sábado, 31 de diciembre de 2011

Falacia: "el poder corrompe"

El poder corrompe” es una falacia ampliamente aceptada por la población y profusamente repetida por los medios que, enfocada en el poder político, socava la confianza en quienes ejercen la política y los cimientos de la propia democracia, pues justifica y humaniza a quienes tienen actitudes de abuso de poder.

Que el poder corrompe es un tópico profundamente enraizado en el saber popular. Lo aceptamos como un hecho sin más, como una especie de maldición que pervierte la moral del poderoso como consecuencia de haber alcanzado su particular condición de privilegio. Nos encontramos ante un argumento ad populum, cuya validez se basa en la aceptación por parte de mucha gente de que el poder inevitablemente conduce a la corrupción, lo que implica cierta actitud transigente con lo que tendría que ser intolerable.

Normalmente el concepto de poder se focaliza en el ámbito político. En este contexto, la afirmación de que el poder corrompe es especialmente venenosa hacia los principios más básicos de la democracia, puesto que estamos humanizando al cargo público corrupto e implícitamente disculpamos a quien saca provecho propio de su posición de poder.

Hemos asumido que una élite con acceso al poder puede ser corrupta por el simple hecho de gobernar; es decir, negamos tácitamente la posibilidad de que ciertas personas puedan haber decidido acceder al poder para lucro propio, y además nos convencemos de que el poder es tan malo que las ha corrompido. Por tanto, hemos exonerado al corrupto, ya que éste pasa a ser visto como inevitable víctima del poder.

Así, la ética de quien ostenta un cargo de poder pasa a un último plano que ni siquiera se plantea entre la ciudadanía. Éste es el único modo en que se puede explicar que cargos políticos con imputaciones por corrupción vuelvan a ser votados en sucesivas elecciones. Quien vota a quien sabe corrupto, ¿acaso no es en cierto modo cómplice de los latrocinios cometidos por aquél?

Es por tanto necesario realizar un ejercicio de autocrítica: ¿cuántas veces hemos oído decir aquello de “hay que comprender que si yo tuviera un puesto importante también intentaría beneficiarme de aquél”? Es una frase que mezcla la frustración hacia un colectivo en el que se ha dejado de confiar y la picaresca patria de la que, desgraciadamente, tanto alardeamos. A quienes realizar tales afirmaciones habría que preguntarles si piensan que realmente ellos tienen posibilidad de gobernar o acceder a algún cargo de responsabilidad? Justificamos el fraude del pez gordo por si, en algún hipotético día, llegamos a ser poderosos podamos llevarnos nuestro trozo del pastel.

La visión de la corrupción como actitud generalizada entre la casta política no es sólo falsa, sino que conviene a los verdaderamente corruptos, al generalizar artificialmente su conducta. Hay muchos más políticos honrados que corruptos, si no directamente podremos afirmar que no vivimos en nada que se parezca siquiera a una democracia. Sólo que de los primeros no se habla, mientras incluso se ensalza desde algunos medios la "habilidad" de los segundos para no ser encausados. De este modo, la corrupción y la disculpa de aquélla por parte de muchos ciudadanos -y medios de comunicación- denota un importante déficit democrático que además socava la credibilidad de los políticos y a la democracia en sí misma. Cada vez es más acusado el desplazamiento de la casta política, en cuanto a poder real, por grandes empresarios y banqueros; hecho del que el pueblo apenas se inmuta. No vale decir “políticos corruptos”, lo que es necesario es tener el valor de identificar a quienes verdaderamente lo son y exigirles responsabilidades hasta las últimas consecuencias.

Como es de sospechar, el ejercicio de señalar a los corruptos no es sencillo. Hay presiones, compromisos, lealtades y demás obstáculos por sortear. La principal herramienta para ello es la transparencia, que ha demostrado su eficiencia en los países donde más escrupulosamente se aplica. El caso de Finlandia es el paradigma de la lucha contra la corrupción gracias a su política de transparencia total[1], hecho reconocido desde organismos internacionales[2]. En el caso de España la transparencia es una quimera que habitualmente entra en conflicto con el derecho a la privacidad, confundiéndose deliberadamente lo privado con lo íntimo. Transparencia significa transparencia total. Si no se conocen las rentas, los bienes, las relaciones interesadas -empresarios, grupos de poder- de los cargos elegibles, se está dejando la puerta abierta a la corrupción.

Queda, por supuesto, la responsabilidad del ciudadano, del votante, de exigir a sus representantes honestidad, ética, uso responsable de su cargo de poder. Para ello, ha de fomentarse la democracia participativa, la adecuación de las leyes de iniciativa popular para evitar que democracia se reduzca al ejercicio de depositar el voto en la urna. Pero, incluso antes de todo aquello, el ciudadano ha de ser consciente de su particular situación de eslabón más débil de la cadena, de que existe una lucha real de clases, donde en estos momentos la clase dominante va venciendo por goleada, y que el único modo de revertir la situación pasa por despertar la conciencia de que las actitudes egoístas e hipócritas que justifican la corrupción debilitan lo público y fortalecen a aquellos otros poderes que no son elegibles. Así, la ciudadanía ha de ser crítica y escéptica ante cantos de sirena de quienes prometen jauja, pero no explican lo que harán cuando gobiernen y con quienes.


[1] "Así lucha Finlandia contra la corrupción (y no lo hace España)". 4/11/2010.

domingo, 25 de diciembre de 2011

¡Feliz Solsticio de Invierno!

El solsticio de invierno no es más que el día del año en el que tiene lugar la noche más larga para, a continuación durante los próximos seis meses, producirse el alargamiento de la duración del día. La celebración de este acontecimiento lleva produciéndose desde tiempos inmemoriales, sustituida en la cultura cristiana por la Navidad desde el año 350, cuando el papa Julio I decide que el 25 de diciembre sea la fecha del nacimiento de Jesucristo.

En primer lugar, es obligado afirmar que es difícil hablar de felicidad en una época como la que nos está tocando vivir, donde los derechos que la ciudadanía consideraba inamovibles han demostrado ser meras concesiones que fueron útiles a las élites gobernantes durante unas décadas, que ahora sin embargo han pasado a ser accesorias.

Independientemente del contexto económico, histórico o cultural, estas fechas han sido de motivo celebración para la mayoría de las civilizaciones. Han bastado unos mínimos conocimientos de astronomía para que la humanidad descubriese el patrón estacional de la duración de los días y las noches. Ya el monumento de Stonehenge, construido sobre el 2500 a.e.c., tenía entre sus funciones la identificación de los solsticios. El solsticio de invierno señala el final del acortamiento de los días, un anuncio de que durante los próximos 6 meses la duración de aquéllos se prolongará, lo que brindará un creciente número de horas de luz, necesaria para las civilizaciones más antiguas cuya iluminación se reducía a antorchas y hogueras. También significaba, sin embargo, el inicio del invierno, los meses de la hambruna, por lo que se procedía al sacrificio de animales que de otro modo habría que alimentar con los escasos recursos disponibles en aquella estación.

Cada civilización integraba el solsticio de invierno con sus costumbres religiosas, así en Roma se celebraba el Dies Natalis Solis Invicti, el Día del Nacimiento del Sol Inconquistado, un festival que llegaba a su apogeo el 25 de diciembre, coincidente con el solsticio de invierno según el calendario juliano. Entre el 17 y 23 de diciembre se celebraban las Saturnales, fiestas que coincidían con la finalización de la fermentación del vino, donde se sucedían banquetes, diversiones e intercambios de regalos. Los hogares romanos se decoraban especialmente para la fecha, a los esclavos se les permitían ciertas licencias, incluso la posibilidad de ser servidos -sólo durante esos días- por sus amos. La razón de esta celebración vino con motivo de la dura derrota romana frente a los cartagineses en la Batalla del Lago Trasimeno (217 a.e.c.). Así se evocaba al dios Saturno, dios protector de siembras y cosechas, representante de la edad de oro de la mitológica griega -Saturno es el dios equivalente a Cronos- en la que los hombres vivían felices, sin separaciones sociales.

El ascenso del cristianismo a religión dominante en Roma le llevó a la apropiación de muchas costumbres paganas. El día del nacimiento del Sol no sería menos. En 350 el papa Julio I haría coincidir aquella fecha con la del nacimiento de Jesús de Nazaret, aunque no hubiere ningún registro documental que mencionase tal día. Esta operación de marketing premedieval permitió asociar directamente al dios cristiano con el Sol, lo que facilitaría la inevitable absorción del paganismo por el cristianismo.

Por tanto, la Misa del Gallo no es más que la conmemoración del solsticio de invierno, mientras que -paradojas de la vida- la celebración de la Navidad no es más que la degeneración de un rito romano que recordaba que los hombres podemos ser iguales, reducido en nuestros días a un irritante culto al consumismo.

