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miércoles, 21 de mayo de 2014

Cuando lo que está en juego es el futuro, ¿quién mueve Europa?

Las próximas elecciones al Parlamento Europeo se perfilan como un referéndum sobre la firma de un tratado comercial con los EEUU, apenas divulgado por los medios de comunicación mayoritarios, que plantea una seria de medidas realmente lesivas para la mayoría de los ciudadanos europeos. Lamentablemente, la postura de los principales partidos del régimen del 78 es favorable a este tratado.

El bipartidismo oficial en España insiste en evocarnos un futuro sin adjetivos, que la mayoría percibimos como muy oscuro, a la vez que intenta implicarnos en una Europa cada vez más alejada de las personas. Es el discurso de campaña de dos gigantes que acaban de descubrir sus pies de barro entre contradicciones como repetir que no son lo mismo[1], a pesar de no ocultar su predisposición a gobernar juntos si llegase el momento[2].

Las próximas elecciones al Parlamento Europeo poco tienen que ver con la escasa sensibilidad de género de un ex-ministro entomófago aficionado a comer yogures caducados[3], o la irrupción de una candidata que no sabe distinguir entre un consejero de Gas Natural y un líder revolucionario[4]. El próximo 25 de mayo se celebrará, sobre todo, un plebiscito donde se decidirá el futuro de la democracia en todo el continente. Un futuro que depende de la firma del Tratado de Libre Comercio entre EEUU y la UE. Así, sin que sirva de precedente, hay que reconocer que, en cierto modo, el Partido Popular dice la verdad en su eslogan cuando afirma que "lo que está en juego es el futuro".

Ya no nos encontramos ante aquella idílica Europa de los pueblos, hoy desfigurada entre medidas de austeridad y recortes. Ahora, más que nunca, vivimos en la Europa de los mercados. Una Europa al servicio de la oligarquía que envía hombres de negro a los estados desobedientes. Una Europa que se alía con instituciones financieras para someter a su periferia a la tiranía de la deuda. Una Europa que ya no aspira a ser los Estados Unidos de Europa que profetizase Winston Churchill, sino la Europa de los Estados Unidos.

Los ciudadanos no podemos dejar que la construcción de Europa quede en manos de los grandes poderes y sus acólitos, como hemos hecho desde los primeros días de la aventura europea. Lejano queda aquel primero de enero de 1986 cuando España entraba a formar parte de lo que hoy es la Unión Europea. En aquellos momentos Europa simbolizaba, para gran parte del pueblo español, los valores que durante cuatro décadas se le había negado. Modernidad, libertad e, incluso, ciudadanía pues, desde ese preciso instante, fuimos, además de súbditos españoles, ciudadanos europeos. Nos conformamos sólo con eso.

De aquel modo, los ciudadanos europeos fuimos parte pasiva en la reconstrucción del continente, más pendientes a cantos de sirena -y carteles en carreteras anunciando subvenciones con fondos europeos- que de ser protagonistas de aquel proceso. Aceptamos Maastricht y, más tarde, la Constitución Europea a ritmo de Los del Río sin un mínimo de escepticismo[5]. Todo aquello permitió asentar las bases de las actuales políticas de recortes que acabarían enterrando el espejismo del estado del bienestar.

Hoy en día, cuando ni tan siquiera se respira ilusión por esta Europa, se vuelve a dar una nueva vuelta de tuerca a las políticas neoliberales con la negociación, en el más absoluto de los secretos[6], de la Asociación Transat­lántica para el Comercio y la Inversión (ATCI o TTIP), un tratado de libre comercio que puede suponer un antes y un después en cuestiones de derechos fundamentales y de soberanía.

