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domingo, 25 de marzo de 2012

La propiedad privada y la bicicleta de Alberto Garzón

Hace unos días el diputado de Izquierda Unida Alberto Garzón comentaba en su Twitter, con jocosa resignación, que le habían robado su bicicleta: "Los recortes  llegan hasta el portal de mi casa. Me han robado la única bici que tenía", rezaba el mensaje. Suceso nada fuera de lo anecdótico en un estado donde el 15% de los usuarios de bicicletas ha sufrido alguna vez un robo[1] que, sin embargo, fue aprovechado por los medios de comunicación más conservadores -la conocida como caverna mediática- para mofarse de la suerte del vehículo del diputado y, de camino, impartir lecciones sobre marxismo.

En realidad, poco o nulo interés tienen las opiniones vertidas por comentaristas de plató, expertos en periodismo sesgado o tertulianos que hacen de la parcialidad su modo de vida. Sencillamente, les pagan para que digan lo que les dicten sus patrones. Sus opiniones son la simple repetición goebbeliana del catecismo neoliberal especiado con toques de régimen predemocrático. No usan argumentos, se apoyan en el dogma de la fuerza que confiere saberse erigido en el púlpito privilegiado de los medios de comunicación al que muchos ciudadanos, de buena voluntad, confían su inocente atención. Sin embargo, es difícil no lamentarse ante comentarios tan simplistas, alejados de la realidad, construidos a partir de clichés interesados y el desconocimiento más absoluto.

Y es que el hablar por hablar de aquellos hinchas de la caverna mediática les permite afirmar, sin ningún reparo, que alguien de IU no debería de reivindicar la propiedad privada[2]. Es decir, según esos finos analistas políticos, la gente de izquierdas no cree en la propiedad privada por lo que no tiene derecho a poseer bienes como por ejemplo una bicicleta. Este tópico, interesadamente extendido en la sabiduría convencional, distorsiona totalmente los principios del marxismo, reduciéndolo a una extraña ideología de individuos que deciden vivir alejados de cualquier posesión; así, cuando alguien afirma ser marxista, ha de enfrentarse al típico reproche de no vivir según aquel falso estereotipo, pues según aquella lógica lo coherente es que todo marxista renuncie a sus propiedades y las reparta con los demás.

Nada más lejos de la realidad: una de las premisas del marxismo es que la propiedad privada amasada por el esfuerzo y el trabajo propio es completamente legitima. Lo que el marxismo rechaza es la propiedad privada de los medios de producción[3]. Cuando hoy en día hay movimientos sociales que denuncian que el 1% de la población controle el 99% de las riquezas, realmente está tocando de lleno el asunto de la propiedad de los medios de producción. Como se mencionó anteriormente, toda persona tiene derecho a la propiedad bien adquirida, fruto del trabajo personal, del esfuerzo humano. Esa propiedad puede ser una casa, un ordenador portátil o una bicicleta. En el esquema actual capitalista, el natural esfuerzo del asalariado por adquirir propiedades básicas lo conduce a una progresiva descapitalización, al verse obligado a financiarse a través de la explotación de su trabajo y, normalmente, el endeudamiento con la banca. Esto se comprueba fácilmente al observar cómo la polarización de las rentas es cada vez más extrema, lo que aumenta ostensiblemente la brecha entre ricos y pobres, trabajadores y grandes empresarios. Dicho de otro modo, el capitalismo, a pesar de fomentar el consumo -consumismo- como uno de los motores de la economía, tiende a negar la propiedad privada a las clases más débiles debido a la tendencia de reducir su capacidad adquisitiva, ya sea en sueldos, duración de los productos de consumo, etc.

