sábado, 12 de noviembre de 2011

La democracia nace en Grecia, la democracia muere en Grecia

El intento de referéndum en Grecia para consultar el futuro de su deuda supuso el fin del gobierno de Yorgos Papandreu, sustituido por una coalición de socialistas, conservadores y ultraderechistas. Este artículo plantea la calidad democrática de Europa que no sólo niega el derecho del pueblo griego a pronunciarse, sino que influye claramente en un cambio de gobierno.

Por unas horas, ciudadanos de todo el globo, concienciados de la situación del pueblo griego, sabedores de su particular condición de conejillo de indias para los gerifaltes de los mercados, nos sentimos aliviados ante la noticia de una convocatoria de referéndum que decidiría el futuro del pacto sobre las medias de rescate y la quita sobre la deuda griega.

El pasado 1 de noviembre, Yorgos Papandreu anunciaba a Europa que había “llegado la hora en que el pueblo griego debía decir el gran sí o el gran no”[1]. Aún sin profundizar en los detalles de la consulta, parecía que la democracia finalmente podía primar sobre los intereses financieros de unos cuantos poderosos. Al pueblo griego se le presentaba la merecida oportunidad de ser consultado sobre asuntos de los que depende su bienestar. Durante los dos días siguientes, evocando su condición de cuna de la democracia, algunos medios aplaudieron a Grecia por el cambio de actitud de su gobierno, aparentemente decidido a escuchar a su pueblo en vez de los dictámenes de las bancas alemana y francesa, además de los lobbys financieros.

No pudo ser. Una cruda dosis de realidad, trazada desde las altas esferas donde moran los verdaderos gobernantes de Europa, volvía a sacudir a la ciudadanía griega y del resto del continente cuando, apenas 48 horas después de la noticia, Papandreu anunciaba la retirada del referéndum[2]. Días después, se forzaba un cambio de gobierno en Grecia.

Son demasiadas preguntas las que tendrían que responder los gobernantes europeos, en su calidad de representantes de la ciudadanía, respecto a las intenciones de sus patrones de la banca y las finanzas. ¿Por qué se ha negado al pueblo griego la determinación sobre cómo afrontar una deuda impuesta desde terceros países?, ¿hasta dónde continuará la sangría griega?, ¿es Grecia un ensayo de lo que espera al resto de la ciudadanía de la Europa periférica?

Quizás nunca sabremos las intenciones de Papandreu al anunciar el referéndum. Puede que se haya tratado de un elaborado farol para tensar la cuerda franco-alemana, quizás un movimiento de estrategia que se nos escapa a los ciudadanos o, simplemente, un ejercicio de decencia democrática tras dos años de gobierno arrodillado a los dictámenes del Banco Central Europeo.

El anuncio del referéndum se recibió, por parte de los mercados internacionales, como un mensaje apocalíptico. La reacción de las bolsas fue el acostumbrado desplome, mientras que las primas de los países de la Europa periférica se disparaban[3]. Empieza a ser preocupante para la salud democrática de nuestros estados que las variaciones de aquellos dos parámetros -bolsas y primas de riesgo- se tomen sistemáticamente como criterio de valoración de las medidas anunciadas por los gobiernos. Aprovechando la cumbre del G-20 celebrada en Cannes, Merkel y Sarkozy llamaron al orden al primer ministro griego.

Al respecto, hay que decir que Papandreu había avisado unos meses antes de que planteaba la posibilidad de que el siguiente rescate fuese aceptado bajo el marco de una previa consulta popular[4]. Por tanto, no es justo que el primer ministro griego pudiera ser tachado de traidor a Europa, quien con su irresponsabilidad pusiese en peligro al euro y a la Unión en sí misma. El interés de Merkel y Sarkozy coincide con el de los principales bancos de sus respectivos países, los principales acreedores de la deuda griega. A la presión de aquéllos se sumaron las duras palabras de José Manuel Durão Barroso, presidente de la Comisión Europea, quien advirtió que "Sin el acuerdo de la UE y el FMI sobre Grecia, las condiciones de los ciudadanos griegos pasarían a ser mucho más dolorosas, en especial para los más vulnerables", a lo que agregó que "Las consecuencias serían imposibles de prever"[5].