El TTIP tendrá graves implicaciones en nuestras vidas, como el hecho de que las multinacionales escapen definitivamente al control político de los estados[7]. Esto significará que las grandes empresas podrán saltarse las constituciones nacionales al poder recurrir a tribunales internacionales de arbitraje, que incluso podrán estar compuestos por abogados de las mismas compañías. Previsibles sentencias en contra de los estados no servirán más que para agravar su deuda, generando un fuerte efecto disuasorio en las administraciones públicas a la hora de decidir sus políticas. Así, es normal preguntarse cuántas demandas de los ciudadanos serán desoídas ante la onerosa amenaza de enfrentarse a gigantes multinacionales que tendrán la sartén por el mango. Será el final de los derechos contemplados por las constituciones nacionales para dar paso a los intereses corporativos. Los grandes lobbies, más poderosos que nunca, exigirán competitividad como eufemismo de competencia a la baja, lo que afectará a nuestros derechos fundamentales, a la sanidad, a los sueldos, a la calidad de nuestras vidas. Una situación en la que dejaremos de ser ciudadanos para pasar a ser simplemente consumidores propiedad de las grandes multinacionales.

Sin embargo, el Parlamento Europeo tendrá que aprobar el TTIP, por lo que aún hay esperanza. Por eso mismo, en esta ocasión, la abstención no sirve. Hay que poblar Estrasburgo de gente contraria a la firma del pacto EU-EEUU, pues ya sabemos que los partidos del régimen del 78, los que se quejan de desafección hacia la política, darán su apoyo al Tratado de Libre Comercio[8]. En esta ocasión, el voto es más importante que nunca.

Hemos de darnos cuenta que ésta no es la Comunidad Europea que en el 86 ingenuamente recibimos con el canto de "¡qué viva el IVA!". Nos encontramos ante una evolución -aún a peor- de aquella Europa de Maastrich que aceptamos hipnotizados por los cantos de sirena de los mercados, los mismos que luego nos arrastrarían a la actual crisis, los mismos que ahora nos hacen pagar por sus errores. Una Europa de mercaderes donde todo está en venta, incluso la democracia y los derechos fundamentales. Es por eso necesario que la clase trabajadora se apropie del "tú mueves Europa", arrebatándoselo a los grandes poderes fácticos, lanzando un claro mensaje de que ya no acepta más agresiones a la democracia y los derechos fundamentales.


[1] "No somos lo mismo". El País, 16 de mayo de 2014.
[2] "PP y PSOE buscarán un pacto de Estado para gobernar juntos a partir de 2015". Asturias 24, 7 de abril de 2014.
[3] "Cañete: "Yo abro la nevera, como un yogur caducado y no me sienta mal"". Público, 10 de enero de 2013.
[4] "Valenciano dice que transitó "de Jesucristo a la revolución"". EuropaPress, 6 de mayo de 2014.
[5] ""Los del Río", apoyando el Sí a la Constitución Europea con la fuerza de la razón". Rebelión, 15 de enero de 2005.
[6] "Lo que esconde el tratado comercial transatlántico". Diagonal Periódico, 7 de octubre de 2013.
[7] "Las multinacionales escaparán al control político con el Tratado de Libre Comercio UE-EEUU. Público, 20 de mayo de 2014.
[8] "PP y PSOE rechazan someter a referéndum el tratado de libre comercio entre EEUU y la UE ". El Diario, 7 de mayo de 2014.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Hooligans del Tratado de Libre Comercio EEUU-UE

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Fuente: El Diario
De repente nos encontramos ante un tratado entre los EEUU y la Unión Europea que está siendo desarrollado a espaldas de la ciudadanía. Un tratado con demasiados puntos oscuros que podrían afectar a los estándares sanitarios, medioambientales y democráticos de la actual Europa. Un tratado que, gracias a la claúsula Investor-State dispute settlement, antepone los intereses de las multinacionales a los de los estados. Un nefasto tratado pendiente aún de ser aprobado por el Parlamento Europeo sin que, previamente, se dé la oportunidad al pueblo español de mostrar su opinión al respecto. Los partidos del régimen -PP, PSOE, CiU, PNV y UPyD- lo han decidido así, rechazando el referéndum propuesto por el grupo de la Izquierda Plural.