La propiedad de los medios de producción en manos privadas implica la explotación de los asalariados, quienes venden su fuerza de trabajo a cambio de unos ingresos mínimos para subsistir y, en lo posible, llevar una vida digna. La negociación entre empleador y empleado para establecer el precio de la fuerza de trabajo que es inevitablemente desventajosa para el segundo. Al ser un objeto de mercadeo, además de la perentoria necesidad del trabajador de tener ingresos, la fuerza de trabajo se ve continuamente devaluada ante la dura competencia por el empleo, situación que se acentúa en épocas de crisis y paro rampante. La única alternativa a esta situación, que es lo que el marxismo propugna, es la socialización de los medios de producción. Los dividendos de las empresas socializadas no serían repartidos entre accionistas ávidos de riqueza que, en demasiadas ocasiones, desvían sus ganancias a paraísos fiscales y negocios faltos de transparencia; sino que revertirían en beneficio de la sociedad misma. Paradójicamente, las pérdidas de  muchas empresas sí que son parcialmente socializadas cuando aquéllas colocan a las administraciones en la tesitura de suministrarles ayudas públicas para evitar despidos que, en caso de realizarse, supondrían nuevos parados cuyas prestaciones de desempleo serían sufragadas con dinero público.

Por tanto, Alberto Garzón está ideológicamente legitimado a poseer una bicicleta, un apartamento o un coche. No se le puede reprochar en absoluto, porque se lo ha costeado con su esfuerzo personal. Nada de extraños y lujosos regalos que, como el caso de políticos de otra casta en estas tierras, no sepa explicar su procedencia. Se trata de una simple bicicleta a partir de la cual un grupo de hinchas del equipo de los banqueros y grandes empresarios han querido hacer gala de supina ignorancia. Fuese un triste ladrón o  algún envidioso con ganas de incordiar a una joven promesa de la política, el anónimo nuevo dueño de la bicicleta nos ha dado la oportunidad de volver a medir el nivel de ciertos voceros de la caverna mediática española. En palabras del propio Garzón: "Lo de la bicicleta está dando mucho de sí. ¡Anda que cuando se enteren de que apoyamos la nacionalización de grandes empresas!".


[1] "Cómo evitar que te roben la bicicleta". Ecomovilidad, 17 de junio de 2010.
[2] "Un diputado de IU reivindica la propiedad privada tras el robo de su bici". La Gaceta, 22 de marzo de 2012.
[3] Vid. "Crítica del programa de Gotha" de Karl Marx.

sábado, 18 de febrero de 2012

La irrenunciable obligación de movilizarse

La movilización es el único camino para cortar la sangría de derechos que está sufriendo la clase trabajadora. El 19 de febrero de 2012 los sindicatos mayoritarios convocan la primera de estas movilizaciones contra la reciente reforma laboral. Independientemente de la simpatía que pueda sentirse hacia aquellos sindicatos, la movilización ha de ser masiva.

La reciente reforma laboral anunciada por el actual Gobierno representa una nueva agresión a los intereses de los ciudadanos. Como explica el profesor Vicenç Navarro, "estas medidas, que el Gobierno de Rajoy está imponiendo, son el resultado de la alianza de la banca con la gran patronal, utilizando la crisis como excusa para conseguir lo que siempre han deseado: el desmantelamiento del Estado del Bienestar y el debilitamiento de la clase trabajadora"[1]. El siguiente paso en este camino de recortes será la limitación del derecho a huelga, como ya piden abiertamente los grandes empresarios y aceptan algunos partidos políticos[2].

Hemos de recordar que tanto asalariados como pequeños empresarios y autónomos somos el eslabón más débil de una cadena que cada vez se tensa más. Desde los grandes poderes han descubierto que una situación de crisis permanente les beneficia de tal modo que no les resulta para nada apetecible salir de aquélla. Hemos de tener desde ya algo muy claro: esta crisis continuará mientras nos quede algún derecho a los trabajadores. ¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestros derechos con tal de salir de la crisis?

Mientras las estadísticas nos muestran un estado cuyos habitantes ven reducir sus estándares de vida y los niveles de pobreza alcanzan niveles muy preocupantes, donde día a día se comprueba la continua degradación de nuestros servicios públicos: escuelas sin calefacción, impago de medicamentos a las farmacias, hospitales con menos medios disponibles, por falta de unos presupuestos se derivan hacia la banca privada. Estas situaciones, junto al creciente desempleo, son elementos de desmoralización de las masas, así como un medio para generar conformismo desde el momento en que cualquier trabajador sabe que "tiene un ejército de parados detrás suya que con gusto trabajaría por mucho menos sueldo".