Parece que desde el otrora próspero eje París-Berlín nadie piensa en la situación de la ciudadanía griega. ¿Es acaso realista pensar que una deuda cuyos intereses están en torno al 20%, mientras los de Alemania están a sólo un 2%, es pagable sin consecuencias[6]? Hablamos de una deuda que se acerca a los 20.000 euros por habitante de aquel país[7]. Así, las primeras consecuencias las lleva sufriendo el pueblo griego desde hace meses, cuya única opción de protesta es la movilización, que ejerce casi a diario aunque de ello apenas se hable en los informativos españoles. La ciudadanía griega vive inmersa en brutales recortes que han paralizado el consumo interno, conducido a millares de griegos a una pobreza generalizada y sin remedio a corto plazo[8]. Mientras tanto, las clases altas intensifican sustancialmente la fuga de capital a los bancos suizos[9].

No cabe duda que, si hubo alguna vez intención real por parte de Papandreu de convocar un referéndum,  fue debido a la magnitud de las movilizaciones de la ciudadanía. Los días 19 y 20 de octubre se produjeron las mayores manifestaciones hasta la fecha, que convocaron a más de medio millón de personas sólo en la plaza Syntagma de Atenas. Dada la situación actual, existe la posibilidad de que todo el anuncio del referéndum no fuera más que un montaje pactado desde las altas esferas, cuyos principales escollos eran los peligros de revueltas sociales y, sobre todo, una hipotética intervención del Ejército mediante un golpe de estado. El propio anuncio de referéndum pudo servir para ilusionar, enfriar los ánimos de una población deseosa de un mínimo atisbo de esperanza. El Ejército, preocupante por su propia naturaleza y las abiertas simpatías mostradas desde algunos sectores de aquél hacia la ciudadanía[10], fue hábilmente descabezado por el ejecutivo de Papandreu apenas 24 horas después del anuncio de la consulta popular[11].

En cualquier caso, los planes del BCE y las bancas francesa y alemana pesaron mucho más que las legítimas reivindicaciones del pueblo. El recién estrenado ejecutivo griego se trata de un "gobierno de unidad" formado por la coalición del Partido Socialista (PASOK), Nueva Democracia (ND) y la Concentración Popular Ortodoxa (LAOS) -partido de ultraderecha-, liderado por Lukas Papadimos, cuya condición de ex-alto cargo en el Banco de Grecia y en el Banco Central Europeo crea una duda razonable acerca de su idoneidad para servir a los intereses del pueblo griego.

Las primeras instrucciones al nuevo gobierno llegan de la mano de Merkel y Sarkozy, quienes reiteran al Gobierno griego la necesidad de aplicar sus compromisos con el BCE, es decir, aplicar nuevas reformas, condición necesaria para recibir nuevas ayudas económicas[12]. Es dudoso, vistos los precedentes, que esas ayudas sirvan para mejorar las condiciones actuales de la ciudadanía griega. Por ejemplo, parte de las ayudas anteriores sirvieron para saldar la deuda de la Armada de Grecia con la compañía alemana Thyssenkrupp Marine Systems por la compra de unos modernos submarinos[13].

Las recetas neoliberales para salir de la crisis han demostrado ser no sólo inútiles sino nocivas para las economías a rescatar. La ciudadanía es la que sufre principalmente las medidas planteadas, eufemismo para referirse a recortes y reducción de derechos. Hemos olvidado que Islandia, e incluso las economías del Cono Sur, como Argentina, sólo pudieron salir de sus respectivas crisis cuando dijeron “no” a seguir el juego de los rescates y las deudas odiosas.

