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domingo, 14 de octubre de 2012

¿Para cuándo un Premio Ig Nobel de la Paz para la Unión Europea?

Este artículo plantea, desde la perspectiva de la Europa mediterránea, lo absurdo de conceder el Nobel de la Paz a la Unión Europea del neoliberalismo, artífice del crecimiento de la pobreza y las desigualdades sociales entre sus ciudadanos, que no duda en apoyar derrocamientos de gobiernos por la fuerza, como el reciente caso de Libia.

La revista de humor científico Annals of Improbable Research celebra cada año una ceremonia en la Universidad de Harvard donde se otorgan premios a los trabajos de investigación que, según los organizadores, "primero hacen reír a la gente, y luego le hacen pensar"[1]. Concebidos como una sátira a los prestigiosos premios Nobel, los premios Ig Nobel son una crítica velada la la trivialidad en el mundo de la ciencia, la técnica y las humanidades.

Si, tal como dispuso Alfred Nobel en su testamento, el Premio Nobel de la Paz se ha de otorgar "a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz"[2], cabría preguntarse si, vista la trayectoria de algunos de sus recientes ganadores, tendría sentido que, en su lugar, les hubiera sido concedido el Premio Ig Nobel de la Paz.

Un rápido repaso al currículo de algunos de los galardonados por el Comité Nobel Noruego lleva a pensar que la voluntad del filántropo de origen sueco ha sido quebrantada en numerosas ocasiones. Poco se puede decir a favor de aquel comité cuando políticos de corte belicista como Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson -promotores del imperialismo yanqui en América Latina[3]- o Henry Kissinger -quien, desde su posición de poder, antepuso oscuros intereses a los derechos humanos[4]- reciben el Nobel de la Paz. También habría que preguntarse por las aportaciones de Barack Obama o la Unión Europea para la consecución de un mundo más pacífico.

Descontando personas y asociaciones realmente merecedores del galardón, el Nobel de la Paz ha sido utilizado en demasiadas ocasiones como guiño político hacia los actores más importantes del panorama internacional en cada momento. El caso de Obama es claro cuando, siendo su único haber el lema "yes, we can!", le es otorgado el Nobel bajo la justificación oficial de que "sólo muy rara vez una persona tiene el mismo alcance que Obama ha tenido al capturar la atención del mundo y brindarle a su pueblo la esperanza de un futuro mejor"[5]. Argumento con muy poco peso frente al perentorio interés de Europa por recuperar la tradicional relación euroatlántica con los Estados Unidos vigente desde los tiempos de Truman hasta la salida de Bill Clinton de la Casa Blanca.

Aún más sorprendente la concesión del premio a la Unión Europea "por su contribución durante seis décadas al avance de la paz y la reconciliación, la democracia, y los derechos humanos en Europa"[6], justamente cuando la destrucción de derechos es más patente en los estados más débiles de la Unión. Poca democracia hay en una Europa construida casi exclusivamente por vía parlamentaria, a cuyo pueblo se le deja de escuchar desde el momento en el que muestra alguna oposición a los planes de construcción europea dictados desde los grandes poderes. Una Europa sometía a una oligarquía financiera, los famosos mercados a los que han de plegarse los gobernantes que deseen mantener su puesto. Un sueño roto de Europa de los Pueblos subvertido a la Europa del Capital a cuya ciudadanía se le impone una ideología, la neoliberal, sin otra elección.

La Unión Europea del control del déficit es la de los hombres de negro que supervisan las economías nacionales, sin importar compromisos electorales de los respectivos partidos en el poder; la de la troika que decide el futuro de millones de ciudadanos, a base de imponer recortes en gasto social; la de la destrucción del tejido público y el despido masivo de funcionarios; la de la condena a la precariedad a la Europa periférica.