domingo, 27 de abril de 2014

El santo patrón de la CIA

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Fuente: RT
Si la CIA norteamericana copiase la costumbre tan mediterránea de acogerse al santoral, bien seguro que su santo patrón sería el recién canonizado Juan Pablo II. El papa polaco no necesitó estar en nómina de la agencia estadounidense para convertirse en un valioso aliado en su lucha contra el entonces enemigo soviético. Supo hacer suya la "guerra contra el comunismo" ya fuese cambiando el sentido común de toda Polonia o mirando a otro lado mientras cristianos seguidores de la Teología de la Liberación -defensores de "la opción preferencial por los pobres"- eran masacrados a manos de gobiernos de ultraderecha en América Latina. El premio, una canonización express que no cuestiona temas aún candentes como los sucesos de pedofilia y abusos sexuales o los escándalos del Banco Vaticano.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Bradley Manning pide "libremente" perdón por haber perjudicado a los EEUU

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Fuente: El País
Supongamos a un ciudadano cualquiera a quien se acusa de un delito y se encarcela durante más de tres años. Durante ese tiempo se le aisla, se le obliga a dormir desnudo, se retrasa su juicio a sabiendas de que será declarado culpable, se filtran cuestiones íntimas de su vida privada a la prensa, en definitiva, se le destroza psicológicamente. Si esa persona declara durante el proceso judicial que la filtración de documentos secretos diplomáticos y militares a Wikileaks perjudicó los intereses de su país, es difícil creerse que lo haga en plenitud de sus facultades. El circo mediático y judicial en torno a este ciudadano estadounidense está sirviendo como altavoz de la capacidad del Imperio de doblegar la voluntad, a cualquier precio, de quien ose desafiarlo.

viernes, 28 de junio de 2013

Magnífica demostración de dignidad por parte del Gobierno de Ecuador

La imagen de la jornada

Fuente: RT Noticias
El Gobierno de Ecuador vuelve a sorprender a la opinión pública internacional con un nuevo ejercicio de soberanía y dignidad. Ante la amenaza de los Estados Unidos de retirar las preferencias arancelarias a Ecuador por otorgar asilo político a Edward Snowden, la respuesta del ejecutivo de Rafael Correa es ejemplarizante: "Ecuador no acepta presiones ni amenazas de nadie y no comercia con los principios ni los somete a intereses mercantiles por importantes que estos sean". En un acto de coherencia, es el propio Gobierno ecuatoriano el que renuncia a las ventajas arancelarias de forma unilateral e irrevocable. Para completar el ejercicio de dignidad, "Ecuador ofrece a los Estados Unidos una ayuda económica de 23 millones de dólares anuales, monto similar al que recibíamos por las preferencias arancelarias, con el fin de brindar capacitación en materia de derechos humanos que contribuya a evitar atentados a la intimidad de las personas, torturas, ejecuciones extrajudiciales, y demás actos que denigren a la humanidad".

sábado, 29 de octubre de 2011

¿Nos encontramos ante el inicio de una auténtica revolución mundial?

Este artículo analiza la progresiva intensificación de movilizaciones ciudadanas en todo el mundo y la consecuente posibilidad de que nos encontremos a las puertas de una revolución contra los grandes poderes, identificados como culpables del continuo deterioro de la calidad de vida en Occidente y de la creciente pobreza en los países en vías de desarrollo.

De Tahrir a Sol

Desde la llamada Primavera Árabe se han ido sucediendo movilizaciones ciudadanas con cada vez mayor repercusión mediática. Hablamos de una ciudadanía que, tras la crisis del 2008, había aceptado sumisamente todo tipo de agresiones a su nivel de vida, una contrarrevolución orquestada desde los grandes poderes financieros contra la cual, por fin, comienzan a vislumbrarse esperanzadoras respuestas, como las manifestaciones globales del pasado 15 de octubre.

Los parabienes iniciales de la maquinaria mediática occidental hacia las movilizaciones en Egipto y Túnez, pronto se convertirían en silencio y, más tarde, descrédito hacia los movimientos surgidos en suelo europeo, principalmente en el estado español. Para los medios más conservadores, los héroes de la plaza de Tahrir se convertían en perroflautas al ocupar Sol. Este doble rasero tiene una sencilla explicación: aquellos medios sitúan a las sociedades islámicas en un mundo aparte y atrasado, por lo que hablar de revueltas allí es como referirse al -para nosotros ejemplarizante- anhelo de unos pobres extranjeros que aspiran a los modelos occidentales, idealizados por los mencionados medios. Sin embargo, el panorama real consistía en una ciudadanía cansada de las políticas neoliberales de sus tiranos. En Occidente la ciudadanía llevaba demasiado tiempo soportando ese mismo tipo de política por parte de sus representantes democráticamente elegidos.