Ante la situación política y social que se está produciendo en Grecia, a la ciudadanía europea no nos queda más remedio que exigir explicaciones a nuestros representantes en Europa de lo que está ocurriendo, tenemos derecho a conocer el porqué de ese trato antidemocrático al pueblo griego, por qué motivo se le ha negado el derecho de decidir sobre el pago de la deuda y, posteriormente, de elegir a sus representantes en el nuevo gobierno; que se aclare si ese cambio de gobierno se trata de un golpe de estado de-facto organizado desde las altas instancias europeas y, si es así, que se explique claramente el destino que nos tienen planificado para el resto de la ciudadanía europea, porque la Democracia cada vez parece más utópica en nuestro continente.


[1] “Grecia convoca un referéndum para aprobar el pacto de la quita”. Público, 1/11/2011.
[2] “Papandreu decide retirar el referéndum sobre el plan de rescate”. Público, 3/11/2011.
[3] “El referéndum de Grecia estrella las Bolsas europeas y castiga la deuda soberana”. RTVE Noticias, 1/11/2011.
[4] “Los logros de los ‘indignados’ en Grecia destacados en la prensa extranjera, ignorados en España”, 8/06/2011.
[5] “Merkel y Sarkozy a Grecia: o el rescate o el caos”. Público, 2/11/2011.
[6] Rosa Mª Artal (noviembre 2011): "Cataclismo griego ¿Miedo a la democracia?". ATTAC España.
[7] "Grecia: cada ciudadano debería pagar 20.000 euros para normalizar la deuda". El Economista, 8/11/2011.
[8] "Greece Threatened with Widespread, Long-Term Poverty". Spiegel, 19/07/2011.
[9] "Fuga de capitales en Grecia: ciudadanos desvían más de 200.000 millones a Suiza". El Economista, 19/10/2011.
[10] "Grecia, las fuerzas militares se unen a las manifestaciones". 4/10/2011.
[11] "Papandreu releva por sorpresa a la cúpula del Ejército". Cinco Días, 1/11/2011.
[12] "Merkel y Sarkozy reiteran a Papademos que cumpla con celeridad los compromisos". Europa Press, 12/11/2011.
[13] Juan Hdez. Vigueras (noviembre 2011): "El problema de Grecia". Blog Dominio Público.

martes, 8 de noviembre de 2011

Después del gran debate toca reflexionar

Este artículo plantea el debate electoral entre los candidatos de los dos partidos mayoritarios como indicador de la calidad de la democracia en el estado español, donde el bipartidismo se da como un hecho, polarizando a la ciudadanía hacia uno u otro partido político, hecho que condena a las demás opciones a un segundo plano.

Con una periodicidad de aproximadamente cuatro años se produce un nuevo debate del siglo, un "cara a cara" entre los dos candidatos de turno a la presidencia de gobierno de los dos partidos mayoritarios. La natural expectación de los días previos suele desembocar en ubicuas tertulias durante el día después donde muchos ciudadanos, queramos o no, nos encontramos en medio de tensos debates improvisados entre partidarios de uno u otro candidato, a quienes ven respectivamente como "vencedores" de la contienda de la noche anterior. En la mayoría de aquellas charlas de café es tangible la falta de espíritu crítico que se ha concedido a la ciudadanía, absorta en su mayor parte en un debate que, visto fríamente, puede resumirse en un continuo "y tú más".


Así, el apasionamiento que muestra una importante cantidad de ciudadanos raya el fanatismo propio de forofos de los deportes de masa. En realidad llevamos muchos años instalados en el bipartidismo, en la elección entre dos únicas opciones a las que los medios nos fuerzan a que nos sintamos identificados: Real Madrid o Fútbol Club Barcelona, sin más. Es verdad que un debate así tendría que ser una fuente importante de información para el ciudadano a la hora de decidir su voto, puesto que ese "cara a cara" es la oportunidad para cada candidato de contrastar el programa electoral del partido que representa con el de su oponente. Pero, honestamente hablando, ¿alguien tiene la sensación de que esto haya ocurrido en este último debate?, ¿acaso ha ocurrido en alguno de los más recientes?