También es la Unión Europea lacaya de la OTAN, cuyo secretario general se apresuró a aplaudir el Nobel de la Paz; la Europa que no dudó en bombardear parte de su territorio, los Balcanes, con tal de asegurar el Lebensraum de la Alemania por entonces recién unificada; la Unión Europea que mira a otro lado ante los abusos de Israel y Marruecos en Palestina y el Sahara respectivamente; la Unión Europea cómplice en la invasión de Afganistán y protagonista plena del derrocamiento de Gadafi, dirigente de una Libia cuya población disfrutaba, hasta entonces, del mejor índice de calidad de vida de toda África; la Unión Europea, por otra parte, indiscutible aliada de los regímenes totalitarios petrolíferos de Oriente Medio; la Unión Europea que irresponsablemente contribuye a empujar al pueblo sirio a una guerra civil. Paradójico resulta que se premie con el Nobel de la Paz a una Unión Europea con clara vocación militarista, que tan sólo garantiza la paz, como indica Jean-Luc Méchenlon, a "los mercados financieros, a los especuladores y a las utilidades bancarias"[7].

El término Ig Nobel proviene de un juego fonético con la palabra inglesa ignoble, que se traduce como "innoble", el vocablo más apropiado para describir el principal motivo que hay detrás de la concesión de Nobel de la Paz a la Unión Europea, que parece corresponder a la necesidad de encubrir el terrible proceso de transformación antidemocrático en que se encuentra sumido la Europa del capital, la Europa que sólo obedece a los mercados.


[1] Cit. en "Premio Ig Nobel". Wikipedia. La Enciclopedia Libre.
[2] Cit. en "Premio Nobel de la Paz". Wikipedia. La Enciclopedia Libre.
[3] Theodore Roosevelt es recordado por aplicar la militarista "diplomacia del garrote" para someter al dominio estadounidense a parte del Caribe y Centroamérica. Por su parte, Wilson intervino militarmente en México, Haití, Cuba, Panamá, República Dominicana y Nicaragua en virtud de su "diplomacia de las cañoneras".
[4] "Henry Kissinger, retrato de un asesino". El Correo de la Diáspora Latinoamericana, 17 de enero de 2005.
[5] Cit. en "Anexo: Ganadores del Premio Nobel de la Paz". Wikipedia. La Enciclopedia Libre.
[6] Ibid.
[7] "Nobel de la Paz a la UE, un premio de humor negro". HispanTV, 12 de octubre de 2012.

martes, 12 de junio de 2012

Sectores estratégicos: el programa electoral de Syriza y su extrapolación al Estado español

Este artículo continúa el recorrido por el programa electoral de Syriza para las elecciones de junio de 2012 en Grecia, centrándose en esta ocasión en las propuestas relacionadas con la gestión de los sectores estratégicos, analizando asimismo la posibilidad de su extrapolación a la realidad española.

Si en artículos anteriores se revisaron las propuestas relacionadas con la deuda pública, la política fiscal o las fuerzas de seguridad y defensa del estado, en éste se analizarán las políticas relacionadas con la gestión de los sectores estratégicos de las finanzas, la industria y la energía propuestas por Syriza en su programa electoral[1]. Como ejercicio de política-ficción, se planteará la posibilidad de su extrapolación al Estado español.

Nacionalización de los bancos.

La ausencia de una banca pública ha supuesto un desastre para la economía española en estos tiempos de crisis. No quedan lejanas las súplicas del ex-presidente Rodríguez Zapatero a la banca privada para que hiciera fluir el crédito[2]. No deja de ser una situación chocante, pues la función de un gobierno es legislar para el bien común y no hacer súplicas. La inexistencia de una banca pública lleva a situaciones tan bochornosas como aquélla, que sigue repitiéndose en nuestros días[3].

Efectivamente, la falta de crédito por parte de la banca privada ha sido uno de los agravantes de la crisis que sufren, principalmente, trabajadores y pequeñas empresas. Esto es así porque la banca privada no opera con la misma lógica que lo haría la banca pública, pues el objetivo de la primera es la maximización de beneficios a corto plazo y éstos se encuentran en los mercados financieros, no en la concesión de créditos a nivel doméstico. La banca pública, sin embargo, al estar libre de cualquier criterio cortoplacista impuesto por accionistas privados, puede suministrar el necesario crédito a quienes lo necesiten, dentro de criterios exclusivamente sociales[4].