Si hay algo positivo en la Navidad es que, una vez estudiados sus orígenes, nos sirve para recordar que los precursores de nuestra civilización moderna celebraban unos días en honor a la igualdad entre los seres humanos. Las economías de Grecia y Roma se sustentaban en la mano de obra esclava, de ahí la diferenciación entre las clases de los hombres libres y los esclavos. Hoy en día, aunque hayamos superado el esclavismo como motor de la economía, sigue teniendo lugar una lucha entre clases que se agudiza según el neoliberalismo va imponiendo  su doctrina. Los trabajadores podemos, por tanto, celebrar las fechas navideñas sin necesidad de connotaciones religiosas, unos días en los que podamos especialmente recordar -al igual que hacían los esclavos en Roma- que alcanzar la Edad de Oro de la humanidad no sólo es posible, sino un objetivo por el que todo ciudadano debería luchar.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Diccionario de la Crisis: mercado

mercado.
(Del lat. mercātus).
~s. 
1. m. pl. Ente impersonal utilizado como excusa por gobiernos de corte neoliberal para el desmontaje de las conquistas sociales y derechos conseguidos en épocas anteriores por las clases populares. Los mercados requieren nuevos sacrificios.
2. m. pl. Prestamistas de los que dependen los gobiernos, fuertemente endeudados a consecuencia de bajar los impuestos a los grandes capitales y avalar a bancos en apuros en vez de nacionalizarlos o dejarlos que quiebren.
3. m. pl. Agentes financieros que especulan con la deuda pública de un estado.
4. m. pl. Banca financiera, agentes que manejan fondos de inversión y fondos soberanos (de Estados productores de petróleo o con grandes reservas de divisas), además de especuladores de toda ralea.*
~ transatlántico.
1. m. Etapa de la construcción de un nuevo bloque político transatlántico, de la formación de una nueva forma de Estado común a dos continentes. Esta nueva formación política bajo dirección estadounidense tiene el objetivo de imponer nuevas relaciones de propiedad, a saber, poner los datos personales a disposición de las instituciones públicas y de las empresas privadas.**
libre ~.
1. m. Eufemismo que presupone la competitividad libre, justa e igualitaria en mercados no regulados, restando importancia a la realidad del dominio del mercado por parte de monopolios y oligopolios dependientes de los rescates estatales masivos en tiempos de crisis capitalista. Libre alude específicamente a la ausencia de normativas públicas e intervención del Estado que defiendan la seguridad laboral, así como la protección de los consumidores y el medio ambiente. En otras palabras, el término "libertad" enmascara la desvergonzada destrucción del orden ciudadano por parte de los capitalistas privados a través del ejercicio desbocado del poder político y económico.***
2. m. Eufemismo para aludir al gobierno absoluto de los capitalistas sobre los derechos y los medios de vida de millones de ciudadanos; en esencia, la auténtica negación de la libertad.***



Notas:
[*] Definición sugerida en la revista Temas para el Debate, febrero de 2011, cit. en La Europa Opaca de las Finanzas.
[**] Definición de Jean-Claude Paye en "Una nueva organización política: el gran mercado transatlántico", 2 de enero de 2009.
[***] Definiciones de James Petras en "Política del lenguaje". Rebelión, 25 de mayo de 2012.

martes, 6 de diciembre de 2011

Carta abierta a quienes vieron llorar a la ministra italiana

Seguramente tanto usted como yo hemos sido testigos, a través de la prensa, de una de las escenas más lamentables de los últimos tiempos de la política, si es que acaso ya no llevamos suficientes. Los medios de comunicación del mundo entero se han hecho eco de las imágenes de la Ministra de Trabajo de Italia, Elsa Fornero, deshaciéndose en lágrimas tras anunciar las nuevas medidas de ajustes que aplicará su gobierno, muy posiblemente las más duras con las que, hasta el momento, se haya castigado a los ciudadanos de aquel país.

"Ha tenido un enorme coste psicológico para nosotros tener que pedir un sacr...", decía la ministra antes de romper a llorar, mostrando un nivel de impotencia que contrastaba con la frialdad del Primer Ministro, el tecnócrata Monti, quien añadiera con indiferencia: "Creo que quería decir sacrificio, como probablemente habrán entendido".

Un nuevo sacrificio en el altar de los dioses de los mercados, donde la víctima es el bienestar de los ciudadanos. En esta ocasión la suma sacerdotisa se derrumbó al tomar, quizás, conciencia de la magnitud de las implicaciones de su anuncio. ¿Qué pudo pasar, si no, por la cabeza de la ministra Fornero para perder la compostura de tal manera?

A estas alturas uno ya no sabe si pensar que realmente nos encontramos ante una escena espontánea de aflicción o ante una elaborada manipulación de la opinión pública, quizás un retorcido consejo del equipo de psicólogos que ayuda a los ministros italianos a mantener la cordura, un modo mezquino de ganarse la empatía hacia un sufrimiento presuntamente compartido entre pueblo y gobernantes.

Pero quiero pensar que ha de ser un peso terrible para la conciencia de cualquier persona el hecho de sentirse cómplice de un golpe de estado a la democracia, del empobrecimiento de un pueblo, del latrocinio de derechos fundamentales, de la ignominiosa condena a siguientes generaciones a no poder soñar. Porque esta Europa de los tecnócratas, la Europa sumisa al dogma neoliberal, tiene como único objetivo reducir a la clase trabajadora a un puro instrumento para el lucro de los grandes poderes.

Posiblemente la ministra Fornero ha comprendido demasiado tarde que el Tratado de Maastricht, la Constitución Europea, el Consenso de Viena -que con toda probabilidad, en su día, ella aplaudiese con fervor- han sido piedras perfectamente colocadas en el arduo camino de la Democracia y los Derechos Humanos. Valores que se van transformando, desde que se creó esta inmunda crisis de las excusas, en una utopía aún más lejana que las que ensoñaban revolucionarios de épocas pasadas.

Les invito a imaginar, por un momento, que esas lágrimas de impotencia se hubieran transformado en un arranque de dignidad. Que la ministra hubiera mirado a las cámaras presentes en aquella rueda de prensa, se hubiera dirigido a cada ciudadano y ciudadana de Italia -y de Europa en su extensión- y les hubiera contado lo que pasaba por su mente.

Podría la ministra haber explicado con claridad que cada sacrificio a la ciudadanía es intolerable, que cada conquista social es sagrada y absolutamente nadie tiene derecho a violar los pasos hacia delante dados por la Humanidad. Sabedora, por su estatus de académica, de que existen alternativas a tantos sacrificios innecesarios, que bien seguro que algunos de sus compañeros docentes, economistas críticos con el dogma neoliberal, le habrán detallado. Sobre todo, porque a estas alturas, ya sabemos que la sed de sacrificios de los llamados mercados es insaciable, que sólo será calmada por un tiempo para luego exigir más y más, hasta que ya no quede nada.

Hubiera también añadido que los derechos que no se ejercen se pierden, y ahora hay demasiado en juego como para no hacer uso de los pocos que aún van quedando. El derecho a manifestarse es ahora más valioso, y aún útil, que nunca. Bien podría la ministra haber invitado al trabajador, al pequeño empresario, al inmigrante, al desempleado a salir a la calle, a movilizarse, a exigir políticas económicas alternativas y, por tanto, el fin de la sangría que alimenta la insaciable codicia de la Banca, de las grandes multinacionales, de los empresarios sin escrúpulos que desean sacar tajada de la situación para tener arrodillados a sus empleados.

Porque bien podría haber recordado la ministra que hay más cosas que nos unen como ciudadanos de las que nos separan. Sus lágrimas sin duda reflejaron la tristeza de quien se siente títere de los grandes poderes, mercenaria a sueldo del gran capital, pero también es madre, hermana, vecina. Así bien podría haber recordado a los ciudadanos que, independientemente de su voto en pasadas elecciones, todos -absolutamente todos- son gobernados por gente a quienes no han elegido. Si alguna vez fue emocionante para algunos ondear banderas con el logotipo de su partido para celebrar una victoria electoral, más aún tendría que serlo salir a la calle para luchar pacíficamente todos juntos por la Democracia. Una democracia integradora, donde la economía esté al servicio de la mayoría y no al revés, en la que el frente común sea el bienestar de los ciudadanos, necesitados, ahora más que nunca, de estar unidos contra el mismo enemigo que atenta contra sus derechos; ciudadanos que forman parte, hoy más que nunca, de una misma clase.



domingo, 4 de diciembre de 2011

Un cortafuegos contra las tendencias populistas

Un reciente artículo de Alberto Garzón explica con mucho acierto el importante rol involuntariamente asumido por el movimiento 15M como cortafuegos de tendencias populistas similares a las que surgieron durante anteriores crisis. Este artículo profundiza en los argumentos esgrimidos por el autor a partir del análisis de lo acontecido en épocas pasadas.

Con el estallido de la crisis en 2008 los medios de comunicación nos enseñaron que los términos “crisis” y “oportunidad” comparten ideogramas en el idioma chino. Muchos analistas y expertos de plató aprovecharon aquella casualidad lingüística para difundir la moraleja de que la crisis encontraría su final una vez que aprendiésemos a identificar y aprovechar las oportunidades que se nos presentasen. A fecha de hoy, visto el desolador panorama que se cierne sobre los ciudadanos, podemos afirmar que las supuestas oportunidades asociadas a esta crisis han sido exclusivamente para el uso y beneficio de los grandes poderes empresariales y financieros, que han instrumentalizado la situación para proceder a la desarticulación del estado del bienestar en todo Occidente, comenzando por los países periféricos donde aquél ha estado implantado con menos fuerza.

Resulta, cuando menos, de mal gusto seguir oyendo hablar de oportunidades habida cuenta de la cantidad de damnificados -mayoritariamente familias condenadas a vivir bajo el umbral de pobreza- que lleva cobrados esta crisis, identificada por muchos como la peor de la historia moderna. Y es que no se trata de un fenómeno que afecte exclusivamente al mundo económico y financiero, como los medios tanto insisten en remarcar, sino que nos enfrentamos a una profunda crisis de civilización cuya salida, a la vista del camino que se está tomando, se vislumbra lejana en el tiempo. A la ciudadanía se le ha presentado esta crisis como un evento incontrolable, poco menos que una catástrofe natural cuya solución pasa por aceptar una serie de sacrificios que implican la renuncia a la mayor parte de derechos y conquistas sociales adquiridos durante el último siglo y medio.

Así, los ciudadanos se enfrentan desarmados a una contrarrevolución orquestada desde los grandes poderes. Ante el estado de shock que ha ido presentando la sociedad ante la crisis, el capitalismo no necesita ya del toque edulcorado del estado del bienestar como elemento de control de posibles descontentos. El neoliberalismo exige el cumplimiento de su dogma a rajatabla, donde la protección social -educación y sanidad universales, sistema público de pensiones, seguro público de desempleo, etc.- simplemente le resulta molesta. Con la excusa de sortear la actual crisis, la ciudadanía asiste taciturna al sacrificio de derechos que pensaba inamovibles. El altar de los mercados lo exige, y muchos ciudadanos lo aceptan con resignación, incluso algunos lo aplauden en esta huida hacia delante que condena a futuras generaciones de gente corriente a vivir peor que quienes les precedieron.

