domingo, 1 de enero de 2012

Feliz 2012, si la banca quiere

Los recientes anuncios del nuevo Gobierno indican que nos espera un año muy duro para la clase trabajadora. La amenaza de nuevos recortes de derechos se hace cada vez más patente, mientras que la clase dominante -banca privada y grandes empresarios de España y Europa- se ha apropiado en la práctica de la soberanía del Estado. Con estas perspectivas es difícil hablar de un feliz 2012.

A pesar de los buenos deseos de año nuevo, las perspectivas para el 2012 no parecen muy halagüeñas. No es cuestión de pesimismo sino de evidencias, habida cuenta de la profunda crisis sistémica en la que nos encontramos inmersos y de su instrumentalización para el desmontaje de cualquier atisbo de estado del bienestar.

El camino trazado para el año recién estrenado no va a divergir mucho de la senda de privatizaciones y recortes de derechos de los últimos tiempos. Incluso la ciudadanía de la periferia de Europa va a ver agravada sus condiciones, donde las exigencias del Banco Central Europeo llevarán a un aumento de la ya enorme brecha económica existente entre ricos y pobres, entre la clase dominante y la clase trabajadora.

El propósito de año nuevo del Gobierno de España parece claro: se van a cumplir las directrices del Banco Central Europeo: que los salarios y la protección social disminuyan. El dogma neoliberal parte de estos condicionantes para mejorar la competitividad de la economía española como paso previo a la salida de la recesión. Según aquél, unos salarios reducidos harán nuestros productos más competitivos para la exportación, mientras que la disminución del gasto social permitirá contener el déficit. En realidad, es un argumento falaz, tal como demuestra el profesor Vicenç Navarro, quien da el ejemplo de Suecia, uno de los países con mayor crecimiento económico de Europa a pesar de tener los salarios más elevados y la mayor protección social de la Unión[1].

Los apresurados cambios en las constituciones de España e Italia fueron consecuencia de la presión del BCE a los expresidentes Rodríguez Zapatero y Berlusconi como condición para recibir importantes ayudas económicas de este organismo. Es decir, las soberanías de estos dos estados quedaron supeditadas a los intereses de un organismo cómplice de la banca privada: recordemos que el BCE realiza préstamos a bajo interés a la banca privada para que luego ésta compre bonos de los estados a intereses 6 veces superiores. Podemos hablar sin miedo a equivocarnos de un rescate de baja intensidad, del mismo tipo del que luego Rajoy, en fechas próximas a las elecciones generales, solicitaría a Angela Merkel cuando contacta con aquélla para expresarle que “a cambio de 100.000 millones de euros está dispuesto a hacer las medidas que sea necesario”[2].

Los grandes poderes financieros se frotan las manos ante la situación que se presenta para el año que está comenzando. La anunciada congelación del sueldo de los funcionarios o del salario mínimo interprofesional son síntomas de lo que espera a los trabajadores del sector privado para este año. Así, la reducción de salarios conllevará un mayor endeudamiento de la población -lo cual lógicamente beneficiará a la banca-, además de una disminución de costes salariales al sector empresarial. La perspectiva de la privatización de las pensiones públicas se hace cada vez más patente, exigencia que más pronto que tarde llegará desde el BCE, lo que supondrá para la banca privada cuantiosos ingresos. Tampoco hay que descartar la posibilidad de la privatización del sistema sanitario, lo que beneficiará a las grandes aseguradoras privadas.

La actual debilidad de las fuerzas sindicales de clase será aprovechada por el gobierno para continuar el desmontaje de derechos ya comenzado por el ejecutivo anterior. Muy posiblemente, con la excusa de su presunto perjuicio para la economía, se limitará el derecho a huelga. Cualquier intento de reacción por parte de la ciudadanía, que indudablemente se movilizará en protesta al anunciado latrocinio de derechos, recibirá una contundente respuesta por parte de las fuerzas del estado, tal como insinuó el nuevo ministro de Interior tras jurar su cargo[3].