Ahora bien, a pesar de la indiscutible diferencia en los niveles de vida entre unos y otros países, ¿qué diferencia hay entre ser gobernado por un presunto tirano o por un político democráticamente elegido cuando, en ambos casos, se va a legislar según los dictados de los mismos poderes financieros? Los sectores plegados a aquellos poderes por nada del mundo querrían que se despejase esa incógnita. En Occidente teníamos que seguir viviendo en la inopia de creernos en la cuna de las libertades y derechos, mientras éstos últimos eran -y siguen siendo- sigilosamente recortados.

Del 15M al 15O

La Spanish Revolution, el denominado movimiento indignado, supuso el despertar de una parte de la ciudadanía, una toma de conciencia de clase, lenta pero progresiva. Tanto que nos deleitábamos los españoles de nuestro propio inmovilismo, tanto acusar a la juventud de no protestar por el gran desempleo, la misma alabada como la mejor preparada de la historia que a su vez, paradójicamente, era etiquetada como la que "ni estudia ni trabaja".

Se rompieron las cadenas que nos engrilletan a los medios de comunicación convencionales. La gente empezó a dudar, a preguntarse si había otra opción que el gris destino que espera a la clase trabajadora. La ciudadanía reclamó probar el fruto del árbol prohibido, pidió conocer, salió a la calle. La rabia del pueblo se había desatado del modo más desconcertante para los poderosos: pacíficamente. Las acampadas no eran las protagonistas, por mucho que quisieran los capataces mediáticos al servicio de sus amos del gran capital, sino las asambleas que se realizaban en las plazas de todo el país.

No fue algo espontáneo, como algunos pretenden hacer entender. Gran parte de la intelectualidad progresista llevaba tiempo denunciando las terribles consecuencias de las políticas neoliberales y el inevitable camino a la pobreza al que conduciría a la ciudadanía. Nos contagiamos de Tahrir porque estos académicos desafiaron al mensaje oficial que predicaba las bondades de los mercados sin regularizar, del control del déficit público, de la supremacía de lo privado, de la flexibilidad laboral para crear empleo.

Una vez más, se subestimó la inteligencia del pueblo. El insulso botón “me gusta” de Facebook se empleó para divulgar interrogantes, dudas sobre el presente, inquietudes sobre el futuro. Las redes sociales de Internet eclipsaron los canales tradicionales de comunicación. Tal ha sido su amenaza que en el Reino Unido se pretendió aplicar censura sobre estos medios, tomando como excusa las violentas revueltas acontecidas en junio[1]. En el mismo sentido, el eurodiputado del Partido Popular Europeo Tiziano Motti propuso que los ordenadores vendidos en la UE incorporasen una “caja negra” que registre los movimientos de sus usuarios con la excusa de prevenir el crimen cibernético[2].

Los movimientos ciudadanos se fueron extendiendo a otros países, el continuo negacionismo de los medios de comunicación era puesto en evidencia por los ciudadanos de Israel y EEUU. Las protestas ya no tenían lugar en países de la periferia mundial o de la segunda fila europea. Se pedía justicia social y, más que nunca, se reconocía y señalaba a los auténticos culpables del deterioro mundial del nivel de vida de la clase trabajadora. Wall Street era ocupado simbólicamente por miles de neoyorquinos, el movimiento pronto se extendería a todo el país. El sentimiento de indignación se volvía global.

¿Nos encontramos ante una revolución?