Es cuestión de tiempo de que la frustración provocada por la situación actual se extienda a una parte mayoritaria de la población. Tal como indiqué en un artículo anterior, la falta de perspectivas reales conllevará importantes polarizaciones de opinión en la clase trabajadora. Al igual que después del crack de 1929, las peores ideologías encontrarán en una población desencantada el lugar idóneo donde plantar las semillas del totalitarismo y el odio. En aquella ocasión, movimientos políticos de corte populista  aprovecharon oportunamente el descontento generalizado de la población para alcanzar el poder en algunos estados europeos. Esta vez, por suerte, una ciudadanía informada, con infinitamente mayor nivel cultural y educativo que entonces, ha tomado la delantera, movilizándose, esgrimiendo argumentos, exigiendo democracia en su sentido real.

Al respecto, Alberto Garzón identifica al movimiento 15M como un cortafuegos ante las amenazas de un resurgir populista[1]. Efectivamente, el populismo se basa en la alienación de la ciudadanía, en su conversión en una simple masa pasiva fácilmente manipulable. Como resulta evidente, esto entra en contraposición con el espíritu que, hasta ahora, ha ido demostrado el movimiento 15M donde ha primado la inteligencia colectiva. Este movimiento ha canalizado con bastante eficiencia la frustración de parte de la población, movilizándola masivamente -algo realmente resaltable habida cuenta de la tradicional pasividad de la población española- en las diferentes convocatorias que han habido hasta ahora. Puede incluso considerarse un pequeño éxito el hecho de que se haya evolucionado en la identificación de los culpables de la crisis, cosa que se ha notado en las pancartas de las manifestaciones, las cuales inicialmente se centraban en las responsabilidades de los políticos, mientras ahora señalan principalmente a los banqueros y grandes empresarios.

Garzón cita a Slavoj Žižek, para quien “el populismo, en última instancia, siempre está sostenido por la frustrada exasperación de la gente común, por el grito de ‘yo no sé lo que pasa, ¡pero ya he tenido bastante! ¡No puedo más, esto debe parar!‘”. La oferta de “sumarse al cambio” del PP en las pasadas elecciones se nutría, en buena parte, del sentimiento expresado por Žižek. Muchos votantes tradicionalmente socialistas hicieron de tripas corazón para dar su voto a un partido cuyo único significado para ellos era el fin del gobierno de Zapatero, haciendo bueno el “¡esto debe parar!”. La decepción ante un gobierno que había traicionado su “no os fallaré” de 2004, el mismo que había desvelado finalmente su faceta más servil al Banco Central Europeo, podía más que la natural desconfianza hacia quien no explica nada de sus futuros planes de gobierno.

Ahora bien, Rajoy no nos va a sacar de esta crisis. No se trata de simple desconfianza hacia su persona, ni siquiera de duda ante sus no desveladas intenciones. La salida de esta crisis implica necesariamente la ruptura con el neoliberalismo -precisamente la doctrina económica abrazada por el PP-, la valentía de establecer políticas a nivel estatal y europeo incompatibles con las medidas de austeridad exigidas desde la troika comunitaria[2]. Es previsible que la decepción de la ciudadanía no haga más que crecer en los próximos años. Al respecto, Karl Polanyi afirmaba que “la desregulación agresiva y los avances ultraliberales son la antesala del fascismo, ya que éste último nace como intento social de protegerse ante los excesos de extender el libre-mercado”.

El viraje hacia tesis aún más populistas, algunas rallando el fascismo, por parte de algunos partidos del panorama político español tendrá lugar en función de que el dramatismo de la crisis se haga más patente. Se buscarán culpables, blancos fáciles a quienes se satinizarán y señalarán como elementos non-gratos de la sociedad, enemigos declarados de la masa pasiva, por fin agarrada al clavo ardiendo de la intolerancia y el extremismo.

Merece la pena echar un vistazo atrás en el tiempo, a la Alemania de después del crack de 1929, cuando el desempleo se había triplicado en pocos meses, alcanzando la cifra de 3 millones de parados, que llegaría a los 6 millones dos años después[3]. En aquel entonces, las políticas del gobierno de turno fueron dirigidas para asegurar los beneficios del tejido empresarial. La excusa, la misma que ahora: crear empleo. Sin embargo, mientras el paro no descendía, las medidas tomadas chocaban con la oposición de los movimientos obreros, al ser directamente lesivas con los intereses de la clase trabajadora. Los sindicatos obreros representaban, por tanto, un obstáculo para los grandes poderes. En 1932, Adolf Hitler se reunió con los grandes banqueros y empresarios alemanes para mostrarles un programa acorde a sus deseos: eliminar a los sindicatos obreros, acabar con los subsidios de desempleo, con la seguridad social y, en general, con los derechos de los trabajadores.

De vuelta a los momentos actuales, es de esperar la próxima proliferación de movilizaciones y huelgas generales. Los medios de comunicación tradicionales, al servicio de los grandes poderes, no tardarán en satanizar a los principales organizadores de aquéllas, los sindicatos obreros. Si con el argumento de que las huelgas afectan negativamente a la economía ya se ha dado el caso de políticos que han pedido la limitación o supresión del derecho a huelga[4], es cuestión de tiempo de que los sectores más populistas aprovechen el descrédito actual de los sindicatos para exigir su desaparición.

La ciudadanía tendrá, más bien pronto que tarde, que elegir entre el ejercicio de la inteligencia colectiva o su conversión a masa homogénea no pensante. El movimiento 15M mantendrá su papel de cortafuegos del populismo en tanto siga la senda de identificar y señalar a los culpables reales de la crisis, a los grandes poderes financieros y empresariales, que tanto se benefician de la situación creada. No obstante, Alberto Garzón advierte del peligro del discurso que parte del 15M mantiene acerca de los políticos. El “no nos representan” implica la canalización de la frustración de la ciudadanía hacia la clase política en general, no hacia las causas reales, lo que exonera a los grandes poderes económicos de su responsabilidad real ante la opinión pública. Como indica Julio Anguita, "el lenguaje propio del fascismo" es "coger a toda la política y a todos los políticos sin excepción como responsables"[5].

Ahora más que nunca es necesario luchar para asentar una base que canalice las naturales frustraciones de la ciudadanía hacia un cambio de sistema económico alejado del neoliberalismo que tan dañino está siendo para las clases populares.


Notas:
[1] Alberto Garzón, “El movimiento 15M como cortafuegos”, 30/11/2011.
[2] Políticas alternativas se presentaron en el libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar en España, comentado en este mismo blog.
[3] Se recomienda el artículo "Historia: ¿Cómo llegó Hitler al poder?", agosto 2009.
[4] "El PP estudia limitar el derecho de huelga". Deia, 31/10/2011.
[5] "Anguita apoya por su 'dignidad extraordinaria' la decisión de IU Extremadura para la gobernabilidad regional". Europa Press, 18/11/2011.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Diccionario de la Crisis: rescate

rescate.
1. m. Consolidación de la deuda por la que los préstamos y obligaciones de un ente con terceros son satisfechos mediante el endeudamiento del deudor con entidades casi siempre oficiales por un monto equivalente a lo adeudado*.
2. m. Conversión de la deuda privada, que por lo general han generado y disfrutado los sectores más ricos de un estado, en deuda pública que pagarán principalmente las clases de rentas más bajas del mismo.**
3. m. Acción por la cual un estado deudor es obligado a aceptar un crédito a pagar en un determinado plazo a cambio de la cesión parcial o total de su soberanía, de modo que las políticas económicas pasan a ser dictadas desde los estados acreedores aún en perjuicio de las clases de rentas más bajas del estado rescatado.
4. m. Operación de toma de control de las economías nacionales para abrir sus activos en canal a los intereses de los poderes financieros.***



Notas:
[*] Definición sugerida por Julio Anguita en "El Rescate(I)", diario El Economista, 16/05/2011.
[**] Definición sugerida por Juan Torres en "¿A quién interesa y cómo sería el rescate de España?", 18/12/2010.
[***] Definición sugerida por Isidro López.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Alguna razón para la esperanza

En una reciente entrevista a Julio Anguita en el programa de radio “El Sol sale por el Oeste”, de Canal Extremadura, el locutor le preguntó si pensaba que hubiera, a pesar del negro panorama de recortes sociales que se nos presenta, alguna razón para la esperanza[1]. Ésta fue su respuesta:
«Yo no desespero, ¿pero sabe usted por qué?, porque peleo, porque no doblo las rodillas, porque no me da la gana que me engañen, y porque estoy explicando por ahí, muchas veces contra mi descanso, y porque me organizo y estoy militando en Izquierda Unida, en el Partido Comunista, en varios colectivos. Claro que tengo esperanzas, pero espero en mi lucha, yo no confío en ningún milagro, confío en los que conmigo van a luchar o están luchando, ya no me fío de nada más. 
Por eso soy optimista, lo que estoy diciendo a quienes me estén escuchando es que dejen ya de soñar en bobadas y que se comprometan a luchar donde quieran. Hay una manera de luchar que es poco arriesgada: que lean, ¡que lean!, que tengan curiosidad por saber, que uno de los problemas que tiene nuestro país es el miedo a saber, es el miedo a pensar, ¿usted no ha oído “no te metas”, “no te lo pienses”, “tú a lo tuyo”?. Ese tremendo miedo a pensar de un país perezoso mentalmente es el que nos ha arrojado. Estamos dispuestos al milagro del último que llega porque es cómodo, lo votamos y que nos resuelva el problema. 
Ha llegado el momento en que la gente asuma voluntariamente su destino, que es lo que estoy diciendo y haciendo. Yo no puedo hablar de otra manera, porque no me quiero parecer a aquellos que en las campañas electorales prometen. Yo eso jamás lo he hecho: “prometo que voy a luchar”, “prometo que voy a explicar”; y, si no, la prueba: los señores y señoras que, con toda libertad, han votado al Partido Popular creyendo que el señor Rajoy no va a tocar las pensiones, ya me lo dirán dentro de 6 meses.»