Mientras tanto, a consecuencia de la disminución real de sueldos, la reducción de la capacidad adquisitiva de la población en general dejará bajo mínimos la capacidad de consumo interno, principal motor de la economía de un estado cuyo tejido productivo se basa principalmente en pequeñas y medianas empresas. El consecuente debilitamiento de la economía nacional, junto a la negativa europea a permitir un aumento de la inversión pública, pondrá al estado español al borde de una seria depresión que tendrá incalculables costes para la sociedad en su conjunto.

No olvidemos que, poco después de tomar posesión de su cargo, el nuevo ministro de Economía y Competitividad explicaba que España se encuentra en recesión[4], dato confirmado por la CEOE, que predice para el 2012 crecimiento cero en la economía, además del aumento del desempleo hasta los 5,2 millones de personas[5]. Tras estos últimos años de recortes y sacrificios de nuestros derechos es hora de aceptar que no hay solución a la crisis actual mientras nos mantengamos en las tesis neoliberales. Las nefastas predicciones de la patronal hemos de tomarlas como el reconocimiento de la incapacidad de aquellas medidas para cumplir el objetivo de salir de la crisis, aunque de seguro que las utilizarán en su provecho para recortarnos derechos laborales. En todo caso, no podemos olvidar que se trata de una crisis que afecta exclusivamente a los trabajadores y pequeños empresarios, mientras los poderosos son cada vez más ricos[6].


[1] Sobre el papel del BCE léase el artículo de Vicenç Navarro, “El BCE, el lobby de la banca”, Público, 8 de diciembre de 2011.
[3] "Una advertencia a los indignados", Público, 23 de diciembre 2011.
[4] "El ministro de Economía confirma que la recesión ha vuelto a España", El Periódico, 27 de diciembre de 2011.
[6] Vicenç Navarro, "Concentración de la riqueza", Público, 29 de diciembre 2011.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Falacia: "el poder corrompe"

El poder corrompe” es una falacia ampliamente aceptada por la población y profusamente repetida por los medios que, enfocada en el poder político, socava la confianza en quienes ejercen la política y los cimientos de la propia democracia, pues justifica y humaniza a quienes tienen actitudes de abuso de poder.

Que el poder corrompe es un tópico profundamente enraizado en el saber popular. Lo aceptamos como un hecho sin más, como una especie de maldición que pervierte la moral del poderoso como consecuencia de haber alcanzado su particular condición de privilegio. Nos encontramos ante un argumento ad populum, cuya validez se basa en la aceptación por parte de mucha gente de que el poder inevitablemente conduce a la corrupción, lo que implica cierta actitud transigente con lo que tendría que ser intolerable.

Normalmente el concepto de poder se focaliza en el ámbito político. En este contexto, la afirmación de que el poder corrompe es especialmente venenosa hacia los principios más básicos de la democracia, puesto que estamos humanizando al cargo público corrupto e implícitamente disculpamos a quien saca provecho propio de su posición de poder.

Hemos asumido que una élite con acceso al poder puede ser corrupta por el simple hecho de gobernar; es decir, negamos tácitamente la posibilidad de que ciertas personas puedan haber decidido acceder al poder para lucro propio, y además nos convencemos de que el poder es tan malo que las ha corrompido. Por tanto, hemos exonerado al corrupto, ya que éste pasa a ser visto como inevitable víctima del poder.

Así, la ética de quien ostenta un cargo de poder pasa a un último plano que ni siquiera se plantea entre la ciudadanía. Éste es el único modo en que se puede explicar que cargos políticos con imputaciones por corrupción vuelvan a ser votados en sucesivas elecciones. Quien vota a quien sabe corrupto, ¿acaso no es en cierto modo cómplice de los latrocinios cometidos por aquél?