No se puede olvidar que la presente crisis es principalmente fruto de la especulación a nivel financiero, la cual aun inaceptable, es intrínseca a la lógica de la banca privada. El modo más eficiente de contrarrestar la deriva de la banca privada hacia cualquier movimiento especulativo es con la existencia de una banca pública permanente -no vale aquello de nacionalizar un banco con pérdidas para luego venderlo cuando vuelva al camino de la rentabilidad (véase el caso de Bankia)-, cuya gestión esté perfectamente definida -y supervisada por los poderes democráticos- para evitar lacras como enchufismos, utilización para intereses partidistas o de oligarquías regionales, principales acusaciones a las cajas de ahorros que los dogmáticos del neoliberalismo utilizan para defender la gestión exclusivamente privada de cualquier entidad financiera.

Las evidencias demuestran que la banca privada está al servicio de unos pocos, quienes -como es natural- pensarán en sus intereses particulares, que los llevarán no sólo a rozar la ilegalidad en algunos casos[5], sino a convertirse en un lobby que fuerce leyes a su favor[6]. No es difícil llegar a la conclusión de que, si la circulación de dinero en un estado depende exclusivamente de entidades privadas, éstas tienen el poder de someter al Gobierno al chantaje de un "corralito".

La crítica situación de los estados en situación de rescate de la Unión Europea, condenados a sostener sus respectivos bancos privados -que en época de bonanza se endeudaron con la banca alemana-, hace necesario el planteamiento de un cambio de rumbo como el que propone Syriza. El círculo vicioso de endeudar a los estados satélite de Alemania para rescatar a sus respectivas bancas privadas, todo a costa del nivel de vida de sus ciudadanos, ha de romperse. La creación de una banca pública es el primer paso para ello. Es cuestión de soberanía.

Nacionalizar las antiguas empresas públicas de sectores estratégicos para el crecimiento del país (ferrocarriles, aeropuertos, correos, agua…).

La construcción de la Unión Europea se ha hecho según los dictados de la ideología neoliberal. Los sectores estratégicos de la mayoría de los estados del continente, habitualmente de capital público durante los años de vigencia del Estado del Bienestar, han pasado a ser privatizados. La principal excusa mediática para justificar tales privatizaciones se ha basado en el repetido argumento de la ineficiencia de lo público en la gestión empresarial.

La realidad es que las primeras compañías en ser privatizadas fueron las que presentaban mayor rentabilidad, por lo que las dudas acerca de su gestión quedarían en entredicho. En el caso de España, compañías con beneficios como Telefónica, Tabacalera, Repsol, Gas Natural y Endesa, entre otras, fueron privatizadas, mientras que otras empresas públicas no rentables eran directamente desmanteladas. La venta de las empresas públicas, aunque supusiera un ingreso momentáneo de capital para el Estado, en realidad implicó el corte de un flujo continuo de liquidez que, hasta entonces, entraba en las arcas estatales a través de los beneficios obtenidos.

Desde una perspectiva más allá de lo meramente financiero, la venta de las empresas públicas implica la cesión a manos privadas un capital intelectual que, consecuentemente, deja de estar en manos del Estado. De nuevo nos encontramos ante una cuestión de soberanía: conocimientos y tecnologías, patrimonios hasta entonces públicos, son transferidos a empresas privadas.

Nuevamente, hay que recordar que la razón de ser de cualquier empresa privada es la maximización de beneficios y no la prestación del servicio en sí mismo. Una implicación de que los sectores estratégicos se encuentren en manos privadas es la falta de control sobre los servicios proporcionados por aquéllos. Consecuencia de esto es que, donde no sea rentable ofrecer un servicio, la compañía privada se negará a darlo.

Apostar por las energías renovables y por la protección del medio ambiente.

Estados con reducida producción de petróleo como España han de aportar fuertemente por las renovables como vía para reducir su dependencia energética de terceros países. Desgraciadamente, el camino tomado por España es el inverso[7]. El liderazgo en producción de renovables se está perdiendo principalmente a causa de las presiones de los lobbies del gas, del petróleo, del carbón o de la energía nuclear[8].