[1] “El Sol sale por el Oeste”, 23/11/2011.  Entrevista a Julio Anguita: "Asistimos a la muerte de la democracia", minuto 14:48.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Diccionario de la Crisis: copago

copago.

(De copagar)
1. m. Entrega de dinero adicional en concepto de abono de un servicio público, a pesar de que su pago completo ya fuese realizado previamente por el usuario a través de sus cotizaciones e impuestos.

2. m. Penalización por el uso de servicios públicos.
~ sanitario.
1. m. Mecanismo para desincentivar a las capas más modestas de la sociedad del uso del sistema público de sanidad. 
2. m. Entrega de un porcentaje del precio de un medicamento con receta médica a cambio de su recogida en una farmacia.

sábado, 19 de noviembre de 2011

En el día de reflexión

Reproduzco a continuación este artículo firmado por Julio Anguita, Miguel Candel, Salvador López Arnal, Manuel Monereo, Ramón Pérez Almodávar, Miguel Riera, Antonio Santamaría, Jorge Verstrynge, cuya difusión considero fundamental entre todos aquellos ciudadanos con espíritu crítico, preocupados por el presente y el gris futuro que se nos avecina:
Tanto las sociedades como las personas evolucionan, mezclando continuidad, cambio y ruptura. Hay momentos y momentos. Hoy toca la ruptura. Si bien puede parecer que las personas no hacen la historia y que la dirigen quienes tienen el poder, esto es una verdad a medias. Cuando los trabajadores, los pueblos, las mujeres y los hombres comunes y corrientes se organizan, se dotan de un proyecto y se movilizan, ellos y ellas marcan la historia. En este contexto, eso es más necesario que nunca pues vivimos una etapa sustancialmente nueva y, sobre todo, peor. Si no tomamos nota de esto, no tendremos fuerza para resistir y mucho menos para pasar a la ofensiva. 
Desde hace tres años, vivimos un estado de excepción decretado por el capital financiero internacional y que tiene a la Unión Europea como instrumento dedicado a desposeer a la ciudadanía de sus derechos políticos, sociales y sindicales, y como herramienta para forzar la renuncia a la soberanía popular en cada uno de los Estados. Es el llamado Consenso de Viena, la versión europea del Consenso de Washington, aplicado en el territorio europeo y en sus Tratados de Libre Comercio con terceros países.

Este estado de excepción tiene dos características: el predominio de los poderes reales, de hecho, y la suspensión del Derecho.

En nuestro país, este Estado de Excepción está significando el desmontaje sistemático de los nodos democrático-sociales de la Constitución de 1978 y el tránsito hacia un nuevo régimen que podemos muy bien denominar demediada democracia oligárquica. Es decir, un sistema dirigido y organizado por el capital y puesto a su servicio. Es eso que en las calles se dice: la dictadura de los mercados, del 1%.

Creemos que estas elecciones, lo decimos en el día de reflexión, serán fundacionales. Gane el PP (lo más probable) o gane el PSOE, lo que sería un milagro, la clase política reinante en nuestro país va a transitar hacia un nuevo régimen político. Estas elecciones legitimarán esa operación. Nadie se ha atrevido a decir esto, pero es lo que realmente está en juego en estas elecciones. Por eso es absurdo, a nuestro entender, hacer discursos y realizar propuestas como si nuestro país viviese una situación normal y como si el orden constitucional fuese el mismo de la etapa anterior.

Estamos ante una reforma constitucional al margen de la voluntad popular y de unas formas mínimamente democráticas, dirigida por el capital financiera, por la Banca, de ahí que hablemos de una democracia oligárquica. El primer paso fue el desmantelamiento de los derechos laborales en junio 2010, en pleno mundial de fútbol; el segundo se concretó en La Moncloa, en la reunión de los 35 empresarios más poderosos con Zapatero. Lo siguiente fue declarar el estado de excepción para tomar el control de AENA, operación sustentada en demonizar a sus trabajadores para encubrir la privatización de la empresa a un precio más barato: ninguna empresa asumiría los altos costos laborales de los trabajadores de AENA.

Zapatero siguió con sus medidas neoliberales por orden de Merkel y Sarkozy, mientras Goldman Sachs, que realizó las auditorías de las cuentas griegas (y que entonces sí cumplían con los requisitos para entrar en el euro), ahora controla el Banco Central Europeo.

Ha caído Grecia, está cayendo Italia y Dolores de Cospedal reconoce a pocos días de las elecciones que Rajoy no ha dicho lo que de verdad va a hacer: seguir apretándonos el cinturón porque ellos llevan tirantes. El PP empieza como acabó en 2004: mintiendo.

Lo que viene, ya lo sabemos: lo que en América Latina se denominó un ajuste estructural permanente o la larga y triste noche neoliberal: usar el chantaje de la deuda soberana para subordinar los Estados y a sus ciudadanos a los intereses del capital financiero; limitar sustancialmente los derechos sociales y sindicales y liquidar lo que queda de movimiento obrero organizado. Como enseña Esperanza Aguirre en Madrid, el neoliberalismo tiene voluntad “contrarrevolucionaria”. Esto implica crear un tipo de sociedad y de Estado que haga irreversible el capitalismo realmente existente y la estructura de poder que lo mantiene.

Por eso, creemos que hoy tenemos que reflexionar para pasar a la acción y nada será igual como antes: ni el discurso, ni los mensajes, ni los símbolos. Nuestra propuesta no es nueva, sino forma parte de un sentido común que empieza a ser en nuestro país una aspiración de muchos y que solo las viejas inercias y prácticas, viejos hábitos, no dejan alumbrar lo nuevo. No dan cabida a la creatividad que viene de abajo.

Lo que proponemos es el M3R: organizar una amplia convergencia política y social para construir el Movimiento para la Tercera República (M3R).

En él, nadie tiene que renunciar a su propia identidad ni a anteriores pertenencias. Se trata de confluir en la acción y en el proyecto para generar una nueva identidad plural en torno a la ruptura democrática-republicana; es decir, aspiramos abiertamente a conseguir la Tercera República en el Estado español, para unir pueblos e identidades que recojan los intereses y las aspiraciones de las mayorías sociales, sin nostalgias de la primera o de la segunda. Soberanía popular y poder constituyente para dar vida un nuevo Régimen republicano-federal fundado en la democracia económica, social y cultural, con el objetivo constitucional de construir una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales emancipada del mal social de la explotación ,la discriminación y el dominio. En resumen, forjar entre todas y todos un nuevo consenso mayoritario para lograr la ruptura con un período histórico caduco, que no termina de morir y que nos bloquea el presente y amenaza nuestro futuro.


[*] Artículo reproducido mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Quien avisa no es traidor

Este artículo plantea, a aquellos ciudadanos que deseen ejercer su derecho al voto, la necesidad de ejercerlo de modo responsable a partir de la lectura pausada, crítica y comparada de los distintos programas electorales, evitando así el voto de castigo como opción, pues puede servir para apoyar medidas aún no explicadas, pero muy lesivas para los intereses de los ciudadanos.

A pocos días de las Elecciones Generales en España, una de las personas de confianza del máximo candidato a ganar los comicios realiza unas interesantes declaraciones que para nadie deberían de pasar desapercibidas:
"Algunos, los que no se han quejado nunca hasta ahora, van a protestar mucho cuando el Gobierno diga todo lo que hay que hacer para sacar el país adelante"[1].
Debido a la inminencia de las elecciones y los pronósticos dados por las encuestas, esta afirmación merece una seria reflexión. En primer lugar, expresa claramente el convencimiento, por parte de quienes aspiran a gobernarnos, de que las medidas tomadas durante su posible legislatura va a provocar serias reacciones por parte de un importante sector de la población. En segundo lugar, deja claro que el fin de "sacar el país adelante" justifica, para aquel partido político, los medios necesarios para ello.


De cumplirse los resultados previstos por las encuestas, se puede afirmar que se aproximan épocas convulsas para la sociedad. En ese sentido, es llamativo el hecho de que la declaración se refiera expresamente a aquellos ciudadanos que "no se han quejado nunca hasta ahora". Teniéndose en cuenta el cambio de actitud de la sociedad española desde la primavera de este año, que ha pasado del adormecimiento a la movilización, al inicio de un despertar del espíritu crítico, a la reclamación de derechos que la ciudadanía ve peligrar, que en una fecha clave como el 15 de octubre consiguió movilizar a cientos de miles de personas, parece que el candidato a presidir el Gobierno tiene muy claro que su agenda política va a generar un enorme malestar entre la mayor parte de los ciudadanos.

Según se desprende de aquellas declaraciones, para el partido candidato a tomar las riendas del gobierno, el fin justifica los medios. Ahora bien, el programa electoral de este partido no explica cuáles son aquellas medidas que, presumiblemente, provocarán protestas entre la ciudadanía. Esta falta de concreción en su programa ha sido también objeto de críticas internas por parte de Enrique Bellido, Presidente Provincial del partido en Córdoba, quien sensatamente expresa que no cree "debemos hacer la mayoría de los españoles un acto de fe, entregando un cheque en blanco sin haber fijado antes la cantidad que nos costará que nos gestionen lo que es propio y de todos"[2].