Desde el momento en el que aceptamos ese juego, del que seremos eternos perdedores, dejamos de ser dueños de nuestros destinos. Al respecto, hemos de tener algo muy claro: un trabajador sin derechos no es un trabajador, es un esclavo. La ciudadanía de hoy se encuentra ante la tesitura de responder a las agresiones de los grandes poderes, a decir "no" a la condena a una esclavitud de facto. La movilización es el único camino. No vale justificar la inacción con tópicos como que no vamos a seguir el juego a unos sindicatos mayoritarios "vendidos" y que nunca hacen nada. La fuerza no está en las siglas de ningún sindicato, la fuerza está en la unión y organización de los ciudadanos y, sobre todo, en el único modo de hacer oír de la ciudadanía: la movilización.


[1] Vicenç Navarro: "La importancia de movilizarse en contra de las medidas neoliberales". Sistema, 17 de febrero de 2012.
[2] "El Gobierno está dispuesto a revisar el derecho de huelga". Público, 18 de febrero de 2012.

martes, 28 de junio de 2011

El fin del "TDT Party"

Se habla últimamente del fin (en el sentido de final) del TDT Party, reflejado en el proceso captación de fondos por parte de Intereconomía. En este artículo se reflexiona acerca de los motivos que hacen que estos canales de televisión se encuentren en una aparente situación de precariedad económica, sugiriéndose la posibilidad de que simplemente cumplieron el fin (en el sentido de finalidad) para el que fueron creados, por lo que el destino de cada canal podría ser su reconversión o su simple desaparición.

Con la implantación de la televisión digital terrestre llegó un aluvión de cadenas de televisión con un denominador común: una línea editorial claramente ultraconservadora cuya programación parecía casi exclusivamente orientada a mantener campañas de acoso y derribo contra el gobierno de Zapatero y, en general, contra cualquier cosa que les pudiera sonar a izquierdas. La virulencia de sus tertulianos contra el partido del gobierno evocaba para muchos las maneras de Sarah Palin, y su Tea Party, hacia el presidente Obama, por lo que este grupo de canales pasó a conocerse como el TDT Party.

Días después de la derrota electoral del PSOE en las elecciones autonómicas y municipales del 22M, comienzan a publicarse noticias sobre el desmoronamiento de estas cadenas, al parecer, por motivos de viabilidad económica. A la sorpresa que la noticia ha supuesto para la mayoría se le suma el alivio de pensar que la etapa de mayor acritud en los medios de comunicación españoles puede estar a punto de terminar.

Sin embargo, es difícil aceptar que el fin de estas cadenas, ya sea por desaparición o reconversión, se deba a motivos meramente monetarios ya que, visto el panorama político actual y previsible para los siguientes años, más bien parece que éstas ya cumplieron con el fin -de finalidad- para las que fueron creadas y ahora, simplemente, su formato ya no es necesario o, en todo caso, ya no interesa.

Tomando como modelo el politizado Telemadrid de Aguirre, las cadenas Veo, LibertaDigital, Intereconomía, La10 y otras similares surgen a partir del apoyo económico de un empresariado español muy localizado, con grandes intereses en la implantación de políticas neoliberales en el país y claramente ligado al espectro ideológico más conservador. Recordemos el eslógan de Intereconomía: "Porque somos de derechas".

Sus programas estrella consisten invariablemente en tertulias dedicadas a destripar todo lo que sus participantes no consideren dentro de su esfera ideológica. Su modus operandi se reduce a utilizar el insulto fácil (como aquella vez en que llamaron "zorra" a una consejera de la Generalitat), las acusaciones sin pruebas (como vincular sistemáticamente el movimiento 15M con Kale Borroka), continuos argumentos sin base y, sobre todo, repetir las mismas consignas a modo de eslóganes goebelsianos para que se conviertan en verdades implantadas en los subconscientes de los espectadores.