Sin embargo, la oportunidad para el ciudadano de decidir el voto queda limitada ante el evidente sesgo ocasionado por el bipartidismo rampante al que nos somete este tipo de debates. ¿Acaso no existen otras opciones?, ¿por qué siempre son los debates a dos partes?, ¿por qué no se invitan a otros candidatos? El mensaje implícito es que sólo aquéllas son las opciones válidas, cualquier otra elección supone prácticamente tirar el voto. Lo dice la televisión. De hecho, en las tertulias del día después todos hemos podido oír a alguien decir aquello de "votaré a Fulanito, a ver si lo hace mejor que Menganito". Pero, vamos a ver, ¿a dónde quedó la mentalidad crítica que se le presupone a cualquier ciudadano con derecho a voto? La cuestión de hacerlo "mejor" o "peor", según el criterio particular de cada uno, es algo que tendría que estar reflejado con perfecta claridad en los programas electorales de los partidos políticos, que tendrían que ser el principal factor para decidir el voto.

Por contra, el panorama que se nos presenta es un montaje mediático que roza el ridículo, entre un candidato que promete cosas que no hizo mientras tuvo la oportunidad y otro que simplemente evita comprometerse más de lo necesario. No hubo debate. Se jugó al gato y al ratón, se cumplió el guión establecido del "y tú más", se dio una nueva vuelta de tuerca al bipartidismo. La mediatización de estos debates es tan evidente que la ciudadanía tendría que plantearse si realmente merece la pena ser cómplice de tal montaje, cuyo coste ha ascendido a los 550.000 euros[1].

No se profundizó realmente en lo que preocupa a los ciudadanos. No vale sólo con prometer puestos de trabajo, no basta con hablar del fin de la crisis. Son vaguedades. La ciudadanía merece ser tratada con respeto, no como simples máquinas de votar, lo cual supone un insulto a la inteligencia[2]. Hay que explicar a la ciudadanía el camino que piensan tomar para crear empleo, para salir de la crisis. Explicaciones serias, razonadas, evitando imprecisiones. No basta con prometer puestos de trabajo, también hay que asegurar la calidad de aquéllos, dado que hoy en día ser mileurista ha llegado a ser un lujo, teniendo en cuenta las precarias condiciones de muchos empleos. Faltaron además menciones explícitas a problemas tan graves como la corrupción -que ha salpicado a miembros de ambas formaciones políticas-, a la grave polarización de las rentas entre trabajadores y ricos, a las injustas políticas fiscales que favorecen tal polarización, o al rampante fraude fiscal; cuestiones sumamente importantes que empobrecen al estado español no sólo en lo económico sino en la calidad de la democracia en sí misma. Pero es que, además, los ahora presentados como contrincantes no tuvieron reparo en negar a la ciudadanía el derecho a expresarse a través de un referéndum cuando se trató de cambiar la Constitución. En aquel momento, ambos partidos fueron de la mano para tramitar una ley que polariza a la Carta Magna hacia el neoliberalismo. Ante tales condiciones es dudoso pensar que estos partidos políticos se deban en primer lugar a la ciudadanía, máxime cuando los últimos presidentes y algunos ex-ministros se encuentran actualmente acomodados en el seno de importantes corporaciones, las cuales forman parte de los temidos "mercados"[3].

Vivimos sumidos en una democracia incompleta, donde el "poder del pueblo" queda limitado al ejercicio de depositar una papeleta en una urna de vez en cuando, al que eufemísticamente se llamará "la Fiesta de la Democracia". Durante los próximos cuatro años se dictarán leyes, se cambiarán otras sin consultar a la ciudadanía, se gobernará -según sus propias palabras- de acorde a los dictados de los "mercados". Argumentarán que no hay dinero, que hay que cumplir irreales objetivos de déficit, previamente pactados a fuego de ley entre ambos partidos, mientras los ciudadanos sufren un continuo empobrecimiento, los pensionistas con sus sueldos congelados, los funcionarios condenados a pagar un peaje por el hecho de haber aprobado unas oposiciones. Los pobres seremos más pobres; los ricos, más poderosos.