Desde los años 1970 lleva produciéndose una auténtica contrarrevolución orquestada desde los grandes poderes, inicialmente silenciosa en los países ricos, pero indudablemente perjudicial para los intereses de la clase trabajadora de todo el globo. Como explica Naomi Klein en su libro La Doctrina del Shock, el golpe de estado de Chile de 1973 supuso el inicio de un ensayo de lo que debería ser el neoliberalismo en su estado más puro. Respecto a los ciudadanos europeos y estadounidenses, ajenos a lo que entonces acontecía, Noam Chomsky menciona a menudo las palabras de Douglas Fraser en 1978, entonces presidente del sindicato más importante de los EEUU, quien acusa a los "dirigentes de la comunidad empresarial" de haber "escogido seguir en tal país la vía de la guerra de clases (class war) unilateral, una guerra de clases en contra de la clase trabajadora, de los desempleados, de los pobres, de las minorías, de los jóvenes y de los ancianos, e incluso de los sectores de las clases medias de nuestra sociedad"[3].

Era cuestión de tiempo que, en paralelo al aumento de la virulencia de las agresiones a la clase trabajadora, ésta reaccionase para exigir, de algún modo, el fin de aquellas hostilidades que sólo conducen al empobrecimiento de los ciudadanos. Hoy estas condiciones son más patentes que nunca, cuando la democracia es una caricatura de lo que debería de ser y la clase política en el poder ha dado completamente la espalda a la ciudadanía en pos de gobernar según los criterios e intereses de la clase dominante.

De la reacción de parte de la ciudadanía en la mayoría de los países occidentales mediante movilizaciones permanentes podemos deducir que se empiezan a dar las condiciones para una próxima revolución mundial. Por necesidad, toda revolución parte de las masas, a partir del momento en que éstas adquieren el empuje suficiente para intervenir directamente en los acontecimientos históricos. Entiéndase que la ciudadanía es, por definición, conservadora. Lo es en el sentido en que la ciudadanía acepta, bajo condiciones normales, las instituciones y relaciones de poder existentes como si fueran inamovibles. La ciudadanía muestra, por tanto, un considerable margen de tolerancia hacia excesos y abusos desde los poderes políticos y económicos que estos últimos capitalizarán mientras la masa no reaccione en términos de ruptura con la situación que considera inaceptable.

Resulta injusto, sin embargo, exigir a quienes empiezan a mostrar su hartazgo hacia la situación actual que planteen alternativas. Hay que considerar que una gran parte de la masa social ya ha dado un gran paso al identificar lo que no quiere, lo que rechaza. Al respecto se dan dos extremos igual de perniciosos para cualquier proceso revolucionario en estado embrionario: por una parte, aquellos que justifican su inmovilismo -e insolidaridad- con la excusa de la falta de alternativas concretas; por otra, quienes esperan encontrar entre quienes se movilizan a un grupo de revolucionarios extremistas con unas ideas preconcebidas.

Para comprender la dinámica básica de la revolución podemos tomar el símil de una máquina de vapor[4]. La ciudadanía que empieza a moverse actúa expandiéndose como el vapor, es decir, conlleva una energía que, de por sí, está condenada a disiparse. Por eso, la primera respuesta de los grandes poderes consiste en  imponer el silencio mediático a cualquier movilización[5]. Continuando el símil, la energía del vapor ha de concentrarse en una caldera y recogerse por medio de un pistón. Este papel necesariamente lo ha de cumplir  algún ente organizativo. Los medios de comunicación alternativos -sobre todo la Red- está permitiendo un nivel de cohesión y transmisión de ideas nunca visto antes en la historia. Siempre que no se olvide que la fuerza viene de la ciudadanía, el vapor, las masas, la transmisión de energía en esta máquina de vapor, la conversión en movimiento, es muy factible.

A medida que se agudice el conflicto entre las clases, mayor número de ciudadanos se unirán a las movilizaciones. La reacción por parte de los grandes poderes ira en función de la magnitud en que perciban amenazas hacia sus privilegios. Sus recursos, tanto mediáticos como económicos, les servirán para crear opiniones dispares, comprar disidencias, difundir la indiferencia. Asimismo, sus respuestas represivas a las movilizaciones serán más contundentes según éstas se acerquen a los centros económicos más estratégicos[6].