Es por tanto necesario realizar un ejercicio de autocrítica: ¿cuántas veces hemos oído decir aquello de “hay que comprender que si yo tuviera un puesto importante también intentaría beneficiarme de aquél”? Es una frase que mezcla la frustración hacia un colectivo en el que se ha dejado de confiar y la picaresca patria de la que, desgraciadamente, tanto alardeamos. A quienes realizar tales afirmaciones habría que preguntarles si piensan que realmente ellos tienen posibilidad de gobernar o acceder a algún cargo de responsabilidad? Justificamos el fraude del pez gordo por si, en algún hipotético día, llegamos a ser poderosos podamos llevarnos nuestro trozo del pastel.

La visión de la corrupción como actitud generalizada entre la casta política no es sólo falsa, sino que conviene a los verdaderamente corruptos, al generalizar artificialmente su conducta. Hay muchos más políticos honrados que corruptos, si no directamente podremos afirmar que no vivimos en nada que se parezca siquiera a una democracia. Sólo que de los primeros no se habla, mientras incluso se ensalza desde algunos medios la "habilidad" de los segundos para no ser encausados. De este modo, la corrupción y la disculpa de aquélla por parte de muchos ciudadanos -y medios de comunicación- denota un importante déficit democrático que además socava la credibilidad de los políticos y a la democracia en sí misma. Cada vez es más acusado el desplazamiento de la casta política, en cuanto a poder real, por grandes empresarios y banqueros; hecho del que el pueblo apenas se inmuta. No vale decir “políticos corruptos”, lo que es necesario es tener el valor de identificar a quienes verdaderamente lo son y exigirles responsabilidades hasta las últimas consecuencias.

Como es de sospechar, el ejercicio de señalar a los corruptos no es sencillo. Hay presiones, compromisos, lealtades y demás obstáculos por sortear. La principal herramienta para ello es la transparencia, que ha demostrado su eficiencia en los países donde más escrupulosamente se aplica. El caso de Finlandia es el paradigma de la lucha contra la corrupción gracias a su política de transparencia total[1], hecho reconocido desde organismos internacionales[2]. En el caso de España la transparencia es una quimera que habitualmente entra en conflicto con el derecho a la privacidad, confundiéndose deliberadamente lo privado con lo íntimo. Transparencia significa transparencia total. Si no se conocen las rentas, los bienes, las relaciones interesadas -empresarios, grupos de poder- de los cargos elegibles, se está dejando la puerta abierta a la corrupción.

Queda, por supuesto, la responsabilidad del ciudadano, del votante, de exigir a sus representantes honestidad, ética, uso responsable de su cargo de poder. Para ello, ha de fomentarse la democracia participativa, la adecuación de las leyes de iniciativa popular para evitar que democracia se reduzca al ejercicio de depositar el voto en la urna. Pero, incluso antes de todo aquello, el ciudadano ha de ser consciente de su particular situación de eslabón más débil de la cadena, de que existe una lucha real de clases, donde en estos momentos la clase dominante va venciendo por goleada, y que el único modo de revertir la situación pasa por despertar la conciencia de que las actitudes egoístas e hipócritas que justifican la corrupción debilitan lo público y fortalecen a aquellos otros poderes que no son elegibles. Así, la ciudadanía ha de ser crítica y escéptica ante cantos de sirena de quienes prometen jauja, pero no explican lo que harán cuando gobiernen y con quienes.


[1] "Así lucha Finlandia contra la corrupción (y no lo hace España)". 4/11/2010.

domingo, 25 de diciembre de 2011

¡Feliz Solsticio de Invierno!

El solsticio de invierno no es más que el día del año en el que tiene lugar la noche más larga para, a continuación durante los próximos seis meses, producirse el alargamiento de la duración del día. La celebración de este acontecimiento lleva produciéndose desde tiempos inmemoriales, sustituida en la cultura cristiana por la Navidad desde el año 350, cuando el papa Julio I decide que el 25 de diciembre sea la fecha del nacimiento de Jesucristo.

