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miércoles, 26 de junio de 2013
Un premio a la ministra de Trabajo con toda la lógica
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Isaac M. Casaubón
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domingo, 9 de diciembre de 2012
La lucha de clases explicada por un empresario chino
De la vigencia de la lucha de clases no puede quedar dudas tras leer las declaraciones de un empresario chino afincado en España. Sus opiniones, coincidentes con los próceres del gran empresariado español, muestran las intenciones de los ataques dirigidos desde su clase hacia los derechos de los trabajadores.
Hay que agradecer al empresario chino Fernando Zhou su sinceridad en la entrevista que recientemente concedió al periódico El País[1]. En sus declaraciones defendía abiertamente la reciente reforma laboral, se mostraba en contra del derecho a huelga y a favor del despido gratuito, justificando esto último con que tal medida incentivaría a los empleados a trabajar más.
Hay que agradecer al empresario chino Fernando Zhou su sinceridad en la entrevista que recientemente concedió al periódico El País[1]. En sus declaraciones defendía abiertamente la reciente reforma laboral, se mostraba en contra del derecho a huelga y a favor del despido gratuito, justificando esto último con que tal medida incentivaría a los empleados a trabajar más.
Las palabras del empresario chino no tardarían en ser desaprobadas por parte de muchos de los participantes de los foros que hicieron eco de la noticia. Algunos calificaban tales declaraciones como propias de un esclavista; otros, menos sutiles, sugerían al empresario el inmediato regreso a su país de origen[2].
A todo esto, basta con tirar de hemeroteca para encontrar declaraciones similares, quizás menos directas, de homólogos españoles que defienden los mismos principios de reducción de derechos de los trabajadores. Entre aquellas se pueden encontrar las del ahora infame Díaz Ferrán, quien pedía a los trabajadores aquello de que hay que trabajar más y ganar menos[3], y las de su actual sucesor en la presidencia de la CEOE, Juan Rosell, quien aboga por la limitación del derecho a huelga[4]. No obstante, el problema de la precariedad laboral en España no se solucionaría deportando al señor Zhou a China, incluso aunque fuese acompañado de Díaz Ferrán y Rosell.
Las declaraciones del empresario chino sugieren la vigencia de la denominada lucha de clases, es decir, el choque de intereses entre las fuerzas que controlan el capital y quienes ofrecen su fuerza de trabajo en cualquiera de sus variantes. Ya identificada por Nicolás Maquiavelo en el siglo XV, esta lucha, connatural a toda sociedad dividida en clases, ha existido desde siempre, adaptada a las situaciones coyunturales de cada época.
En la actualidad esta lucha se ha recrudecido fundamentalmente desde una de las partes. Mientras la clase trabajadora apenas comienza a reaccionar, los grandes poderes financieros plantean, como próximo botín de guerra, el modelo de sociedad sugerido por el empresario en la entrevista. La ciudadanía se encuentra en el punto de mira de un grave proceso de destrucción de derechos políticos, sociales y sindicales cuyo final no puede ser otro que la desaparición de todo atisbo de libertad e igualdad.
Las élites financieras, y sus partidarios, están imponiendo unas nuevas reglas para un juego en el que, en estos momentos, se saben ganadores. Por primera vez en la historia, las conquistas sociales van en retroceso mientras la sociedad aún no tiene claro de dónde vienen los tiros. Así, muchos ciudadanos siguen culpando a los políticos en general, como si fuesen una clase aparte, mientras otros se conforman con señalar a los funcionarios, a los sindicalistas o a los inmigrantes como la causa del problema.
Las palabras de Zhou, sin embargo, son clarísimas al respecto: "Los [trabajadores] chinos apoyan al empresario. Si el negocio no va bien, se bajan el sueldo. Y los [trabajadores] españoles quieren que se cumplan sus derechos. España va mal". El problema queda reducido, desde su punto de vista, al pavoroso pragmatismo de que los derechos de los trabajadores han de estar subordinados al éxito de los negocios, cosa que guarda sospechosa similitud con la necesidad de someter la soberanía nacional a los dictados de los mercados.
¿Acaso no se trata del principal postulado del dogma neoliberal? Los gobiernos actuales se han atribuido el papel de ejército de choque contra la clase trabajadora, por esto todas las medidas de austeridad van en su perjuicio. Declaraciones como las de Zhou han de ser tomadas como una pista clara del futuro que nos depara a la mayoría si nos mantenemos ajenos a todo lo que está pasando, en definitiva, desclasados. Esta situación sólo se podrá revertir, o al menos frenar, cuando la ciudadanía tome conciencia de clase y pase a reclamar con una sola voz los derechos que jamás le debieron ser ni siquiera discutidos.