Sin embargo, no olvidemos que, además de la reacción de los grandes poderes, surge el peligro de elementos extremistas que se aprovechen de la situación de descontento. Esto ocurrió en los años 20 y 30 del siglo pasado, que permitieron el ascenso de los totalitarismos en Europa. Entiéndase que es la conciencia de las masas la que determina el camino de los procesos revolucionarios. La ciudadanía comienza a tener bien claro lo que no quiere, es por eso la importancia de los esfuerzos de académicos e intelectuales por explicar lo que ocurre. El éxito de cualquier revolución pasa por la información, herramienta necesaria para la concienciación de las masas de la importancia de unirse a las exigencias de cambios que permitan alcanzar un orden más justo para todos.

El futuro no está escrito, por mucho que los más poderosos se empeñen en imponernos planes de ajustes, precariedad y gris futuro. Más que nunca, la ciudadanía tiene en sus manos exigir un cambio global, emprender un camino hacia un mundo más justo, más ecológico, más sostenible, en fraternidad. Las revoluciones siempre implican ruptura, justificada ahora más que nunca ante una crisis sistémica que amenaza la existencia de la sociedad misma. La revolución mundial sólo será posible cuando gran parte de la clase ciudadana camine hacia la misma dirección. Cada persona que sueñe con una sociedad más justa tiene la tarea revolucionaria de apagar los televisores, informarse con espíritu crítico, escéptico, explicar a quienes le rodean de la situación real, de la fuerza de la ciudadanía unida.


Notas:
[3] Por ejemplo, véase el prólogo del libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar en España de Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón.
[4] Véase. por ejemplo, el prólogo de Historia de la Revolución Rusa de León Trotski.
[5] Recordemos que el 16 de mayo de 2011 apenas ningún medio de comunicación tradicional hizo eco de las masivas movilizaciones el día anterior.
[6] Al respecto, nótese la violencia desmedida de la policía estadounidense frente a las movilizaciones de los manifestantes de Occupy Wall Street.

martes, 4 de octubre de 2011

La admirable actitud de los Marines veteranos respecto al movimento Occupy Wall Street

Este artículo plantea la posibilidad de que el apoyo manifiesto de un número significativo de Marines veteranos a la plataforma Occupy Wall Street, colocándose en primera línea de las protestas, sea síntoma de un cambio de mentalidad en la sociedad norteamericana.

El movimiento Occupy Wall Street sigue creciendo en los Estados Unidos. Ya no es sólo un grupo de población apoyado por los intelectuales y artistas de orientación progresista del país, ahora ha pasado a convertirse en un fenómeno social que bien podría llegar a obtener la masa crítica necesaria para conseguir cambios reales en el sistema.

Si bien el “Yes, we can!” supuso un fiasco, pues evidenció la sumisión de la Casa Blanca a los grandes poderes, fue también un síntoma evidente del hartazgo del grueso de la sociedad americana ante la creciente degradación sufrida ante un país sumido en continuos dispendios militares mientras las clases populares son víctimas de más y más recortes sociales. La instrumentalización de la crisis en todo el globo por parte de unos pocos para justificar una contrarrevolución por parte de los más poderosos -llamados eufemísticamente mercados- ha supuesto una depredación sin precedentes en la historia de los derechos sociales adquiridos por la clase trabajadora tras dos siglos de movimientos sociales.

Estados Unidos, un país donde hablar de políticas de izquierdas está mal visto, ha despertado de un letargo que lleva durando décadas. Fue la propaganda antisoviética de los gobiernos de la segunda mitad del siglo pasado la que propició el éxito del neoliberalismo instaurado por Reagan, pues cualquier opinión en contra supondría ser acusado de comunista o, lo que era lo mismo, antipatriota. Desde hace una década, el enemigo comunista se ha diluido en el arquetipo de un locuaz e inofensivo anciano que vive en Cuba. El nuevo enemigo oficial es ahora el integrista islámico, aunque no se sepa una definición de lo que se trata, y una recóndita organización terrorista que, en ocasiones, parece una caricatura de la malvada Spectra de las primeras películas de James Bond.