En primer lugar, es obligado afirmar que es difícil hablar de felicidad en una época como la que nos está tocando vivir, donde los derechos que la ciudadanía consideraba inamovibles han demostrado ser meras concesiones que fueron útiles a las élites gobernantes durante unas décadas, que ahora sin embargo han pasado a ser accesorias.

Independientemente del contexto económico, histórico o cultural, estas fechas han sido de motivo celebración para la mayoría de las civilizaciones. Han bastado unos mínimos conocimientos de astronomía para que la humanidad descubriese el patrón estacional de la duración de los días y las noches. Ya el monumento de Stonehenge, construido sobre el 2500 a.e.c., tenía entre sus funciones la identificación de los solsticios. El solsticio de invierno señala el final del acortamiento de los días, un anuncio de que durante los próximos 6 meses la duración de aquéllos se prolongará, lo que brindará un creciente número de horas de luz, necesaria para las civilizaciones más antiguas cuya iluminación se reducía a antorchas y hogueras. También significaba, sin embargo, el inicio del invierno, los meses de la hambruna, por lo que se procedía al sacrificio de animales que de otro modo habría que alimentar con los escasos recursos disponibles en aquella estación.

Cada civilización integraba el solsticio de invierno con sus costumbres religiosas, así en Roma se celebraba el Dies Natalis Solis Invicti, el Día del Nacimiento del Sol Inconquistado, un festival que llegaba a su apogeo el 25 de diciembre, coincidente con el solsticio de invierno según el calendario juliano. Entre el 17 y 23 de diciembre se celebraban las Saturnales, fiestas que coincidían con la finalización de la fermentación del vino, donde se sucedían banquetes, diversiones e intercambios de regalos. Los hogares romanos se decoraban especialmente para la fecha, a los esclavos se les permitían ciertas licencias, incluso la posibilidad de ser servidos -sólo durante esos días- por sus amos. La razón de esta celebración vino con motivo de la dura derrota romana frente a los cartagineses en la Batalla del Lago Trasimeno (217 a.e.c.). Así se evocaba al dios Saturno, dios protector de siembras y cosechas, representante de la edad de oro de la mitológica griega -Saturno es el dios equivalente a Cronos- en la que los hombres vivían felices, sin separaciones sociales.

El ascenso del cristianismo a religión dominante en Roma le llevó a la apropiación de muchas costumbres paganas. El día del nacimiento del Sol no sería menos. En 350 el papa Julio I haría coincidir aquella fecha con la del nacimiento de Jesús de Nazaret, aunque no hubiere ningún registro documental que mencionase tal día. Esta operación de marketing premedieval permitió asociar directamente al dios cristiano con el Sol, lo que facilitaría la inevitable absorción del paganismo por el cristianismo.

Por tanto, la Misa del Gallo no es más que la conmemoración del solsticio de invierno, mientras que -paradojas de la vida- la celebración de la Navidad no es más que la degeneración de un rito romano que recordaba que los hombres podemos ser iguales, reducido en nuestros días a un irritante culto al consumismo.

Si hay algo positivo en la Navidad es que, una vez estudiados sus orígenes, nos sirve para recordar que los precursores de nuestra civilización moderna celebraban unos días en honor a la igualdad entre los seres humanos. Las economías de Grecia y Roma se sustentaban en la mano de obra esclava, de ahí la diferenciación entre las clases de los hombres libres y los esclavos. Hoy en día, aunque hayamos superado el esclavismo como motor de la economía, sigue teniendo lugar una lucha entre clases que se agudiza según el neoliberalismo va imponiendo  su doctrina. Los trabajadores podemos, por tanto, celebrar las fechas navideñas sin necesidad de connotaciones religiosas, unos días en los que podamos especialmente recordar -al igual que hacían los esclavos en Roma- que alcanzar la Edad de Oro de la humanidad no sólo es posible, sino un objetivo por el que todo ciudadano debería luchar.