Notas:
[1] "El 'cara a cara' pierde audiencia al ganar cadenas". Informativos Telecinco, 8/11/2011.
[2] "El discurso agresivo de Rubalcaba choca con un Rajoy sin propuestas". Público, 8/11/2011.
[3] En Ciencia Política se define como efecto "puerta giratoria" al cada vez más común movimiento de personas entre puestos de altos cargos políticos y posiciones de gran responsabilidad en grandes empresas privadas. En este sentido, este fenómeno comienza a ser preocupante en tanto que parece que algunos gobernantes invierten una parte de sus esfuerzos en hacer méritos para agradar a futuros patrones. Véase el artículo "El efecto “puerta giratoria” y la corrupción política".

sábado, 29 de octubre de 2011

¿Nos encontramos ante el inicio de una auténtica revolución mundial?

Este artículo analiza la progresiva intensificación de movilizaciones ciudadanas en todo el mundo y la consecuente posibilidad de que nos encontremos a las puertas de una revolución contra los grandes poderes, identificados como culpables del continuo deterioro de la calidad de vida en Occidente y de la creciente pobreza en los países en vías de desarrollo.

De Tahrir a Sol

Desde la llamada Primavera Árabe se han ido sucediendo movilizaciones ciudadanas con cada vez mayor repercusión mediática. Hablamos de una ciudadanía que, tras la crisis del 2008, había aceptado sumisamente todo tipo de agresiones a su nivel de vida, una contrarrevolución orquestada desde los grandes poderes financieros contra la cual, por fin, comienzan a vislumbrarse esperanzadoras respuestas, como las manifestaciones globales del pasado 15 de octubre.

Los parabienes iniciales de la maquinaria mediática occidental hacia las movilizaciones en Egipto y Túnez, pronto se convertirían en silencio y, más tarde, descrédito hacia los movimientos surgidos en suelo europeo, principalmente en el estado español. Para los medios más conservadores, los héroes de la plaza de Tahrir se convertían en perroflautas al ocupar Sol. Este doble rasero tiene una sencilla explicación: aquellos medios sitúan a las sociedades islámicas en un mundo aparte y atrasado, por lo que hablar de revueltas allí es como referirse al -para nosotros ejemplarizante- anhelo de unos pobres extranjeros que aspiran a los modelos occidentales, idealizados por los mencionados medios. Sin embargo, el panorama real consistía en una ciudadanía cansada de las políticas neoliberales de sus tiranos. En Occidente la ciudadanía llevaba demasiado tiempo soportando ese mismo tipo de política por parte de sus representantes democráticamente elegidos.

Ahora bien, a pesar de la indiscutible diferencia en los niveles de vida entre unos y otros países, ¿qué diferencia hay entre ser gobernado por un presunto tirano o por un político democráticamente elegido cuando, en ambos casos, se va a legislar según los dictados de los mismos poderes financieros? Los sectores plegados a aquellos poderes por nada del mundo querrían que se despejase esa incógnita. En Occidente teníamos que seguir viviendo en la inopia de creernos en la cuna de las libertades y derechos, mientras éstos últimos eran -y siguen siendo- sigilosamente recortados.

Del 15M al 15O

La Spanish Revolution, el denominado movimiento indignado, supuso el despertar de una parte de la ciudadanía, una toma de conciencia de clase, lenta pero progresiva. Tanto que nos deleitábamos los españoles de nuestro propio inmovilismo, tanto acusar a la juventud de no protestar por el gran desempleo, la misma alabada como la mejor preparada de la historia que a su vez, paradójicamente, era etiquetada como la que "ni estudia ni trabaja".

Se rompieron las cadenas que nos engrilletan a los medios de comunicación convencionales. La gente empezó a dudar, a preguntarse si había otra opción que el gris destino que espera a la clase trabajadora. La ciudadanía reclamó probar el fruto del árbol prohibido, pidió conocer, salió a la calle. La rabia del pueblo se había desatado del modo más desconcertante para los poderosos: pacíficamente. Las acampadas no eran las protagonistas, por mucho que quisieran los capataces mediáticos al servicio de sus amos del gran capital, sino las asambleas que se realizaban en las plazas de todo el país.