La mencionada ausencia de concreción en cuanto a programa de gobierno tampoco crea confianza fuera de nuestras fronteras, donde periódicos de corte conservador como The Wall Street JournalTimes afirman, respectivamente, que "es improbable que las elecciones curen los males de España" o  "los mercados están castigando ya esta falta definición"[3].

En realidad, a pesar del ambiguo e impreciso programa electoral que presenta este partido, bien podemos hacernos ciertas ideas de algunas medidas que plantea. Por ejemplo, el epígrafe 1.4 de su programa "Empleo seguro y flexible para todos" lleva al asalariado a preguntarse si esa flexibilidad es un guiño a los empresarios a la hora de facilitar las condiciones del despido, algo tradicionalmente reclamado por aquéllos. No obstante, son las declaraciones de algunos miembros del partido lo que dejan entrever las verdaderas intenciones de un gobierno que, al igual que el actual, estará plegado a los intereses de la Banca nacional y europea, lo que implica que sus políticas serán una continuación de recortes y privatizaciones. Un ejemplo claro se puede ver en los recientes recortes en educación y sanidad acometidos en las comunidades autónomas gobernadas por este partido[4].

Con las elecciones tan cercanas, es momento de plantearse la motivación del voto. Muchos ciudadanos que desean ejercer ese derecho, justifican su decisión de votar a este partido más por rechazo a Rodríguez Zapatero que por confianza al candidato conservador. Es decir, se trata de un voto de castigo, pero no olvidemos que también de un cheque en blanco que puede permitir un gobierno de mayoría absoluta y justificar así lo que para muchos sería una cuasi-dictadura de cuatro años de duración[5].

Aquellos que aún siguen pensando en el voto de castigo para echar al actual gobierno del poder, quizás tendrían que plantearse seriamente las consecuencias de un gobierno en las condiciones que vaticinan las encuestas. El amplio rechazo al gobierno saliente por gran parte de la población es debido, principalmente, a las políticas de recortes y austeridad, basadas en la aplicación de las doctrinas neoliberales dictadas desde Europa. ¿Acaso no es "austeridad" la palabra que más se repite en los discursos y mítines de los candidatos del Partido Popular? Una austeridad hacia la ciudadanía combinada con un rechazo de plano a subir las rentas a quienes más tienen. Así nunca se ha salido de las crisis sino que, muy al contrario, éstas se han agravado aumentando la brecha entre trabajadores y ricos. Se trata también de la trampa del bipartidismo, dejar de votar a un partido mayoritario para votar al otro, cuando ambos se nutren de la misma falaz doctrina económica.

"Quien avisa no es traidor" es el mensaje que pretende lanzarnos la Secretaria General del Partido Popular. Se trata de una velada advertencia, una declaración de intenciones de lo que su partido, en caso de gobernar, llevaría a cabo. En caso de que así fuera, cuando la ciudadanía en su conjunto saliera a las calles, el partido en el gobierno respondería al unísono que, frente a los cientos de miles de manifestantes en contra de sus políticas de austeridad, el gobierno tiene el respaldo de otros tantos ciudadanos que les confiaron su voto y, efectivamente, fueron avisados de lo que se avecinaba.

Como juiciosamente dice Enrique Bellido: "la democracia es corresponsabilidad y no puede marginarse al pueblo en la toma de decisiones por el mecanismo de pedirle el voto sin darle a conocer las medidas que, una vez cerradas las urnas, se adoptarán". Es decisión de cada ciudadano decidir si ejerce su derecho al voto y, en caso de llevarlo a cabo, realizarlo tras un responsable ejercicio de crítica ante las opciones que se le presenta. No se trata de votar para castigar a quienes lo hicieron mal o de apostar a ganador, se trata de apostar por el futuro que queremos como ciudadanos. Hay alternativas.



[1] "Cospedal vaticina protestas 'cuando Rajoy diga lo que hay que hacer'". Público, 15/11/2011.
[2] "Acto de fe". Montilla Digital, 16/11/2011.
[3] "'The Times' acusa a Rajoy de asustar a los mercados con su indefinición". Público, 16/11/2011.
[4] "Indignados por los recortes en sanidad y educación". Público, 18/09/2011.
[5] "Con mayoría absoluta, el PP aplicaría un programa extremista de derechas". El País, 17/11/2011.

martes, 15 de noviembre de 2011

Diccionario de la Crisis: tecnócrata

tecnócrata.
1. com. Primer ministro de país de la Europa Periférica que alcanza su cargo con la aquiescencia del Banco Central Europeo sin necesidad de pasar por un proceso electoral. Es sucesor de un primer ministro que dimite de su cargo como consecuencia de desacuerdos con los gobernantes de los países de la Europa más rica. Ha trabajado anteriormente para alguna gran multinacional del sector financiero, lo que genera una inicial y esporádica confianza de los llamados mercados.
2. com. Consejero, asesor o miembro de equipo de gobierno cuyo primer ministro, elegido democráticamente, designa con la intención de complacer al Banco Central Europeo. Ha trabajado o guarda relación estrecha con alguna de las multinacionales del sector financiero.


sábado, 12 de noviembre de 2011

La democracia nace en Grecia, la democracia muere en Grecia

El intento de referéndum en Grecia para consultar el futuro de su deuda supuso el fin del gobierno de Yorgos Papandreu, sustituido por una coalición de socialistas, conservadores y ultraderechistas. Este artículo plantea la calidad democrática de Europa que no sólo niega el derecho del pueblo griego a pronunciarse, sino que influye claramente en un cambio de gobierno.

Por unas horas, ciudadanos de todo el globo, concienciados de la situación del pueblo griego, sabedores de su particular condición de conejillo de indias para los gerifaltes de los mercados, nos sentimos aliviados ante la noticia de una convocatoria de referéndum que decidiría el futuro del pacto sobre las medias de rescate y la quita sobre la deuda griega.

El pasado 1 de noviembre, Yorgos Papandreu anunciaba a Europa que había “llegado la hora en que el pueblo griego debía decir el gran sí o el gran no”[1]. Aún sin profundizar en los detalles de la consulta, parecía que la democracia finalmente podía primar sobre los intereses financieros de unos cuantos poderosos. Al pueblo griego se le presentaba la merecida oportunidad de ser consultado sobre asuntos de los que depende su bienestar. Durante los dos días siguientes, evocando su condición de cuna de la democracia, algunos medios aplaudieron a Grecia por el cambio de actitud de su gobierno, aparentemente decidido a escuchar a su pueblo en vez de los dictámenes de las bancas alemana y francesa, además de los lobbys financieros.

No pudo ser. Una cruda dosis de realidad, trazada desde las altas esferas donde moran los verdaderos gobernantes de Europa, volvía a sacudir a la ciudadanía griega y del resto del continente cuando, apenas 48 horas después de la noticia, Papandreu anunciaba la retirada del referéndum[2]. Días después, se forzaba un cambio de gobierno en Grecia.

Son demasiadas preguntas las que tendrían que responder los gobernantes europeos, en su calidad de representantes de la ciudadanía, respecto a las intenciones de sus patrones de la banca y las finanzas. ¿Por qué se ha negado al pueblo griego la determinación sobre cómo afrontar una deuda impuesta desde terceros países?, ¿hasta dónde continuará la sangría griega?, ¿es Grecia un ensayo de lo que espera al resto de la ciudadanía de la Europa periférica?

Quizás nunca sabremos las intenciones de Papandreu al anunciar el referéndum. Puede que se haya tratado de un elaborado farol para tensar la cuerda franco-alemana, quizás un movimiento de estrategia que se nos escapa a los ciudadanos o, simplemente, un ejercicio de decencia democrática tras dos años de gobierno arrodillado a los dictámenes del Banco Central Europeo.

El anuncio del referéndum se recibió, por parte de los mercados internacionales, como un mensaje apocalíptico. La reacción de las bolsas fue el acostumbrado desplome, mientras que las primas de los países de la Europa periférica se disparaban[3]. Empieza a ser preocupante para la salud democrática de nuestros estados que las variaciones de aquellos dos parámetros -bolsas y primas de riesgo- se tomen sistemáticamente como criterio de valoración de las medidas anunciadas por los gobiernos. Aprovechando la cumbre del G-20 celebrada en Cannes, Merkel y Sarkozy llamaron al orden al primer ministro griego.

Al respecto, hay que decir que Papandreu había avisado unos meses antes de que planteaba la posibilidad de que el siguiente rescate fuese aceptado bajo el marco de una previa consulta popular[4]. Por tanto, no es justo que el primer ministro griego pudiera ser tachado de traidor a Europa, quien con su irresponsabilidad pusiese en peligro al euro y a la Unión en sí misma. El interés de Merkel y Sarkozy coincide con el de los principales bancos de sus respectivos países, los principales acreedores de la deuda griega. A la presión de aquéllos se sumaron las duras palabras de José Manuel Durão Barroso, presidente de la Comisión Europea, quien advirtió que "Sin el acuerdo de la UE y el FMI sobre Grecia, las condiciones de los ciudadanos griegos pasarían a ser mucho más dolorosas, en especial para los más vulnerables", a lo que agregó que "Las consecuencias serían imposibles de prever"[5].

Parece que desde el otrora próspero eje París-Berlín nadie piensa en la situación de la ciudadanía griega. ¿Es acaso realista pensar que una deuda cuyos intereses están en torno al 20%, mientras los de Alemania están a sólo un 2%, es pagable sin consecuencias[6]? Hablamos de una deuda que se acerca a los 20.000 euros por habitante de aquel país[7]. Así, las primeras consecuencias las lleva sufriendo el pueblo griego desde hace meses, cuya única opción de protesta es la movilización, que ejerce casi a diario aunque de ello apenas se hable en los informativos españoles. La ciudadanía griega vive inmersa en brutales recortes que han paralizado el consumo interno, conducido a millares de griegos a una pobreza generalizada y sin remedio a corto plazo[8]. Mientras tanto, las clases altas intensifican sustancialmente la fuga de capital a los bancos suizos[9].