La necesidad de proteger el medio ambiente ya no es un simple tópico de obligada inclusión en cualquier programa electoral que se precie, es una apuesta imprescindible y sincera que ha de llevarse a cabo con urgencia extrema ante la situación climática y ambiental que se presenta a corto plazo. La Unión Europea ha de convertirse en el abanderado contra el cambio climático, convirtiéndose en contrapeso de los grandes intereses que obstaculizan la aplicación de protocolos conservacionistas, como el de Kioto. A nivel doméstico, la protección ambiental ha de contemplarse como un factor de creación de nuevos puestos de trabajo. La protección, conservación y restauración de bosques, acuíferos naturales, ríos y costas necesita de la conjunción de personal especializado y tecnologías específicas que, bajo la correcta tutela de las administraciones públicas, conllevarían el liderazgo de España en materia medioambiental.

***

Bajo las tres propuestas enumeradas en este artículo subyace el común denominador de la soberanía de los estados. Las finanzas de Grecia y España se encuentran bajo la tutela del Gobierno alemán. Los bancos privados de ambos estados, endeudados con sus homólogos alemanes, estrangulan las respectivas economías nacionales. En la cuestión industrial, energética o tecnológica la cuestión no es muy distinta. La entrada de ambos estados en el Unión Europeo supuso un importante flujo de ayudar para el desarrollo que, como contrapartida, implicaba la reconversión de las industrias nacionales, su privatización y, por último, su adaptación a las necesidades de Berlín. Incluso el trono del liderazgo perdido en energías renovables acaba de pasar a Alemania[9].


[1] Disponible en la web oficial de ΣΥ.ΡΙΖ.Α. (Syriza) y traducido al castellano en "El programa de la izquierda radical griega".
[2] "Zapatero pide un "esfuerzo adicional" a la banca en la concesión de créditos". Heraldo de Aragón, 2 de febrero de 2009.
[3] "Rajoy pide a la banca que facilite créditos a familias y emprendedores". La Vanguardia, 6 de marzo de 2012.
[4] Alberto Garzón: "Banca pública, Bankia, especulación y banco malo". 9 de mayo de 2012.
[5] "Botín seguirá 'bajo sospecha' fiscal durante años, según los inspectores de Hacienda". El Confidencial, 7 de febrero de 2012.
[6] Vicenç Navarro: "La influencia política y corruptora de la banca en las “soluciones” a la crisis". Sistema, 20 de noviembre de 2009.
[7] "“España dejará de ser líder en energía eólica” resaltan medios de Alemania y Polonia". RadioCable, 7 de Febrero de 2012.
[8] "Alemania, España y la nueva arquitectura energética". Energium, 8 de agosto de 2011.
[9] Ibid.

martes, 14 de febrero de 2012

De España a Españistán

Este artículo es un ejercicio de crítica constructiva a una ciudadanía inteligente, bien preparada, que aún así rehuye a pensar por sí misma, lo que la hace manejable a manos de una élite que, con la excusa de la crisis, no hace más que recortar derechos e incrementar el déficit democrático que minimiza la soberanía del pueblo. 

Gran parte de la población española vive atenazada ante la dureza de estos tiempos de crisis, sumida en la indolencia, en un estéril inmovilismo a la espera de que otros les solucionen los problemas, resignada a asumir injustos cambios a sabiendas de que no harán más que agravar su situación. Esto sólo puede ser posible como consecuencia de un sutil trabajo de reeducación y enajenación de masas que nos ha convertido en mercancía en manos de los grandes poderes.

Tal nivel de resignación no se puede justificar exclusivamente con la profusión de ligas de las estrellas, programas del corazón, y demás inmundicia rosa, que alienan a una parte de la población que ha elegido dar la espalda a la realidad. Es triste recordar que una copa del mundo, ganada por una veintena de multimillonarios cuyas primas fueron declaradas en Sudáfrica para tributar menos impuestos[1], tuviese mayor capacidad de convocatoria de gente en calles y plazas que las protestas contra las duras reformas que van aprobando en este estado. Es el pueblo arrodillado, agarrado al clavo ardiendo del circo a la espera que el pan venga por la gracia de los que más tienen. Se trata de la mentalidad del esclavo, la que nos hace sumisos, conformistas, acríticos, borregos.