El pasado sábado comenzaron a leerse carteles que rezaban: “ésta es la segunda vez que lucho por mi país. Es la primera vez que conozco a mi enemigo”. Es como si una venda comenzase a caer de los ojos de los ciudadanos americanos, quienes de repente se dan cuenta que su principal enemigo habita dentro de sus fronteras. “Yo no luché por Wall Street, luché por América”, declaraba un Marine al ser preguntado por los motivos que le hicieron unirse a las protestas de Nueva York. No es de extrañar tal actitud, pues representa el sentir general de la población, cuyo 72% no considera que el Congreso de los EEUU represente sus intereses. Cuando se pregunta su percepción de los verdaderos representados por tal institución, el 68% señala al gran capital, la Corporate Class[1].

La implicación de los Marines veteranos en las protestas contra Wall Street tiene profundas implicaciones que podrían significar una catarsis en las reglas de juego del país más poderoso del mundo, donde vuelvan a darse las condiciones que llevaron al New Deal tras el crack de 1929 y la desastrosa posterior gestión del presidente Hoover. En su documental Capitalismo, una historia de amor (2009), Michael Moore recuerda los sucesos de Flint, Michigan, cuando cientos de hombres y mujeres ocuparon las fábricas de General Motors en 1936 durante más de un mes como protesta por las penosas condiciones laborales a las que, con la excusa de aquella crisis, estaban sometidos. La policía y los matones de la empresa emplearon la mayor de las contundencias para desalojarlos. Los sangrientos enfrentamientos llevaron al presidente Franklin Delano Roosevelt a pedir la intervención de la Guardia Nacional. Sin embargo ésta no apuntó con sus armas a los manifestantes, sino a la policía y a los matones de la General Motors para que respetasen el derecho de los trabajadores a exigir condiciones más dignas.

Ese mismo espíritu parece contagiarse en los Marines veteranos, paradójicamente uno de los colectivos mejor tratados en la clase trabajadora estadounidense, pues disponen -entre otras prebendas- de sanidad y educación gratuitas. Sin embargo, estos veteranos parecen estar cansados de ser peones de la Corporate Class para defender intereses que les son ajenos. La sangre a cambio de petróleo también ha salpicado al pueblo estadounidense, cuyos soldados muestran su hartazgo ante tanta muerte innecesaria entre sus filas. De ahí que el grupo Veteranos por la Paz lidere este desafío al establishment y se ofrezca a encabezar las manifestaciones en Nueva York o en Washington DC para asegurar el derecho a la reunión pacífica de los ciudadanos, máxime cuando se trata de denunciar que las cosas no funcionan.

Aún es pronto para establecer un juicio de los efectos de la iniciativa de aquellos Marines, pero es un indicador de que incluso parte del ejército comienza a tomar conciencia de clase. Hace unas décadas habrían sido tachados de comunistas, de antiamericanos. Ahora son estos soldados quienes hacen gala de patriotismo al salir a la defensa de los ciudadanos, de sus derechos, algo admirable puesto que precisamente aquélla tendría que ser la principal tarea de las fuerzas del estado.

Una situación así, al menos despierta la esperanza de que la sociedad americana comience por fin a reconocer a la clase del gran capital como antagonista a la clase trabajadora. Resulta que, finalmente, la esperanza no es Obama sino la unión de la ciudadanía. La lucha de clases, aunque siempre ha estado ahí, vuelve a cobrar vigencia. No importa qué nombre se le dé. Tampoco hay que prestar atención a que los términos izquierda o comunismo sigan siendo proscritos en los Estados Unidos. Lo realmente importante es que se reconozca al enemigo, que el pueblo salga a la calle a plantarles cara. La fuerza real del gran capital se basa en la desunión de la clase trabajadora. Cuando ésta se convierte en organización, unión, solidaridad, los gerifaltes de los mercados azuzan a sus capataces, los políticos, para que lancen a las fuerzas del estado contra los ciudadanos, así el miedo los haga de nuevo conformistas, desorganizados.

Como dice Michael Moore en su documental de 2009: "el capitalismo es un mal, y el mal no se puede regular. Hay que erradicarlo, reemplazarlo por algo que sea bueno para todos. Y ese algo se llama Democracia".