El adoctrinamiento fundamental de todas esas tertulias ha sido que la izquierda es mala; por tanto el PSOE, a quienes interesadamente identifican con la izquierda, es malo. Claro está que los conceptos de izquierdas o derechas que manejan están totalmente tergiversados, puesto que, si a políticas económicas se refiriesen, no encontraríamos demasiadas diferencias entre el neoliberalismo practicado por Zapatero y el que nos imaginamos que aplicaría Rajoy. Sin embargo, en la calle ha calado hondo la cantinela de que la "izquierda" no sirve para crear empleo, que lleva al país a la ruína y otras tantas lindezas sin fundamento que, en realidad, son todas consecuencias directas de la aplicación de agresivas políticas neoliberales en los últimos lustros.

Hay que reconocer, por tanto, que estas cadenas han cumplido su función, demostrado sobre todo tras las elecciones municipales del 22M, al haber movilizado el voto de la derecha a favor del PP y, en cierto modo, desmotivado el voto hacia el PSOE en mucha gente de ideología centrista. De este hecho podemos pensar que el mantenimiento de una línea editorial tan agresiva, tan "somos de derechas", no es atractiva para el posible votante de centro, quien podría desplazar su elección hacia el partido de Rosa Díez. Recordemos que, en un claro guiño a aquel sector del electorado, el eslógan del PP en las municipales era "Centrados".

En el mundo de los negocios la lógica es clara: cuando algo o alguien ha cumplido su función, deja de ser necesario y no se va a seguir financiando. Pero es que, además, la supuesta caída del TDT Party puede guardar un efecto colateral que, bien manejado, puede dañar a Rubalcaba. Si hacemos algo de memoria, recordaremos que el reparto inicial de licencias de TDT fue bastante criticado, al ser La Sexta la principal beneficiada en todo el proceso. Con objeto de evitar acusaciones de tratos de favor, el gobierno socialista tuvo que ceder a la concesión de más canales, la mayoría ocupados por televisiones del sector mediático más conservador. Indudablemente, esta torpeza estratégica debilitaría, sin duda, la hegemonía de PRISA, aliado tradicional del PSOE.

La distribución de la señal TDT en el estado español es algo distinta a la de otros países del entorno, en los cuales se lleva a cabo a través de varios operadores de satélite -como Astra o Eutelsat-, puesto que se realiza esencialmente a base de repetidores terrestres gestionados por la compañía privada Abertis. Los costes de este modo de operación son muy altos, por lo que a las cadenas de TDT les supone grandes inversiones mantenerse en emisión. La reciente reordenación del espectro de la televisión terrestre, a partir de la aplicación de una directiva europea que paulatinamente afectará a todas las emisoras, está siendo utilizada por Intereconomía como arma contra el gobierno, al sugerir que éste está detrás de todo, señalando implícitamente a Rubalcaba como artífice del supuesto complot.

Aún queda otro motivo por el que el TDT Party parece condenado a su final, al menos en el formato que ahora conocemos. Sencillamente, se ha alimentado a un monstruo radical con la capacidad de atacar a gobiernos. No es de extrañar que desde el propio PP se haya considerado que, en una previsible legislatura, cualquier muestra de tibieza por su parte fuera motivo de sufrir ataques desde los tertulianos más ultraconservadores.

No es nuevo que en españa los medios de comunicación estén politizados, de hecho siempre ha existido un reparto de influencias respecto a los dos partidos mayoritarios. No obstante, el TDT Party ha supuesto un nivel de insulto, crispación y demagogia jamás visto. Los ciudadanos no podemos seguir consintiendo la existencia de tales prácticas. Los tertulianos de estas cadenas amparan sus manipulaciones en su derecho a la libertad de expresión, pero hemos de exigirles que no sea a costa de nuestro derecho a la libertad de pensamiento. En la actualidad no podemos evitar que la prensa en su inmensa mayoría esté controlada por grandes grupos mediáticos de tendencias neoliberales, pero al menos podemos exigir el cumplimiento de una ética periodística, dentro de la información veraz, sin manipulación, por el interés general. La llave está en nuestra mano: hasta entonces podemos apagar los televisores.