El gran problema de esta sociedad, la causa principal del inmovilismo aquí expuesto, es su grave déficit democrático, con profundas raíces históricas, que nos hace ignorar la esencia de la democracia y el estado de derecho, minusvalorar lo público, el poder de lo colectivo, la importancia de defender nuestros derechos. En un estado democrático, la soberanía es del pueblo. Los gobernantes han de realizar su trabajo por y para la ciudadanía. Sin embargo, cuando un presidente de gobierno se reune con los grandes empresarios para consultarles la salida de la crisis[2], cuando nuestros representantes en el Gobierno y oposición ceden a las presiones de otros estados para que reformemos nuestra Constitución[3], cuando la primera tarea de un presidente recién elegido consiste en consultar sus políticas con la canciller de Alemania[4], se demuestra que la soberanía no reside en el pueblo, ni siquiera en sus gobernantes; cuando se presume de una dura reforma laboral ante ministros cuyos países tienen estándares de vida que jamás hemos soñado aquí[5], se demuestra que no se gobierna para la mayoría de los ciudadanos.

Vivimos en un mar de medias verdades y falacias. Se ha aceptado que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, hemos asumido y magnificado nuestra parte de culpa de la crisis actual. Así, señalamos sin rubor al post-adolescente que dejó a medias sus estudios de bachillerato para trabajar de peón de albañil y dedicar su sueldo a la compra de un BMW que ahora no puede seguir pagando. Culpamos a cualquier trabajador a quien un banco le concedió una hipoteca, sin traba alguna, y ahora se queda sin su vivienda. Aplaudimos en su día la llegada del euro, aunque a los pocos días de su existencia los precios de los productos básicos se multiplicasen sin más justificación que la del vil redondeo. Llegamos a sentirnos europeos porque la Seat era comprada por Volkswagen y se abrían supermercados franceses y alemanes en cada barrio. Aplaudimos el Tratado de Maastricht sin saber de qué iba, sólo porque lo apoyaban nuestros políticos del bipartidismo. Votamos “sí” a la Constitución Europea seducidos por una campaña publicitaria protagonizada por Los Morancos y otros famosos contratados para captar votos a favor[6].

Duele decirlo, pero parece que hemos tocado fondo y vamos a tardar en volver a flotar mientras no cambiemos de actitud. Hemos tocado fondo porque hemos sido conducidos, sin resistencia, a una situación que puede tornarse tan grave como la que hoy se vive en Grecia. Hemos tocado tocado fondo porque nos encontramos en un estado desindustrializado, sin capacidad de producir ni de consumir, destinado a convertirse en el hogar del pensionista del jubilado alemán, condenando a gran parte de los jóvenes a trabajar al servicio de turistas procedentes de los países desde donde se pide a nuestros gobernantes que nos bajen los salarios. Hemos tocado fondo cuando en plena crisis no somos capaces de reaccionar ante todo lo que se nos presenta. 

Puede que para la Europa rica esto ya no sea España sino Españistán. Al fin y al cabo, sin suliteza alguna, nos incluyeron en el club de los PIGS (“cerdos” en inglés), lo que ha venido a significar un total sometimiento a políticas de ajustes, recortes y una mal llamada austeridad para asegurar la devolución de la deuda nacional a los bancos, especialmente alemanes y franceses. Mientras tanto, gran parte de la población asume que hay que devolver esa deuda sin plantearse si es justa o no, ni quienes la causaron.

Españistán es la suma de los dos Españas en que se divide un gran sector de la ciudadanía cuando se trata de justificar las desgracias que nos ocurren. Asi, una gran parte de la población culpa de la situación actual a los políticos, normalmente a los del bando contrario al que confiaron su voto; porque simpatizar con una agrupación política o con otra se ha convertido en seña de identidad, puro forofismo, como la eterna pugna entre los hinchas del Madrid y del Barça. Otros, los menos, los culpan a todos sin distinción, metiendo en el mismo saco a los políticos del bipartidismo, a los de los partidos minoritarios, a los honrados, a los corruptos.

La media España forofa del partido ahora en el gobierno suspiró tranquila cuando Francisco Camps fue declarado no-culpable, mientras otra se negaba a aceptar el veredicto. La grave cuestión de la corrupción volvía a quedar reducida a arma política. El asunto no es qué partido político tiene mayor o menos número de corruptos, sino los motivos por los que la corrupción es una lacra en el estado español, el porqué de la falta de transparencia que provoca esa sensación de impunidad que parte de la población percibe y critica, aunque la contaminación partidista hace que en ocasiones sólo se critiquen los pecados cometidos por los políticos de partido ajeno. Ante tales circunstancias, la imparcialidad de la Justicia queda en entredicho, al fin y al cabo, la decisión de un juez ante cualquier caso de corrupción terminará siendo interpretada como una sentencia a favor o en contra de un partido u otro.