[1] "“Con despido gratis se trabajaría más”". El País, 6 de diciembre de 2012.
[2] Véanse, por ejemplo, los comentarios al respecto en Menéame, 7 de diciembre de 2012.
[3] "Díaz Ferrán desata la tormenta: "Hay que trabajar más y ganar menos para salir de la crisis"". Expansión, 14 de octubre de 2010.
[4] "Rosell aplaude la reforma laboral y pide revisar el derecho de huelga". Público, 15 de febrero de 2012.
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martes, 14 de agosto de 2012
Amenazan con bajar los salarios (una vez más)
La reciente recomendación del Banco Central Europeo de reducir los salarios de los trabajadores españoles forma parte de la hoja de ruta de las altas jerarquías que controlan Europa que, siguiendo el dogma neoliberal, aspiran a la completa liberalización del mercado laboral y la destrucción de cualquier atisbo de protección social.
El Banco Central Europeo vuelve a atacar a los asalariados españoles con nuevas recomendaciones[1] que, más temprano que tarde, el Gobierno español acatará -como es costumbre- a pie juntillas. Los tecnócratas europeos mencionan la necesidad de nuevas reformas estructurales que, explícitamente, asocian a nuevos recortes sociales y, sobre todo, a la disminución de los salarios. Todo ello, como de costumbre, en nombre de la ansiada competitividad.
A pesar del envoltorio de neutralidad con el que se pretende disfrazar, el concepto de competitividad tiene un fuerte sesgo ideológico. Las recomendaciones del BCE siguen la lógica del neoliberalismo, entre cuyas aspiraciones se encuentra la desregularización de los mercados laborales y, en consecuencia, la disminución de los salarios. Evidentemente, la petición del lobby bancario europeo de "nuevas reducciones significativas en los costes laborales unitarios"[2] va en ese sentido.
En nombre de la competitividad, la depreciación del valor de la fuerza de trabajo en Europa -especialmente la periférica-, es un hecho que viene dándose con especial virulencia en los últimos años. En el caso de España, esta depreciación no sólo ha afectado a los sueldos de funcionarios y trabajadores públicos, sino a los de absolutamente todos los asalariados. Es necesario recordar que el salario de cada trabajador no se limita a la paga que percibe cada mes -que sería el denominado salario directo- sino a los servicios públicos a los que tiene acceso a un precio inferior al que supondría si se tratase de una prestación privada, como la sanidad o educación públicas, -salario indirecto- o las prestaciones que aquél recibirá una vez finalizada su vida laboral, fundamentalmente la paga por jubilación, que correspondería al salario diferido. Así, desde la perspectiva del concepto global de salario -la suma del directo, el indirecto y el diferido-, la sucesión de reducciones de salarios queda patente si se tiene en cuenta el retraso de la edad de jubilación -de 65 a 67 años- y el aumento del tiempo computado para el cálculo de la paga de jubilación[3], correspondientes al salario diferido; o los continuos recortes en educación, sanidad y otros servicios públicos, correspondientes al salario indirecto.
Ahora la banca europea ha decidido que es el turno de reducir sin contemplaciones el salario directo y, para ello, propone una hoja de ruta que pasa por "la relajación de la legislación de protección del empleo, la abolición de los regímenes de salvaguarda, bajando los salarios mínimos y permitir la negociación salarial a nivel de empresa"[4]. Ante tales perspectivas, a corto o medio plazo, no puede esperarse más que una nueva reforma laboral -aún más regresiva que la de febrero de 2012[5]- que responda a los deseos de las patronales de empresarios -la CEOE y la CEPYME-, incluyendo la limitación al derecho de huelga[6].
Sin ánimos de satanizar a la clase empresarial, es necesario insistir en que esta ambición por depreciar la fuerza de trabajo de los asalariados corresponde a la propia lógica del sistema económico dominante, donde el objetivo de cualquier empresa privada es la maximización de los beneficios. Para ello, la reducción de salarios es un camino muy apetecible en un momento en el que los trabajadores apenas tienen fuerza para defender sus derechos. En una situación normal, en la que las empresas compiten entre sí por vender sus servicios o productos, incluso el empresario más ético de España se vería obligado a entrar en el juego de la depreciación de salarios pues, en caso contrario, otro empresario con menos escrúpulos sí que aplicaría tales reducciones, aumentando así sus posibilidades de obtener beneficios respecto al primero.
La lógica de depreciar salarios con el objetivo de asegurar beneficios ha sido paliada históricamente con la existencia de un contrato social, que garantizaba unos mínimos a los asalariados. Lo que ahora se plantea desde el BCE es la derogación de aquel contrato social, alcanzándose la aspiración neoliberal de liberalizar el mundo laboral y, con ello, despojar a la clase trabajadora de cualquier protección social.