No fue algo espontáneo, como algunos pretenden hacer entender. Gran parte de la intelectualidad progresista llevaba tiempo denunciando las terribles consecuencias de las políticas neoliberales y el inevitable camino a la pobreza al que conduciría a la ciudadanía. Nos contagiamos de Tahrir porque estos académicos desafiaron al mensaje oficial que predicaba las bondades de los mercados sin regularizar, del control del déficit público, de la supremacía de lo privado, de la flexibilidad laboral para crear empleo.

Una vez más, se subestimó la inteligencia del pueblo. El insulso botón “me gusta” de Facebook se empleó para divulgar interrogantes, dudas sobre el presente, inquietudes sobre el futuro. Las redes sociales de Internet eclipsaron los canales tradicionales de comunicación. Tal ha sido su amenaza que en el Reino Unido se pretendió aplicar censura sobre estos medios, tomando como excusa las violentas revueltas acontecidas en junio[1]. En el mismo sentido, el eurodiputado del Partido Popular Europeo Tiziano Motti propuso que los ordenadores vendidos en la UE incorporasen una “caja negra” que registre los movimientos de sus usuarios con la excusa de prevenir el crimen cibernético[2].

Los movimientos ciudadanos se fueron extendiendo a otros países, el continuo negacionismo de los medios de comunicación era puesto en evidencia por los ciudadanos de Israel y EEUU. Las protestas ya no tenían lugar en países de la periferia mundial o de la segunda fila europea. Se pedía justicia social y, más que nunca, se reconocía y señalaba a los auténticos culpables del deterioro mundial del nivel de vida de la clase trabajadora. Wall Street era ocupado simbólicamente por miles de neoyorquinos, el movimiento pronto se extendería a todo el país. El sentimiento de indignación se volvía global.

¿Nos encontramos ante una revolución?

Desde los años 1970 lleva produciéndose una auténtica contrarrevolución orquestada desde los grandes poderes, inicialmente silenciosa en los países ricos, pero indudablemente perjudicial para los intereses de la clase trabajadora de todo el globo. Como explica Naomi Klein en su libro La Doctrina del Shock, el golpe de estado de Chile de 1973 supuso el inicio de un ensayo de lo que debería ser el neoliberalismo en su estado más puro. Respecto a los ciudadanos europeos y estadounidenses, ajenos a lo que entonces acontecía, Noam Chomsky menciona a menudo las palabras de Douglas Fraser en 1978, entonces presidente del sindicato más importante de los EEUU, quien acusa a los "dirigentes de la comunidad empresarial" de haber "escogido seguir en tal país la vía de la guerra de clases (class war) unilateral, una guerra de clases en contra de la clase trabajadora, de los desempleados, de los pobres, de las minorías, de los jóvenes y de los ancianos, e incluso de los sectores de las clases medias de nuestra sociedad"[3].

Era cuestión de tiempo que, en paralelo al aumento de la virulencia de las agresiones a la clase trabajadora, ésta reaccionase para exigir, de algún modo, el fin de aquellas hostilidades que sólo conducen al empobrecimiento de los ciudadanos. Hoy estas condiciones son más patentes que nunca, cuando la democracia es una caricatura de lo que debería de ser y la clase política en el poder ha dado completamente la espalda a la ciudadanía en pos de gobernar según los criterios e intereses de la clase dominante.

De la reacción de parte de la ciudadanía en la mayoría de los países occidentales mediante movilizaciones permanentes podemos deducir que se empiezan a dar las condiciones para una próxima revolución mundial. Por necesidad, toda revolución parte de las masas, a partir del momento en que éstas adquieren el empuje suficiente para intervenir directamente en los acontecimientos históricos. Entiéndase que la ciudadanía es, por definición, conservadora. Lo es en el sentido en que la ciudadanía acepta, bajo condiciones normales, las instituciones y relaciones de poder existentes como si fueran inamovibles. La ciudadanía muestra, por tanto, un considerable margen de tolerancia hacia excesos y abusos desde los poderes políticos y económicos que estos últimos capitalizarán mientras la masa no reaccione en términos de ruptura con la situación que considera inaceptable.