Notas:
[1] Vicenç Navarro, "Las movilizaciones prodemocráticas de los países árabes, de EEUU, de Europa y de España", Sistema, 20 de mayo de 2011.

sábado, 1 de octubre de 2011

Somos el 99 por ciento

Ya no se trata de la periferia o la semiperiferia del mundo. Tras los primeros síntomas de movimientos ciudadanos en Israel y Francia, la ciudadanía parece despertar en los Estados Unidos. Hablamos del centro de este mundo globalizado, de este imperio económico cuya capital se llama Wall Street. El movimiento de indignación y protesta de los Estados Unidos va camino a convertirse en una nueva edición del 15M, con la diferencia de que ahora se está produciendo en el país más poderoso del mundo, con lo que esto puede implicar.

El 17 de septiembre comenzó el movimiento Occupy Wall Street cuando jóvenes universitarios se instalaron en las inmediaciones del famoso centro financiero, en el vecino Parque Zuccotti -rebautizado por el movimiento como Liberty Plaza-, para protestar por los abusos del sistema financiero y la complicidad de la clase política americana. La consigna “Estudiantes y trabajadores unidos, tomemos la ciudad” se llenó de sentido cuando los principales sindicatos de la ciudad de Nueva York, TWU (Sindicato de Trabajadores del Transporte) y UAW (Sindicato de la Automoción), se unieron a la protesta. Pronto varias organizaciones sociales de la ciudad engrosaron la lista de indignados por la avaricia de quienes dirigen los mercados.

La respuesta oficial no se hizo esperar. Al igual que en París y, en menor medida, algunas ciudades de España las fuerzas antidisturbios aplicaron violencia extrema para disolver las propuestas de unos ciudadanos que exigen explicaciones a sus gobernantes. Resulta paradójico que la policía neoyorquina emplease gas pimienta contra ciudadanos que desean justicia social, mientras quienes se enriquecen a base de provocar continuos recortes que erosionan el nivel de vida en general -incluyendo el de quienes emplean las porras- continúan especulando ajenos a todo lo que ocurre en la plaza aledaña.

Pero, en un país donde el número de pobres iguala a la población actual de toda España, es difícil que la represión resulte por sí sola disuasoria. Los ciudadanos regresaron a la plaza, fueron invitados por los vecinos de la zona a ocupar sus parcelas, donde la policía no puede hacer nada por echarlos al ser propiedad privada. El número de personas desde entonces se ha ido multiplicando y más ciudades de todo el país han ido copiando el ejemplo.

Desde Liberty Plaza se organizó una marcha protesta por la brutalidad policial que llegaba hasta la jefatura de policía de Nueva York. Desde el propio cuerpo de seguridad ese día, como suceso singular, se notó un cambio de actitud debido a la mala imagen que había supuesto la brutal actuación. En esta ocasión, la policía escoltaba a la manifestación, a cuyos integrantes se les indicaba con amabilidad las zonas por donde debía transcurrir la marcha. Incluso se ha dado el caso de un centenar de agentes de la policía de Nueva York que se han negado a ir trabajar como muestra de solidaridad con el movimiento. Por desgracia, posteriores episodios de violencia policial han continuado produciéndose contra los indignados en muchas ciudades estadounidenses.

La intelectualidad americana progresista se ha unido a la iniciativa. Noam Chomsky, por ejemplo, ha participado activamente en las asambleas organizadas en Liberty Plaza, donde ha denunciado el intolerable poder de las instituciones financieras, la concentración de riqueza en torno a quienes las manejan y la consecuente precarización del resto de la población. Ante tal poder, reclama que la impunidad de quienes mueven los hilos de la economía ha de terminar como condición necesaria para encarrilar a la sociedad a un camino más justo y saludable.

El único modo de conseguirlo pasa por la protesta masiva de la ciudadanía. Con las movilizaciones de las principales plazas de los Estados Unidos, la clase trabajadora ha comenzado a mostrar síntomas de cansancio y hartazgo hacia las instituciones que dominan la vida de la sociedad y la empobrecen, a evolucionar hacia el inconformismo necesario para plantearse el porqué de la situación actual, reclamar que cambie y, sobre todo, a buscar a sus verdaderos causantes, señalarlos y exigirles responsabilidades. Al respecto, no es casualidad que la principal consigna del movimiento sea “somos el 99 por ciento”. Sí, el 99 por ciento que soporta la codicia del restante 1 por ciento.