No cabe duda que, si hubo alguna vez intención real por parte de Papandreu de convocar un referéndum,  fue debido a la magnitud de las movilizaciones de la ciudadanía. Los días 19 y 20 de octubre se produjeron las mayores manifestaciones hasta la fecha, que convocaron a más de medio millón de personas sólo en la plaza Syntagma de Atenas. Dada la situación actual, existe la posibilidad de que todo el anuncio del referéndum no fuera más que un montaje pactado desde las altas esferas, cuyos principales escollos eran los peligros de revueltas sociales y, sobre todo, una hipotética intervención del Ejército mediante un golpe de estado. El propio anuncio de referéndum pudo servir para ilusionar, enfriar los ánimos de una población deseosa de un mínimo atisbo de esperanza. El Ejército, preocupante por su propia naturaleza y las abiertas simpatías mostradas desde algunos sectores de aquél hacia la ciudadanía[10], fue hábilmente descabezado por el ejecutivo de Papandreu apenas 24 horas después del anuncio de la consulta popular[11].

En cualquier caso, los planes del BCE y las bancas francesa y alemana pesaron mucho más que las legítimas reivindicaciones del pueblo. El recién estrenado ejecutivo griego se trata de un "gobierno de unidad" formado por la coalición del Partido Socialista (PASOK), Nueva Democracia (ND) y la Concentración Popular Ortodoxa (LAOS) -partido de ultraderecha-, liderado por Lukas Papadimos, cuya condición de ex-alto cargo en el Banco de Grecia y en el Banco Central Europeo crea una duda razonable acerca de su idoneidad para servir a los intereses del pueblo griego.

Las primeras instrucciones al nuevo gobierno llegan de la mano de Merkel y Sarkozy, quienes reiteran al Gobierno griego la necesidad de aplicar sus compromisos con el BCE, es decir, aplicar nuevas reformas, condición necesaria para recibir nuevas ayudas económicas[12]. Es dudoso, vistos los precedentes, que esas ayudas sirvan para mejorar las condiciones actuales de la ciudadanía griega. Por ejemplo, parte de las ayudas anteriores sirvieron para saldar la deuda de la Armada de Grecia con la compañía alemana Thyssenkrupp Marine Systems por la compra de unos modernos submarinos[13].

Las recetas neoliberales para salir de la crisis han demostrado ser no sólo inútiles sino nocivas para las economías a rescatar. La ciudadanía es la que sufre principalmente las medidas planteadas, eufemismo para referirse a recortes y reducción de derechos. Hemos olvidado que Islandia, e incluso las economías del Cono Sur, como Argentina, sólo pudieron salir de sus respectivas crisis cuando dijeron “no” a seguir el juego de los rescates y las deudas odiosas.

Ante la situación política y social que se está produciendo en Grecia, a la ciudadanía europea no nos queda más remedio que exigir explicaciones a nuestros representantes en Europa de lo que está ocurriendo, tenemos derecho a conocer el porqué de ese trato antidemocrático al pueblo griego, por qué motivo se le ha negado el derecho de decidir sobre el pago de la deuda y, posteriormente, de elegir a sus representantes en el nuevo gobierno; que se aclare si ese cambio de gobierno se trata de un golpe de estado de-facto organizado desde las altas instancias europeas y, si es así, que se explique claramente el destino que nos tienen planificado para el resto de la ciudadanía europea, porque la Democracia cada vez parece más utópica en nuestro continente.


[1] “Grecia convoca un referéndum para aprobar el pacto de la quita”. Público, 1/11/2011.
[2] “Papandreu decide retirar el referéndum sobre el plan de rescate”. Público, 3/11/2011.
[3] “El referéndum de Grecia estrella las Bolsas europeas y castiga la deuda soberana”. RTVE Noticias, 1/11/2011.
[4] “Los logros de los ‘indignados’ en Grecia destacados en la prensa extranjera, ignorados en España”, 8/06/2011.
[5] “Merkel y Sarkozy a Grecia: o el rescate o el caos”. Público, 2/11/2011.
[6] Rosa Mª Artal (noviembre 2011): "Cataclismo griego ¿Miedo a la democracia?". ATTAC España.
[7] "Grecia: cada ciudadano debería pagar 20.000 euros para normalizar la deuda". El Economista, 8/11/2011.
[8] "Greece Threatened with Widespread, Long-Term Poverty". Spiegel, 19/07/2011.
[9] "Fuga de capitales en Grecia: ciudadanos desvían más de 200.000 millones a Suiza". El Economista, 19/10/2011.
[10] "Grecia, las fuerzas militares se unen a las manifestaciones". 4/10/2011.
[11] "Papandreu releva por sorpresa a la cúpula del Ejército". Cinco Días, 1/11/2011.
[12] "Merkel y Sarkozy reiteran a Papademos que cumpla con celeridad los compromisos". Europa Press, 12/11/2011.
[13] Juan Hdez. Vigueras (noviembre 2011): "El problema de Grecia". Blog Dominio Público.

martes, 8 de noviembre de 2011

Después del gran debate toca reflexionar

Este artículo plantea el debate electoral entre los candidatos de los dos partidos mayoritarios como indicador de la calidad de la democracia en el estado español, donde el bipartidismo se da como un hecho, polarizando a la ciudadanía hacia uno u otro partido político, hecho que condena a las demás opciones a un segundo plano.

Con una periodicidad de aproximadamente cuatro años se produce un nuevo debate del siglo, un "cara a cara" entre los dos candidatos de turno a la presidencia de gobierno de los dos partidos mayoritarios. La natural expectación de los días previos suele desembocar en ubicuas tertulias durante el día después donde muchos ciudadanos, queramos o no, nos encontramos en medio de tensos debates improvisados entre partidarios de uno u otro candidato, a quienes ven respectivamente como "vencedores" de la contienda de la noche anterior. En la mayoría de aquellas charlas de café es tangible la falta de espíritu crítico que se ha concedido a la ciudadanía, absorta en su mayor parte en un debate que, visto fríamente, puede resumirse en un continuo "y tú más".


Así, el apasionamiento que muestra una importante cantidad de ciudadanos raya el fanatismo propio de forofos de los deportes de masa. En realidad llevamos muchos años instalados en el bipartidismo, en la elección entre dos únicas opciones a las que los medios nos fuerzan a que nos sintamos identificados: Real Madrid o Fútbol Club Barcelona, sin más. Es verdad que un debate así tendría que ser una fuente importante de información para el ciudadano a la hora de decidir su voto, puesto que ese "cara a cara" es la oportunidad para cada candidato de contrastar el programa electoral del partido que representa con el de su oponente. Pero, honestamente hablando, ¿alguien tiene la sensación de que esto haya ocurrido en este último debate?, ¿acaso ha ocurrido en alguno de los más recientes?

Sin embargo, la oportunidad para el ciudadano de decidir el voto queda limitada ante el evidente sesgo ocasionado por el bipartidismo rampante al que nos somete este tipo de debates. ¿Acaso no existen otras opciones?, ¿por qué siempre son los debates a dos partes?, ¿por qué no se invitan a otros candidatos? El mensaje implícito es que sólo aquéllas son las opciones válidas, cualquier otra elección supone prácticamente tirar el voto. Lo dice la televisión. De hecho, en las tertulias del día después todos hemos podido oír a alguien decir aquello de "votaré a Fulanito, a ver si lo hace mejor que Menganito". Pero, vamos a ver, ¿a dónde quedó la mentalidad crítica que se le presupone a cualquier ciudadano con derecho a voto? La cuestión de hacerlo "mejor" o "peor", según el criterio particular de cada uno, es algo que tendría que estar reflejado con perfecta claridad en los programas electorales de los partidos políticos, que tendrían que ser el principal factor para decidir el voto.

Por contra, el panorama que se nos presenta es un montaje mediático que roza el ridículo, entre un candidato que promete cosas que no hizo mientras tuvo la oportunidad y otro que simplemente evita comprometerse más de lo necesario. No hubo debate. Se jugó al gato y al ratón, se cumplió el guión establecido del "y tú más", se dio una nueva vuelta de tuerca al bipartidismo. La mediatización de estos debates es tan evidente que la ciudadanía tendría que plantearse si realmente merece la pena ser cómplice de tal montaje, cuyo coste ha ascendido a los 550.000 euros[1].

No se profundizó realmente en lo que preocupa a los ciudadanos. No vale sólo con prometer puestos de trabajo, no basta con hablar del fin de la crisis. Son vaguedades. La ciudadanía merece ser tratada con respeto, no como simples máquinas de votar, lo cual supone un insulto a la inteligencia[2]. Hay que explicar a la ciudadanía el camino que piensan tomar para crear empleo, para salir de la crisis. Explicaciones serias, razonadas, evitando imprecisiones. No basta con prometer puestos de trabajo, también hay que asegurar la calidad de aquéllos, dado que hoy en día ser mileurista ha llegado a ser un lujo, teniendo en cuenta las precarias condiciones de muchos empleos. Faltaron además menciones explícitas a problemas tan graves como la corrupción -que ha salpicado a miembros de ambas formaciones políticas-, a la grave polarización de las rentas entre trabajadores y ricos, a las injustas políticas fiscales que favorecen tal polarización, o al rampante fraude fiscal; cuestiones sumamente importantes que empobrecen al estado español no sólo en lo económico sino en la calidad de la democracia en sí misma. Pero es que, además, los ahora presentados como contrincantes no tuvieron reparo en negar a la ciudadanía el derecho a expresarse a través de un referéndum cuando se trató de cambiar la Constitución. En aquel momento, ambos partidos fueron de la mano para tramitar una ley que polariza a la Carta Magna hacia el neoliberalismo. Ante tales condiciones es dudoso pensar que estos partidos políticos se deban en primer lugar a la ciudadanía, máxime cuando los últimos presidentes y algunos ex-ministros se encuentran actualmente acomodados en el seno de importantes corporaciones, las cuales forman parte de los temidos "mercados"[3].