Más que nunca es necesario que la ciudadanía reaccione ante la situación actual, ante el déficit democrático que sigue permitiendo cuentas opacas, gastos inútiles, despilfarros, administraciones públicas manejadas como si se tratasen de cortijos privados por señoritos que alcanzaron su cargo a base de forofismo en vez de explicar a la ciudadanía sus intenciones, su programa. Muchos comenzamos a darnos cuenta que ya no estamos en España, de algún modo nos deportaron a Españistán y corremos el peligro de quedarnos aquí para siempre. El regreso a esa España -que algún día quiso ser- democrática, plural empieza por la ciudadanía. Mientras no apaguemos los televisores, desafiemos al amo, comencemos a pensar por nosotros mismos, dejemos a un lado forofismos políticos y exijamos programas, estaremos condenados a sufrir la Españistán de la caspa y la mediocridad, la de la interminable crisis y la sumisión a la banca europea.


[1] "Selección española e impuestos". 19 de julio de 2011.
[2] "Zapatero se reunirá con 30 grandes empresarios el sábado para implicarles en la salida de la crisis". El País, 24 de noviembre de 2010.
[3] "España: La reforma constitucional aprobada sin consenso". Euronews, 2 de septiembre de 2011.
[4] "Rajoy a Merkel: 'How are you, Angela?'". ABC, 26 de enero de 2012.
[5] "Rajoy presume entre sus colegas de que 'la reforma laboral me va a costar una huelga'". Diario Progresista, 30 de enero de 2012.
[6] "Famosos a favor de Europa". El País, 13 de enero de 2005.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Déficit democrático en la construcción de Europa

Este artículo expone algunos de los síntomas que denotan el enorme déficit democrático que ha ido acompañando a la construcción de la Unión Europea. La imposición del Tratado de Lisboa como revisión de una Constitución Europea previamente rechazada por miles de ciudadanos en referendos es un claro ejemplo que se suma a las recientes designaciones de ex-altos cargos de la banca privada como primeros ministros sin previa consulta popular.

Un profundo sentimiento de decepción rodea a todos quienes alguna vez hemos soñado con una Europa realmente unida en condiciones de igualdad y fraternidad entre los pueblos del continente. El esperado paso hacia la integración de estados tradicionalmente enfrentados, el ejemplar ejercicio de internacionalismo destinado a convertirnos en ciudadanos del mundo parece haber sido una fatal tomadura de pelo. El proyecto Europeo es un espectro de lo que décadas atrás se prometió a la ciudadanía, un proyecto que ha demostrado -y sigue demostrando- estar orientado a los intereses de la banca y las grandes corporaciones en vez de al bienestar de los ciudadanos de todo el continente. Día a día comprobamos los efectos de un totalitarismo financiero que ha convertido a la orgullosa Europa cuna de la democracia en la oscura Europa lecho de la tecnocracia.

No se habla ya de la Europa de los Pueblos sino de la Europa de los ajustes, recortes y el déficit cero. Oscuros términos para describir la insolidaridad entre los estados miembros y de sus respectivos dirigentes hacia la clase trabajadora. Tampoco se habla ya de la soberanía del pueblo, sino de legitimación por los votos para cumplir las exigencias de los mercados. No en vano Mariano Rajoy, poco después de ganar las elecciones, dejó claro a los socios europeos que "había ganado por mayoría absoluta y que, por eso mismo, tenía las manos libres para hacer y deshacer a su antojo"[1]. Un antojo a su vez sometido a los dictados de sus homólogos de Alemania y Francia, representantes de facto de las bancas de sus respectivos estados. Vistas las experiencias en Grecia e Italia, cuyos primeros ministros fueron puestos a dedo desde la UE, este sometimiento parece haberse convertido en condición para mantenerse en el sillón de la presidencia.

