mayo y agosto”[3]. El cambio de gobierno en el estado español, en noviembre de 2011, ha implicado un endurecimiento de la actitud del Ministerio de Interior hacia los movimientos de indignación[4] y, por extensión, a cualquier acto de protesta hacia los recortes que el Gobierno pretende aplicar durante esta legislatura. Desgraciadamente, los sucesos acontecidos en Valencia en la segunda quincena de febrero de 2012 muestran un nada alentador panorama que promete más ciudadanos privados de su derecho a manifestarse y represión, mucha represión, cuyo objetivo es la radicalización de las protestas ciudadanas para justificar aún más represión. Un terrible círculo vicioso que llevará el miedo a una población en estado de shock.

Las imágenes de adolescentes golpeados, arrastrados, zarandeados[5], vejados por comentarios del tipo "no tienes cuerpo ni de puta"[6]. Jóvenes que protestan por las tercermundistas condiciones en las que se encuentran sus institutos, mientras en su Comunidad se ha derrochado el dinero en aeropuertos sin uso, suntuosos circuitos de velocidad y otras perlas. Es inconcebible que esto esté ocurriendo en una sociedad supuestamente avanzada como la española. Una ciudad entera solidarizada con sus jóvenes recibe cargas policiales y detenciones[7]. Hay gente herida[8] que es considerada "enemiga" por un alto cargo de la policía[9], mientras la sociedad valenciana sigue sin entender nada y el resto del estado se solidariza[10]. Mientras tanto, las autoridades miran hacia otro lado, como si nada pasara.

No podemos olvidar que la causa última de estos sucesos es la continua degradación de derechos y servicios públicos que comienzan a asfixiar a la ciudadanía. La protesta es la reacción natural y legítima de la sociedad, el único modo de hacerse oír cuando las autoridades parecen haber olvidado que su deber -teórico- es servir a los ciudadanos. La gente cada vez tiene más claro que la clase política que ostenta el poder está al servicio exclusivo de una oligarquía empresarial y bancaria para quienes los trabajadores son mera mercancía. La reciente reforma laboral es el ejemplo más claro, que condena a la indefensión a cualquier trabajador ante los caprichos del empresario ávido de dividendos[11].

Cuando los agentes antidisturbios salen armados con porra y escudo, salen a defender los intereses de aquellos grandes empresarios y banqueros, españoles y europeos, quienes hace tiempo que nos condenaron a la segunda división europea. Es comprensible que su trabajo sea velar por el orden y la seguridad, pero toda responsabilidad tiene unos límites. El insulto y la vejación, aunque se explique en las academias como elemento disuasorio, no tienen lugar frente a ciudadanos que tan sólo desean llevar una vida normal que se les niega porque los poderosos quienes serlo aún más. Todavía nos encontramos en un estado de derecho, por tanto su obligación es también la protección de los ciudadanos a los que golpean, porque aquéllos sí que están realmente indefensos ante el fantasma del desempleo y la precariedad. No cabe duda de que si a muchos de aquellos agentes se les diera la orden de detención a ciertos banqueros, lo harían con mucho gusto. Tampoco cabe duda de que basta con un par de energúmenos entre un grupo de buena gente para dañar el buen nombre de una institución como la Policía. Todos conocemos casos de compañeros de trabajo, sea cual sea nuestro trabajo, cuyo mal comportamiento disculpamos por puro compañerismo. Pero, en este caso, aquel corporativismo está consiguiendo que parte de la sociedad comience a ver a los cuerpos de seguridad como el enemigo, cuando lo justo sería verlos como trabajadores que también pagan sus impuestos, sufren recortes y llevan a sus hijos a los mismos institutos en los que faltan servicios básicos.

El enemigo real es el gran empresario y el banquero que dictan a los gobiernos los recortes a nuestra calidad de vida. El policía antidisturbios es, desgraciadamente, un peón en manos de aquéllos; los mismos que, cuando tienen oportunidad, satanizan al funcionario, los mismos que terminarán destruyendo el sistema de vida tal como hemos conocido. La democracia es incompatible con el miedo, por eso los gobernantes jamás estarán legitimados a ordenar a sus fuerzas de seguridad a reprimir, a asustar con porras y pelotas de goma, como hacen en la actualidad. No vale la excusa de cumplir órdenes si con ello se hiere a ciudadanos, pues con ello también se daña al estado de derecho y a la propia democracia. La buena salud de la democracia conlleva, por parte de las propias fuerzas del orden, la necesidad de una toma de conciencia de la realidad y su compromiso a renunciar a ser meros instrumentos en manos de aquellos grandes poderes que ningún ciudadano ha votado. La Constitución y los Derechos Humanos los legitima para ello.