Vivimos sumidos en una democracia incompleta, donde el "poder del pueblo" queda limitado al ejercicio de depositar una papeleta en una urna de vez en cuando, al que eufemísticamente se llamará "la Fiesta de la Democracia". Durante los próximos cuatro años se dictarán leyes, se cambiarán otras sin consultar a la ciudadanía, se gobernará -según sus propias palabras- de acorde a los dictados de los "mercados". Argumentarán que no hay dinero, que hay que cumplir irreales objetivos de déficit, previamente pactados a fuego de ley entre ambos partidos, mientras los ciudadanos sufren un continuo empobrecimiento, los pensionistas con sus sueldos congelados, los funcionarios condenados a pagar un peaje por el hecho de haber aprobado unas oposiciones. Los pobres seremos más pobres; los ricos, más poderosos.


Notas:
[1] "El 'cara a cara' pierde audiencia al ganar cadenas". Informativos Telecinco, 8/11/2011.
[2] "El discurso agresivo de Rubalcaba choca con un Rajoy sin propuestas". Público, 8/11/2011.
[3] En Ciencia Política se define como efecto "puerta giratoria" al cada vez más común movimiento de personas entre puestos de altos cargos políticos y posiciones de gran responsabilidad en grandes empresas privadas. En este sentido, este fenómeno comienza a ser preocupante en tanto que parece que algunos gobernantes invierten una parte de sus esfuerzos en hacer méritos para agradar a futuros patrones. Véase el artículo "El efecto “puerta giratoria” y la corrupción política".

sábado, 29 de octubre de 2011

¿Nos encontramos ante el inicio de una auténtica revolución mundial?

Este artículo analiza la progresiva intensificación de movilizaciones ciudadanas en todo el mundo y la consecuente posibilidad de que nos encontremos a las puertas de una revolución contra los grandes poderes, identificados como culpables del continuo deterioro de la calidad de vida en Occidente y de la creciente pobreza en los países en vías de desarrollo.

De Tahrir a Sol

Desde la llamada Primavera Árabe se han ido sucediendo movilizaciones ciudadanas con cada vez mayor repercusión mediática. Hablamos de una ciudadanía que, tras la crisis del 2008, había aceptado sumisamente todo tipo de agresiones a su nivel de vida, una contrarrevolución orquestada desde los grandes poderes financieros contra la cual, por fin, comienzan a vislumbrarse esperanzadoras respuestas, como las manifestaciones globales del pasado 15 de octubre.

Los parabienes iniciales de la maquinaria mediática occidental hacia las movilizaciones en Egipto y Túnez, pronto se convertirían en silencio y, más tarde, descrédito hacia los movimientos surgidos en suelo europeo, principalmente en el estado español. Para los medios más conservadores, los héroes de la plaza de Tahrir se convertían en perroflautas al ocupar Sol. Este doble rasero tiene una sencilla explicación: aquellos medios sitúan a las sociedades islámicas en un mundo aparte y atrasado, por lo que hablar de revueltas allí es como referirse al -para nosotros ejemplarizante- anhelo de unos pobres extranjeros que aspiran a los modelos occidentales, idealizados por los mencionados medios. Sin embargo, el panorama real consistía en una ciudadanía cansada de las políticas neoliberales de sus tiranos. En Occidente la ciudadanía llevaba demasiado tiempo soportando ese mismo tipo de política por parte de sus representantes democráticamente elegidos.

Ahora bien, a pesar de la indiscutible diferencia en los niveles de vida entre unos y otros países, ¿qué diferencia hay entre ser gobernado por un presunto tirano o por un político democráticamente elegido cuando, en ambos casos, se va a legislar según los dictados de los mismos poderes financieros? Los sectores plegados a aquellos poderes por nada del mundo querrían que se despejase esa incógnita. En Occidente teníamos que seguir viviendo en la inopia de creernos en la cuna de las libertades y derechos, mientras éstos últimos eran -y siguen siendo- sigilosamente recortados.

Del 15M al 15O

La Spanish Revolution, el denominado movimiento indignado, supuso el despertar de una parte de la ciudadanía, una toma de conciencia de clase, lenta pero progresiva. Tanto que nos deleitábamos los españoles de nuestro propio inmovilismo, tanto acusar a la juventud de no protestar por el gran desempleo, la misma alabada como la mejor preparada de la historia que a su vez, paradójicamente, era etiquetada como la que "ni estudia ni trabaja".

Se rompieron las cadenas que nos engrilletan a los medios de comunicación convencionales. La gente empezó a dudar, a preguntarse si había otra opción que el gris destino que espera a la clase trabajadora. La ciudadanía reclamó probar el fruto del árbol prohibido, pidió conocer, salió a la calle. La rabia del pueblo se había desatado del modo más desconcertante para los poderosos: pacíficamente. Las acampadas no eran las protagonistas, por mucho que quisieran los capataces mediáticos al servicio de sus amos del gran capital, sino las asambleas que se realizaban en las plazas de todo el país.

No fue algo espontáneo, como algunos pretenden hacer entender. Gran parte de la intelectualidad progresista llevaba tiempo denunciando las terribles consecuencias de las políticas neoliberales y el inevitable camino a la pobreza al que conduciría a la ciudadanía. Nos contagiamos de Tahrir porque estos académicos desafiaron al mensaje oficial que predicaba las bondades de los mercados sin regularizar, del control del déficit público, de la supremacía de lo privado, de la flexibilidad laboral para crear empleo.

Una vez más, se subestimó la inteligencia del pueblo. El insulso botón “me gusta” de Facebook se empleó para divulgar interrogantes, dudas sobre el presente, inquietudes sobre el futuro. Las redes sociales de Internet eclipsaron los canales tradicionales de comunicación. Tal ha sido su amenaza que en el Reino Unido se pretendió aplicar censura sobre estos medios, tomando como excusa las violentas revueltas acontecidas en junio[1]. En el mismo sentido, el eurodiputado del Partido Popular Europeo Tiziano Motti propuso que los ordenadores vendidos en la UE incorporasen una “caja negra” que registre los movimientos de sus usuarios con la excusa de prevenir el crimen cibernético[2].

Los movimientos ciudadanos se fueron extendiendo a otros países, el continuo negacionismo de los medios de comunicación era puesto en evidencia por los ciudadanos de Israel y EEUU. Las protestas ya no tenían lugar en países de la periferia mundial o de la segunda fila europea. Se pedía justicia social y, más que nunca, se reconocía y señalaba a los auténticos culpables del deterioro mundial del nivel de vida de la clase trabajadora. Wall Street era ocupado simbólicamente por miles de neoyorquinos, el movimiento pronto se extendería a todo el país. El sentimiento de indignación se volvía global.

¿Nos encontramos ante una revolución?

Desde los años 1970 lleva produciéndose una auténtica contrarrevolución orquestada desde los grandes poderes, inicialmente silenciosa en los países ricos, pero indudablemente perjudicial para los intereses de la clase trabajadora de todo el globo. Como explica Naomi Klein en su libro La Doctrina del Shock, el golpe de estado de Chile de 1973 supuso el inicio de un ensayo de lo que debería ser el neoliberalismo en su estado más puro. Respecto a los ciudadanos europeos y estadounidenses, ajenos a lo que entonces acontecía, Noam Chomsky menciona a menudo las palabras de Douglas Fraser en 1978, entonces presidente del sindicato más importante de los EEUU, quien acusa a los "dirigentes de la comunidad empresarial" de haber "escogido seguir en tal país la vía de la guerra de clases (class war) unilateral, una guerra de clases en contra de la clase trabajadora, de los desempleados, de los pobres, de las minorías, de los jóvenes y de los ancianos, e incluso de los sectores de las clases medias de nuestra sociedad"[3].

Era cuestión de tiempo que, en paralelo al aumento de la virulencia de las agresiones a la clase trabajadora, ésta reaccionase para exigir, de algún modo, el fin de aquellas hostilidades que sólo conducen al empobrecimiento de los ciudadanos. Hoy estas condiciones son más patentes que nunca, cuando la democracia es una caricatura de lo que debería de ser y la clase política en el poder ha dado completamente la espalda a la ciudadanía en pos de gobernar según los criterios e intereses de la clase dominante.

De la reacción de parte de la ciudadanía en la mayoría de los países occidentales mediante movilizaciones permanentes podemos deducir que se empiezan a dar las condiciones para una próxima revolución mundial. Por necesidad, toda revolución parte de las masas, a partir del momento en que éstas adquieren el empuje suficiente para intervenir directamente en los acontecimientos históricos. Entiéndase que la ciudadanía es, por definición, conservadora. Lo es en el sentido en que la ciudadanía acepta, bajo condiciones normales, las instituciones y relaciones de poder existentes como si fueran inamovibles. La ciudadanía muestra, por tanto, un considerable margen de tolerancia hacia excesos y abusos desde los poderes políticos y económicos que estos últimos capitalizarán mientras la masa no reaccione en términos de ruptura con la situación que considera inaceptable.

Resulta injusto, sin embargo, exigir a quienes empiezan a mostrar su hartazgo hacia la situación actual que planteen alternativas. Hay que considerar que una gran parte de la masa social ya ha dado un gran paso al identificar lo que no quiere, lo que rechaza. Al respecto se dan dos extremos igual de perniciosos para cualquier proceso revolucionario en estado embrionario: por una parte, aquellos que justifican su inmovilismo -e insolidaridad- con la excusa de la falta de alternativas concretas; por otra, quienes esperan encontrar entre quienes se movilizan a un grupo de revolucionarios extremistas con unas ideas preconcebidas.