En la Europa de hoy, las decisiones importantes se toman, cada vez más, a espaldas del pueblo. En este sentido, los medios de comunicación tradicionales han hecho un importante favor a las élites del poder al repetir hasta la saciedad, para acabar imponiendo, el mantra de que la política no sirve para nada. Que decidan ellos, que el pueblo ya tiene espectáculos y televisión de sobra para evitar así tener que pensar por sí mismo. Así, la ciudadanía europea ha sido apartada de la política hasta el extremo de -como veremos más adelante- limitar su derecho a efectuar el ritual del voto. La democracia participativa -salvo excepciones en la Europa más septentrional- sigue siendo un sueño utópico.

La ciudadanía de todo un continente, que tantos años ha vivido ajena a los entresijos de la construcción europea, no fue capaz de ver lo que se ocultaba tras el Tratado de Maastricht. Los cantos de sirena de una Europa unida, la de la prosperidad y el pleno empleo -decían-, incluían ponzoñosas condiciones para los estados miembros -como las que actualmente ahogan a Grecia[2]- que luego sufrirían sus ciudadanos. La obligación de asegurar la devolución del crédito a la banca privada queda por encima de cualquier otro compromiso de los estados. Así, las apresuradas reformas de las constituciones española e italiana, en septiembre de 2011, se llevaron a cabo con la intención de dar prioridad absoluta a tales pagos por ley[3]. Téngase en cuenta que tales cambios a la Constitución Española se llevaron a cabo por decreto, sin debate público, con el acuerdo expreso de los dos principales partidos del estado, PP y PSOE, indicativo de que ambas formaciones comparten líneas ideológicas en cuanto a política económica.

La voluntad popular demostró no ser freno para el proyecto de la Europa de la banca y las grandes corporaciones cuando, después de que el intento de imponer una Constitución Europea fuese abortado por los resultados de sendos referendos en Francia y Holanda -cuyos ciudadanos demostraron la sabiduría de leer lo que iban a votar-, ésta se maquilló y sustituyó por el Tratado de Lisboa, que esta vez sería ratificado por cada parlamento nacional sin pasar por previas consultas ciudadanas. La única excepción fue la República de Irlanda, cuya legislación obliga a que la ratificación parlamentaria de un tratado internacional de esta magnitud pase primero por consulta popular. Ésta se realizó y el resultado fue una rotunda negativa. Como respuesta a aquél resultado, la Unión Europea exigió la realización de un segundo referéndum[4].

El déficit democrático que actualmente adolece Europa ya fue advertido en los años noventa por el entonces presidente del Bundesbank, Hans Tietmeyer, quien lanzó el siguiente mensaje a los dirigentes europeos: "Ustedes, señores políticos, tienen que acostumbrarse a obedecer los dictados de los mercados". Efectivamente, cada recorte, cada ajuste, cada sacrificio, cada pérdida de derechos que tiene lugar en nuestro continente en nombre de los mercados, no es más que un síntoma de la pérdida de soberanía de los pueblos de Europa y del autoritarismo de los grandes poderes económicos quienes no dudan en convertir a Europa en el laboratorio de ensayos del dogma neoliberal.

La ciudadanía ha de ser consciente de que no hay mayores antieuropeistas que quienes, en nombre de la construcción europea, niegan la soberanía a los estados y a los pueblos que representan. Una Europa unida bajo un fascismo financiero no es la Europa a la que debamos aspirar.


Notas:
[1] "Rajoy avanza en Europa que las urnas le legitiman para imponer recortes". Público, 8 de diciembre de 2011.
[2] El artículo 104 del Tratado de Maastricht prohíbe, directamente, a los gobiernos nacionales y a cualquier otro organismo público recibir financiación de su Banco Central, y al mismo tiempo obliga a los países a recurrir necesariamente a los préstamos de los grandes bancos internacionales para costear todos los gastos del Estado.
[3] La sección 3 del artículo 135 de la Constitución Española, después de la reforma de 2011, indica que "Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. Estos créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación, mientras se ajusten a las condiciones de la Ley de emisión".
[4]  "Irlanda celebrará un segundo referéndum sobre el Tratado de Lisboa". El País, 11 de diciembre de 2008.