Resulta injusto, sin embargo, exigir a quienes empiezan a mostrar su hartazgo hacia la situación actual que planteen alternativas. Hay que considerar que una gran parte de la masa social ya ha dado un gran paso al identificar lo que no quiere, lo que rechaza. Al respecto se dan dos extremos igual de perniciosos para cualquier proceso revolucionario en estado embrionario: por una parte, aquellos que justifican su inmovilismo -e insolidaridad- con la excusa de la falta de alternativas concretas; por otra, quienes esperan encontrar entre quienes se movilizan a un grupo de revolucionarios extremistas con unas ideas preconcebidas.

Para comprender la dinámica básica de la revolución podemos tomar el símil de una máquina de vapor[4]. La ciudadanía que empieza a moverse actúa expandiéndose como el vapor, es decir, conlleva una energía que, de por sí, está condenada a disiparse. Por eso, la primera respuesta de los grandes poderes consiste en  imponer el silencio mediático a cualquier movilización[5]. Continuando el símil, la energía del vapor ha de concentrarse en una caldera y recogerse por medio de un pistón. Este papel necesariamente lo ha de cumplir  algún ente organizativo. Los medios de comunicación alternativos -sobre todo la Red- está permitiendo un nivel de cohesión y transmisión de ideas nunca visto antes en la historia. Siempre que no se olvide que la fuerza viene de la ciudadanía, el vapor, las masas, la transmisión de energía en esta máquina de vapor, la conversión en movimiento, es muy factible.

A medida que se agudice el conflicto entre las clases, mayor número de ciudadanos se unirán a las movilizaciones. La reacción por parte de los grandes poderes ira en función de la magnitud en que perciban amenazas hacia sus privilegios. Sus recursos, tanto mediáticos como económicos, les servirán para crear opiniones dispares, comprar disidencias, difundir la indiferencia. Asimismo, sus respuestas represivas a las movilizaciones serán más contundentes según éstas se acerquen a los centros económicos más estratégicos[6].

Sin embargo, no olvidemos que, además de la reacción de los grandes poderes, surge el peligro de elementos extremistas que se aprovechen de la situación de descontento. Esto ocurrió en los años 20 y 30 del siglo pasado, que permitieron el ascenso de los totalitarismos en Europa. Entiéndase que es la conciencia de las masas la que determina el camino de los procesos revolucionarios. La ciudadanía comienza a tener bien claro lo que no quiere, es por eso la importancia de los esfuerzos de académicos e intelectuales por explicar lo que ocurre. El éxito de cualquier revolución pasa por la información, herramienta necesaria para la concienciación de las masas de la importancia de unirse a las exigencias de cambios que permitan alcanzar un orden más justo para todos.

El futuro no está escrito, por mucho que los más poderosos se empeñen en imponernos planes de ajustes, precariedad y gris futuro. Más que nunca, la ciudadanía tiene en sus manos exigir un cambio global, emprender un camino hacia un mundo más justo, más ecológico, más sostenible, en fraternidad. Las revoluciones siempre implican ruptura, justificada ahora más que nunca ante una crisis sistémica que amenaza la existencia de la sociedad misma. La revolución mundial sólo será posible cuando gran parte de la clase ciudadana camine hacia la misma dirección. Cada persona que sueñe con una sociedad más justa tiene la tarea revolucionaria de apagar los televisores, informarse con espíritu crítico, escéptico, explicar a quienes le rodean de la situación real, de la fuerza de la ciudadanía unida.


Notas:
[3] Por ejemplo, véase el prólogo del libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar en España de Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón.
[4] Véase. por ejemplo, el prólogo de Historia de la Revolución Rusa de León Trotski.
[5] Recordemos que el 16 de mayo de 2011 apenas ningún medio de comunicación tradicional hizo eco de las masivas movilizaciones el día anterior.
[6] Al respecto, nótese la violencia desmedida de la policía estadounidense frente a las movilizaciones de los manifestantes de Occupy Wall Street.