Para comprender la dinámica básica de la revolución podemos tomar el símil de una máquina de vapor[4]. La ciudadanía que empieza a moverse actúa expandiéndose como el vapor, es decir, conlleva una energía que, de por sí, está condenada a disiparse. Por eso, la primera respuesta de los grandes poderes consiste en  imponer el silencio mediático a cualquier movilización[5]. Continuando el símil, la energía del vapor ha de concentrarse en una caldera y recogerse por medio de un pistón. Este papel necesariamente lo ha de cumplir  algún ente organizativo. Los medios de comunicación alternativos -sobre todo la Red- está permitiendo un nivel de cohesión y transmisión de ideas nunca visto antes en la historia. Siempre que no se olvide que la fuerza viene de la ciudadanía, el vapor, las masas, la transmisión de energía en esta máquina de vapor, la conversión en movimiento, es muy factible.

A medida que se agudice el conflicto entre las clases, mayor número de ciudadanos se unirán a las movilizaciones. La reacción por parte de los grandes poderes ira en función de la magnitud en que perciban amenazas hacia sus privilegios. Sus recursos, tanto mediáticos como económicos, les servirán para crear opiniones dispares, comprar disidencias, difundir la indiferencia. Asimismo, sus respuestas represivas a las movilizaciones serán más contundentes según éstas se acerquen a los centros económicos más estratégicos[6].

Sin embargo, no olvidemos que, además de la reacción de los grandes poderes, surge el peligro de elementos extremistas que se aprovechen de la situación de descontento. Esto ocurrió en los años 20 y 30 del siglo pasado, que permitieron el ascenso de los totalitarismos en Europa. Entiéndase que es la conciencia de las masas la que determina el camino de los procesos revolucionarios. La ciudadanía comienza a tener bien claro lo que no quiere, es por eso la importancia de los esfuerzos de académicos e intelectuales por explicar lo que ocurre. El éxito de cualquier revolución pasa por la información, herramienta necesaria para la concienciación de las masas de la importancia de unirse a las exigencias de cambios que permitan alcanzar un orden más justo para todos.

El futuro no está escrito, por mucho que los más poderosos se empeñen en imponernos planes de ajustes, precariedad y gris futuro. Más que nunca, la ciudadanía tiene en sus manos exigir un cambio global, emprender un camino hacia un mundo más justo, más ecológico, más sostenible, en fraternidad. Las revoluciones siempre implican ruptura, justificada ahora más que nunca ante una crisis sistémica que amenaza la existencia de la sociedad misma. La revolución mundial sólo será posible cuando gran parte de la clase ciudadana camine hacia la misma dirección. Cada persona que sueñe con una sociedad más justa tiene la tarea revolucionaria de apagar los televisores, informarse con espíritu crítico, escéptico, explicar a quienes le rodean de la situación real, de la fuerza de la ciudadanía unida.


Notas:
[3] Por ejemplo, véase el prólogo del libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar en España de Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón.
[4] Véase. por ejemplo, el prólogo de Historia de la Revolución Rusa de León Trotski.
[5] Recordemos que el 16 de mayo de 2011 apenas ningún medio de comunicación tradicional hizo eco de las masivas movilizaciones el día anterior.
[6] Al respecto, nótese la violencia desmedida de la policía estadounidense frente a las movilizaciones de los manifestantes de Occupy Wall Street.

martes, 25 de octubre de 2011

Algunos motivos por los que una amplia mayoría de los ciudadanos apoya al movimiento 15M

A partir de las recientes encuestas publicadas en el diario El País, donde se registra un importante apoyo por parte de la ciudadanía hacia los llamados movimientos de indignación, este artículo discute algunos de los motivos que hacen despertar tales simpatías a pesar de la presión mediática de los sectores más conservadores y su poderosa propaganda en contra de todo lo que implique movilización ciudadana.

Desde que parte de la ciudadanía comenzó a movilizarse, se han realizado sucesivas encuestas de opinión que muestran las simpatías que este movimiento despierta en una parte importante de la población. Esto demuestra que el movimiento 15M ha calado en la sociedad mucho más de lo que ciertos sectores hubieran deseado y de lo que, incluso en los momentos actuales, están dispuestos a aceptar.

Los primeros estudios publicados se realizaron entre los días 1 y 6 de junio[1]. Por vez primera se preguntaba directamente a los ciudadanos por su opinión sobre este asunto en vez de polarizarlos -habitualmente en contra- a través de los medios. Los resultados de las primeras encuestas no dejaban lugar a dudas: el 73,3% de los encuestados aprobaba las manifestaciones del movimiento 15M, frente al 19,2% que las desaprobaba. Resultados similares, un 72% a favor frente a un 10,3% en contra, se obtenían cuando se preguntaba sobre las ideas que defiende el movimiento.

Aún resuenan en nuestras memorias aquellos momentos en los que El Cairo y Túnez fueron el centro de la noticia, lugares donde la ciudadanía ocupaba las calles hartas de una falsa democracia, de la miseria y la corrupción. Por aquel entonces, aquellas revueltas eran vistas incluso con simpatía desde los medios de comunicación occidentales, las noticias eran interpretadas como una confirmación del oasis democrático que representa Occidente, supuesto modelo al que aspiraban los manifestantes egipcios y tunecinos.

Sin embargo, poco después sería la ciudadanía española la que saldría a la calle como respuesta a las asfixiantes medidas neoliberales que condicionaban su futuro: el mismo tipo de política que había determinado el nacimiento de la llamada Primavera Árabe. En esta ocasión, la maquinaria mediática española tradicional castigaría primero con el silencio y, más tarde, con la descalificación a los ciudadanos que decidieron ejercer su derecho a manifestarse.

Sin banderas, sin partidos, sin sindicatos, sin violencia. Por muy mal uso que se quisiera aplicar al término antisistema, la actitud de las personas que día a día se fue adheriendo al movimiento 15M ha sido ejemplar. Así, desde el principio, la única estrategia posible para los detractores del 15M consistió en desacreditar a las acampadas. La maquinaria de propaganda de los medios se cebó con el aspecto físico de algunos de los acampados -insistiendo en el eterno recurso de despertar prejuicios- o, directamente, difundiendo dudosas historias acerca de suciedad y demás muestras de incivismo. La realidad era otra fácilmente comprobable. Cualquier ciudadano podía acercarse a la plaza de su ciudad y participar en las asambleas que diariamente se han ido realizando. Incluso sin desplazarse a Sol, hay cientos de vídeos de las asambleas colgados en Internet donde cualquiera puede comprobar la heterogeneidad de las personas allí presentes y escuchar sus propuestas. Los problemas de convivencia en las acampadas fueron mínimos a lo largo de toda la geografía español, a pesar de lamentables intentos de reventar los actos por algunos descerebrados o, aún peor, algunos intentos institucionalizados de desestabilizar las acampadas a base de trasladar a las plazas a gente dispuesta a ello. Simplemente, no se podía atacar al movimiento 15M por sus ideas, consensuadas por miles de ciudadanos reunidos en asamblea e interconectados por Internet, con un elemento común: un enorme descontento con la realidad política y económica del país, consecuencia directa del grave déficit democrático que vivimos.

El resto de la población española, incluso quien no ha participado en manifestación alguna o se conforma con creer que la solución a los problemas del país pasan por continuar en el juego del binomio bipartidista, no puede dejar de ser permeable con parte de los mensajes que surgen desde el movimiento 15M. Así, según la última encuesta realizada al respecto[2], el 73% de los encuestados da la razón a los participantes en las movilizaciones, mientras el 63% considera que las protestas han de continuar.

Comparando los resultados de las encuestas de junio y de octubre se comprueba que el apoyo popular al 15-M se mantiene, a pesar de los mencionados intentos de desprestigio que ha sufrido desde los medios de comunicación tradicionales. Esto es síntoma de que los mensajes de estos movimientos ciudadanos van penetrando en la población, lo que se demuestra en la última encuesta donde se recoge que el 81% de los encuestados opina que quien realmente manda en el mundo son los mercados. Al respecto, quien haya asistido a las sucesivas manifestaciones entre el 15 de mayo y el 15 de octubre habrá podido comprobar la evolución en los lemas de las pancartas, las cuales inicialmente se centraban en las responsabilidades de los políticos, mientras ahora señalan principalmente a los banqueros y grandes empresarios como culpables de la crisis.

El impulso definitivo en la opinión pública de los movimientos de indignación en España puede venir a través de las noticias que vayan llegando de movimientos similares en otros países, principalmente los Estados Unidos, y, sobre todo, del devenir económico y social de Grecia y Portugal. La internacionalización del conflicto entre clases va reforzando la credibilidad de los movimientos de indignación, puesto que deja de parecer un asunto de unos pocos para aflorar como la respuesta ciudadana global a un problema que afecta a todos.

La sociedad española, incluso los sectores populares más conservadores, cada vez es más consciente de la degradación democrática que sufre el estado en su conjunto. Es por ello que incluso una mayoría de los votantes del Partido Popular -un 55%- apoya las reivindicaciones del 15M. Presumiblemente, dado el continuo alejamiento de los políticos de los partidos mayoritarios de la realidad de los ciudadanos en aras de satisfacer a los sempiternos mercados, la percepción del mencionado déficit democrático será cada vez más acusado, lo que actuará como elemento aglutinador de una ciudadanía cada vez más descontenta.

Es cuestión de tiempo que, dadas las nulas perspectivas de cambios a mejor para la ciudadanía, las masas se movilicen para mostrar su descontento. Como ya ocurrió en otras épocas, tendrán lugar importantes polarizaciones de opinión en la clase trabajadora. Al igual que tras el crack de 1929, las peores ideologías encontrarán en una población desencantada el lugar idóneo donde plantar las semillas del totalitarismo y el odio. Esta vez, por suerte, una ciudadanía informada, con infinitamente mayor nivel cultural y educativo que entonces, ha tomado la delantera, movilizándose, esgrimiendo argumentos, exigiendo democracia para todos.