[1] Tómese como ejemplo este titular de ABC del 2004 referente a unas movilizaciones en los Astilleros de Puerto Real (Cádiz). Obsérvese cómo no se mencionan para nada las causas que las produjeron: "Varios heridos en los disturbios en los astilleros de Cádiz". ABC, 4 de febrero de 2004.
[2] "Las policías se preparan para un auge de la crispación en la calle". El Periódico, 2 de octubre de 2011.
[3] "HRW: las denuncias de 'uso excesivo de la fuerza' de la Policía contra el 15M son 'creíbles'". EuropaPress, 22 de enero de 2012.
[4] "El ministro del Interior advierte a los indignados del 15M de que no dejará que tomen la calle". El Confidencial, 22 de diciembre de 2011.
[5] "La Policía vuelve a cargar contra los estudiantes en Valencia". Público, 20 de febrero de 2012.
[6] "Un agente a una de las jóvenes estudiantes: 'No tienes cuerpo ni de puta'". El Mundo, 17 de febrero de 2012.
[7] "Seis detenidos y nueve heridos por las protestas del IES Lluís Vives". Público, 17 de febrero de 2012.
[8] "'Tengo seis grapas y una brecha de siete centímetros por defender mis derechos'". Público, 19 de febrero de 2012.
[9] "La Policía aduce que se limitó a responder al 'enemigo'". Público, 20 de febrero de 2012.
[10] "'Hasta que la delegada no abandone su cargo, nosotros no abandonaremos las calles'". Público, 20 de febrero de 2012.
[11] "Jueces para la Democracia rechaza la reforma laboral por ser 'profundamente injusta'". Finanzas, 16 de febrero de 2012.

sábado, 18 de febrero de 2012

Carta abierta al Inspector Jefe de la Policía Nacional de Valencia

Se recomienda la lectura de esta carta abierta que reproduzco a continuación, dirigida al Inspector Jefe de la Policía Nacional de Valencia a raíz de las cargas policiales contra estudiantes de instituto producidas los días 15 y 16 de febrero de 2012.
Me gustaría hacer desde aquí un llamamiento a Manuel Castilla Oroz, Inspector Jefe y portavoz del cuerpo de Policía Nacional de Valencia. 
Sr. Castilla, lamento tener que dirigirme a usted en estas circunstancias, pero entiendo que usted es uno de los máximos responsables de lo que ha ocurrido durante dos jornadas consecutivas en el I.E.S. Lluís Vives de Valencia, en el que se manifestaban de forma pacífica en una de las calles aledañas al centro, un grupo de no más de 40 alumnos. Se quejaban de que no tenían calefacción, ni agua, ni electricidad. Se quejaban porque no podían ir a clase y aprender. Usted o alguien de los de su gremio, decidió que esto era una potencial amenaza y envió alrededor de 150 agentes de policía de la Unidad de Intervención Policial (antidisturbios). 
A última hora de la mañana, sus agentes de policía, sobre los que tendrá que responder, vieron la necesidad de arrestar, vejar, insultar, arrastrar, golpear, maltratar y herir gravemente a varios de esos alumnos, todos ellos adolescentes: ninguno contaba más de 18 años. También lo hicieron sobre aquellos abogados que, voluntariamente, se ofrecieron a defender sus derechos. 
Le tomaba por un hombre respetable, Sr. Castilla. ¿Cuál de todos esos policías que vemos en las imágenes se supone que es el que nos tiene que defender?¿Es usted?¿Y qué piensan sus hijos?¿Era necesario? 
El enfermero que escribe estas líneas Sr. Castilla es el mismo enfermero que le salvó la vida a su madre, Carmen, cuando estuvo apunto de morir hace dos años. Ella me contaba que usted también fue niño. Le daré un consejo: nunca olvide que está tratando con personas. Cuando asistí a su madre, yo no lo olvidé. Tampoco olvide, que la inocencia no se elimina con porras y pelotas de goma. No les quite la inocencia a esos niños que solo quieren aprender.


[1] Carta publicada en el blog Nacidos Para Perder.