Debido a que las recomendaciones del lobby bancario europeo se nutren de un dogma ideológico, es sencillo encontrar contradicciones que invaliden las argumentaciones a favor de llevar a cabo tales contrarreformas en el terreno laboral y, en particular, las cuantías de los salarios. Efectivamente, hay numerosas voces críticas con tales propuestas a quienes, por desgracia, el establishment mediático ignora, al ser contrarios a sus intereses. Expertos economistas, como Vicenç Navarro[7], han advertido que bajar los salarios no es el camino, pues con ellos disminuye la demanda interna, verdadero motor natural de cualquier economía que aspire a mantener unos mínimos de bienestar en su población.
El futuro para los asalariados se plantea más negro que nunca. La semilla de la desesperanza y el miedo se ha sembrado en las últimas décadas en los corazones de la clase trabajadora, germinando de ella un fuerte sentimiento de resignación. De cumplirse las recomendaciones del Banco Central Europeo, la incertidumbre y la precariedad serán losas que caigan sobre los hombros de los trabajadores, definitivamente condenados a vivir para trabajar. Sin apenas protección ante el desempleo, sin la cobertura de un convenio colectivo, la relación entre asalariado y empresa se volverá insosteniblemente asimétrica, sabedor el primero que la caducidad de aquélla queda al libre albedrío del empresario.
[1] ECB Monthly Bulletin. BCE, agosto de 2012, p. 62.
[2] Ibid.
[3] Cómo se calcula la pensión de jubilación con la reforma de las pensiones". 2 de febrero de 2011
[4] ECB Monthly Bulletin. Op. cit.
[5] "Reforma laboral al detalle: el nuevo "contrato Rajoy"". Laboro, 13 de febrero de 2012.
[6] "Rosell aplaude la reforma laboral y pide revisar el derecho de huelga". Público, 15 de febrero de 2012.
[7] "¿Bajar los salarios para salir de la crisis?". Público, 14 de agosto de 2012.
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miércoles, 2 de mayo de 2012
Primero de Mayo, un primer paso hacia la toma de conciencia de clase
Por vez primera en décadas muchos de los discursos tras las clásicas manifestaciones del 1 de mayo de 2012 han señalado tímidamente al gran capital como el enemigo de la clase trabajadora. El creciente número de movilizaciones del Primero Mayo ha de servir como primer paso para recuperar una conciencia de clase que, por desgracia, gran parte de los trabajadores ha olvidado.
Este Primero de Mayo ha sido quizás el más emblemático que se recuerda de las últimas décadas en el Estado español. No se trata tan sólo de la creciente -aunque aún insuficiente- afluencia de personas a las múltiples movilizaciones organizadas a lo ancho de la geografía estatal, sino de las circunstancias tan duras a las que se enfrenta la clase trabajadora, hoy más patentes que nunca.
Recortes de derechos, destrucción de los pilares básicos del Estado del Bienestar, precariedad laboral, indefensión, continua degradación de la calidad de vida de la mayoría de los ciudadanos. Circunstancias que retrotraen al trabajador en una situación de debilidad cada vez más próxima a lo vivido en los peores años del siglo XX o, incluso, el XIX.
La ciudadanía comienza a despertarse del sueño de la democracia para enfrentarse a la cruda realidad de la llamada dictadura de los mercados. Los grandes poderes, que ya no necesitan de edulcorantes para contener las justas aspiraciones de los trabajadores, ahora pueden emprender abiertamente su particular guerra contra su clase antagonista, la clase obrera.
El Gobierno de Mariano Rajoy ha mostrado su verdadero papel de capataz de los grandes poderes, tras dejar claro que seguirá recortando lo que le plazca, por muchas protestas que hayan[1]. Recortes, ajustes, ponderaciones, eufemismos todos que esconden la realidad de una democracia cercenada, herida de muerte incluso antes de haber llegado a su madurez.
Las movilizaciones del Primero de Mayo no son una simple demostración de fuerza o número por parte de la clase trabajadora, han de ser el primer paso hacia una toma de conciencia de clase. Por primera vez, en mucho tiempo, el discurso común en las múltiples -y divididas- movilizaciones ha ido en aquella dirección. La sensación de cumplimiento de un ritual un año más se ha diluido en beneficio de mensajes claros, combativos, que tímidamente llaman a la movilización, a llenar las calles como medio de protesta.
De por sí, este Gobierno no va a cambiar su actitud agresiva a los trabajadores. Las movilizaciones, incluso siendo masivas, las ignorará una y otra vez, incluso continuará legislando para disuadir a parte de la población a realizar protestas. Inevitablemente, el creciente descontento de los trabajadores ante las políticas neoliberales tendrá como resultado más gente en las calles. El gran desafío de sindicados y organizaciones progresistas será la recuperación de un frente común que permita demostrar fuerza y unidad de clase. Del resultado de este formidable pulso entre Gobierno y ciudadanía, entre mercados y trabajadores, se determinará la calidad democrática de los tiempos venideros. La movilización ha de ser la herramienta fundamental para la toma de conciencia de clase y de lucha por preservar los valores democráticos y justicia social por parte de la clase trabajadora.
[1] "Rajoy defiende los recortes y anuncia reformas ´cada viernes´". El Economista, 29 de abril de 2012.
Este Primero de Mayo ha sido quizás el más emblemático que se recuerda de las últimas décadas en el Estado español. No se trata tan sólo de la creciente -aunque aún insuficiente- afluencia de personas a las múltiples movilizaciones organizadas a lo ancho de la geografía estatal, sino de las circunstancias tan duras a las que se enfrenta la clase trabajadora, hoy más patentes que nunca.Recortes de derechos, destrucción de los pilares básicos del Estado del Bienestar, precariedad laboral, indefensión, continua degradación de la calidad de vida de la mayoría de los ciudadanos. Circunstancias que retrotraen al trabajador en una situación de debilidad cada vez más próxima a lo vivido en los peores años del siglo XX o, incluso, el XIX.
La ciudadanía comienza a despertarse del sueño de la democracia para enfrentarse a la cruda realidad de la llamada dictadura de los mercados. Los grandes poderes, que ya no necesitan de edulcorantes para contener las justas aspiraciones de los trabajadores, ahora pueden emprender abiertamente su particular guerra contra su clase antagonista, la clase obrera.
El Gobierno de Mariano Rajoy ha mostrado su verdadero papel de capataz de los grandes poderes, tras dejar claro que seguirá recortando lo que le plazca, por muchas protestas que hayan[1]. Recortes, ajustes, ponderaciones, eufemismos todos que esconden la realidad de una democracia cercenada, herida de muerte incluso antes de haber llegado a su madurez.
Las movilizaciones del Primero de Mayo no son una simple demostración de fuerza o número por parte de la clase trabajadora, han de ser el primer paso hacia una toma de conciencia de clase. Por primera vez, en mucho tiempo, el discurso común en las múltiples -y divididas- movilizaciones ha ido en aquella dirección. La sensación de cumplimiento de un ritual un año más se ha diluido en beneficio de mensajes claros, combativos, que tímidamente llaman a la movilización, a llenar las calles como medio de protesta.
De por sí, este Gobierno no va a cambiar su actitud agresiva a los trabajadores. Las movilizaciones, incluso siendo masivas, las ignorará una y otra vez, incluso continuará legislando para disuadir a parte de la población a realizar protestas. Inevitablemente, el creciente descontento de los trabajadores ante las políticas neoliberales tendrá como resultado más gente en las calles. El gran desafío de sindicados y organizaciones progresistas será la recuperación de un frente común que permita demostrar fuerza y unidad de clase. Del resultado de este formidable pulso entre Gobierno y ciudadanía, entre mercados y trabajadores, se determinará la calidad democrática de los tiempos venideros. La movilización ha de ser la herramienta fundamental para la toma de conciencia de clase y de lucha por preservar los valores democráticos y justicia social por parte de la clase trabajadora.
[1] "Rajoy defiende los recortes y anuncia reformas ´cada viernes´". El Economista, 29 de abril de 2012.
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lunes, 23 de abril de 2012
Diccionario de la Crisis: flexibilidad
flexibilidad.
~ salarial.
[*] Eduardo Galeano (1998): Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Ed. Siglo XXI, p. 34.
[**] Véase, por ejemplo, "De Guindos: "habrá nuevas medidas para aumentar la flexibilidad salarial"". Yahoo! Noticias, 25 de enero de 2013.
(Del lat. flexibilĭtas, -ātis).~ laboral.
1. f. El derecho del patrón a despedir al obrero sin indemnización ni explicación.*
~ salarial.
1. f. El derecho del patrón a reducir el salario de sus empleados a su antojo. Habrá nuevas medidas para aumentar la flexibilidad salarial.**V.
devaluación interna
[*] Eduardo Galeano (1998): Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Ed. Siglo XXI, p. 34.
[**] Véase, por ejemplo, "De Guindos: "habrá nuevas medidas para aumentar la flexibilidad salarial"". Yahoo! Noticias, 25 de enero de 2013.
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